José Miguel Villarroya

Intervención de EE.UU. en Venezuela: ¿Una traición interna que cambia el tablero geopolítico?

El historiador José Miguel Villarroya desglosa la reciente intervención estadounidense en Venezuela, destacando una posible traición interna en el régimen de Maduro y explicando los intereses estratégicos detrás de la operación, desde el control del petrodólar hasta la expansión geopolítica en el Ártico.

Imagen oficial del canal Negocios TV que ilustra la entrevista con el historiador José Miguel Villarroya sobre la crisis en Venezuela.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
José Miguel Villarroya

En un momento en que los movimientos geopolíticos parecen jugar a dos bandas, la operación de Estados Unidos en Venezuela ha reactivado todas las alarmas. Para el historiador José Miguel Villarroya, no se trata solo de la detención de Nicolás Maduro, sino de la demostración de que Washington puede moverse sin frenos efectivos allí donde percibe amenazas a su arquitectura de poder.
“Nadie le impide moverse así”, resume, al subrayar la ausencia de límites reales más allá de las condenas retóricas.

En su análisis, lo que está en juego no son principios humanitarios, sino petróleo, minerales raros y la defensa del petrodólar como columna vertebral del sistema estadounidense. Lo más inquietante, añade, es la probable colaboración interna en Caracas y el mensaje que eso envía a otros gobiernos: resistir puede salir caro, alinearse puede ser la única opción.

Villarroya sitúa la intervención en Venezuela en un contexto más amplio: un mundo donde la política y la economía se entrelazan en una red de intereses que operan a varias capas. En la superficie, se habla de democracia, derechos humanos o restauración institucional. En un segundo nivel, menos visible, se negocian materias primas, rutas estratégicas y monedas de referencia.

El historiador insiste en que el episodio venezolano encaja en esta lógica de doble narrativa. Por un lado, la detención de Maduro se presenta como el desenlace de un régimen agotado y represivo. Por otro, abre la puerta a reordenar el control sobre las mayores reservas de petróleo del planeta y sobre un nodo clave de la cadena de suministros que conecta Sudamérica con China.

“La pregunta no es solo por qué actúa Estados Unidos, sino por qué puede hacerlo con tan pocas consecuencias reales”, señala Villarroya. En su visión, la operación en Caracas es menos un hecho aislado que un ensayo general de cómo funcionará el poder en las próximas décadas: rápido, quirúrgico, justificado en clave moral y orientado a cerrar vulnerabilidades en la arquitectura del dólar.

El poder sin frenos efectivos

El núcleo del diagnóstico de Villarroya es contundente: Estados Unidos actúa como una potencia sin contrapesos efectivos. No porque carezca de rivales, sino porque ninguno está dispuesto —o en condiciones— de asumir el coste de frenarlo. “Nadie le impide moverse así”, repite, en alusión a una comunidad internacional que protesta, pero no interviene.

Las resoluciones críticas, los comunicados de condena y las reuniones de emergencia quedan en el terreno simbólico. En la práctica, la ausencia de mecanismos de sanción real a la superpotencia convierte el tablero internacional en un espacio asimétrico, donde una sola decisión en Washington puede alterar el destino de países enteros.

Villarroya recuerda que Estados Unidos concentra alrededor de una cuarta parte del PIB mundial y cerca del 40 % del gasto militar global. Con ese peso, el margen para imponer líneas rojas desde fuera es reducido. Lo más grave, advierte, es el precedente: si una operación de este calibre se salda sin consecuencias significativas, se refuerza la idea de que la fuerza sigue siendo una herramienta legítima para proteger intereses estratégicos, por encima del derecho internacional.

FOTO_PETROLERO_VENEZUELA
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Petróleo, minerales raros y el escudo del dólar

Detrás del discurso oficial, Villarroya coloca tres motores muy concretos: petróleo, minerales raros y defensa del dólar. Venezuela concentra en torno al 18 % de las reservas probadas de crudo del mundo, una cifra que, bien gestionada, puede alterar precios y dependencias durante décadas. Controlar quién explota ese recurso y en qué moneda se factura deja de ser un asunto local para convertirse en una cuestión de seguridad nacional para Washington.

El historiador recuerda que alrededor del 80 % del comercio mundial de petróleo se sigue denominando en dólares, y que cualquier intento serio de romper ese vínculo —por ejemplo, mediante acuerdos en yuanes o en monedas regionales— se vive en la Casa Blanca como una amenaza directa al corazón del sistema. “La amenaza de abandonar el petrodólar no es un gesto simbólico; es cuestionar el sustento de la potencia estadounidense”, resume.

A ello se suma el mapa de minerales estratégicos. América Latina concentra más del 60 % de las reservas conocidas de litio, clave para baterías y transición energética, y se ha convertido en socio prioritario de China. Los minerales raros venezolanos y sudamericanos son, en este contexto, piezas de una cadena que alimenta la alianza chino-sudamericana, algo que Washington no está dispuesto a dejar sin respuesta.

La operación que no encontró resistencia

Uno de los aspectos que más desconciertan a Villarroya es la escasa resistencia militar visible frente a una operación estadounidense de esta magnitud. No hubo combates prolongados, ni fracturas abiertas en las Fuerzas Armadas, ni el tipo de caos que cabría esperar ante un movimiento de este calibre.

Para el historiador, la explicación es incómoda pero lógica: “Solo puede entenderse si aceptamos que hubo colaboración interna”. ¿De quién? Señala con cautela, pero sin rodeos, a figuras clave del régimen chavista, entre ellas la vicepresidenta Delcy Rodríguez, como posibles vértices de una división interna cuidadosamente administrada.

La hipótesis es clara: sectores del poder venezolano habrían preferido negociar su supervivencia parcial y ciertas garantías personales antes que afrontar una confrontación total con Estados Unidos. Este hecho revela otra dimensión de la operación: no se trata de ocupar el Palacio de Miraflores, sino de asegurar que quien permanezca allí respete los intereses estratégicos de Washington. El resultado es un equilibrio inestable, donde la lealtad se mide en función de hasta qué punto se aceptan las nuevas reglas del juego.

Quién puede gobernar y quién queda descartado

En ese contexto, Villarroya introduce un elemento clave: no todos los nombres sobre la mesa son aceptables para Estados Unidos. La figura de María Corina Machado, aunque popular entre sectores opositores, aparece en su análisis como incompatible con la estrategia de Washington.

Imponer una figura percibida como abiertamente hostil por el núcleo duro del chavismo podría, según el historiador, desatar un conflicto civil de consecuencias imprevisibles. Eso convertiría Venezuela en un foco de inestabilidad crónica, con impacto directo sobre flujos migratorios, mercados energéticos y seguridad regional. Un escenario que Estados Unidos, pragmático, preferiría evitar.

El modelo que dibuja Villarroya es otro: una transición controlada, con actores “intermedios” que no provoquen una reacción violenta del aparato chavista ni supongan un riesgo para los intereses estadounidenses en materias primas y moneda. Un Gobierno lo suficientemente nuevo para ser presentable y lo bastante continuista para no tocar los pilares estratégicos. El riesgo evidente es que la democracia quede de nuevo subordinada a un cálculo geopolítico, más que a la voluntad real de los ciudadanos.

SkyNews
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Un patrón que va de México a Irán

Villarroya insiste en que el caso venezolano no debe leerse como excepción, sino como parte de una matriz de actuación más amplia. En su mapa aparecen México, Cuba, Colombia e Irán, junto a otras piezas menos visibles pero cruciales en términos energéticos y de seguridad.

En todos estos escenarios, detecta un patrón: presión creciente sobre gobiernos y élites para que se alineen con las prioridades de Washington. A veces adopta la forma de sanciones financieras; otras, de renegociación de acuerdos comerciales, condicionamiento de inversiones o campañas diplomáticas que señalan a determinados dirigentes como “inaceptables”.

El resultado es una sensación de cerco. “Ya no se trata solo de quién gana unas elecciones, sino de si ese ganador entra dentro de lo que Estados Unidos está dispuesto a tolerar”, apunta el historiador. El contraste con etapas en las que la Casa Blanca parecía replegarse de la escena internacional resulta evidente. La consecuencia es clara: la política exterior estadounidense vuelve a entender América Latina como un espacio prioritario de influencia directa, no como un flanco secundario.

Groenlandia y la próxima frontera del poder

Uno de los puntos más llamativos del análisis de Villarroya es la mención insistente a Groenlandia. Lo que hace unos años podía sonar a excentricidad —la idea de comprar o controlar la isla— encaja hoy en un contexto marcado por el deshielo del Ártico y la apertura de nuevas rutas marítimas y yacimientos.

La isla concentra reservas significativas de tierras raras, uranio y otros recursos estratégicos, en un entorno donde el deshielo ampliará la superficie explotable y reconfigurará las rutas entre América, Europa y Asia. Para Villarroya, la pregunta ya no es si Estados Unidos querrá aumentar su presencia allí, sino quién estaría dispuesto —y en condiciones— de impedirlo.

“La falta de respuestas contundentes de potencias como Rusia, China o la Unión Europea abre una ventana peligrosa”, sostiene. Si nadie marca límites claros en escenarios como Venezuela, el precedente podría proyectarse sobre territorios como Groenlandia, donde la combinación de vacío demográfico, recursos abundantes y valor estratégico convierte cualquier movimiento en una prueba definitiva del equilibrio de poder real.

Un mundo sin límites claros para la hegemonía

En última instancia, el diagnóstico de Villarroya es inquietante: avanzamos hacia un mundo donde la hegemonía estadounidense opera con menos frenos visibles, mientras los posibles contrapesos miran hacia otro lado o actúan solo en la retórica. La consecuencia es una sensación creciente de vulnerabilidad para países medianos y pequeños, convertidos en piezas prescindibles de una partida que no controlan.

El episodio venezolano, visto desde esta óptica, no es un punto final, sino un precedente. Marca hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos cuando percibe en riesgo su triángulo de poder: petróleo, minerales estratégicos y dólar. Y vuelve a plantear una pregunta incómoda para el resto del planeta: “Si hoy ha sido Caracas, ¿quién será el próximo?”

Lo que ocurra en los próximos meses —en Venezuela, en los despachos de Washington y en los silencios de Moscú, Pekín o Bruselas— ayudará a despejar si estamos ante un episodio más en la larga historia de la hegemonía estadounidense o ante un salto cualitativo hacia un sistema donde la fuerza, revestida de discurso moral, vuelve a ser el árbitro último del orden internacional.

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