Irán advierte a EE.UU. y asegura estar listo ante cualquier interferencia en sus protestas

Teherán califica las movilizaciones como “normales”, pero advierte de una respuesta “contundente” si Washington o Jerusalén intentan aprovecharlas para desestabilizar al régimen

Captura de pantalla del vídeo donde el comandante Amir Hatami advierte sobre la interferencia extranjera en las protestas iraníes<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Irán advierte a EE.UU. y asegura estar listo ante cualquier interferencia en sus protestas

Las nuevas protestas en Irán han vuelto a encender las alarmas en una región donde cualquier chispa puede acabar en incendio. Miles de personas han salido a las calles de más de una veintena de ciudades para denunciar la situación económica y política del país, mientras el régimen se afana en contener el descontento sin mostrar signos de debilidad. En este contexto, el comandante en jefe del Ejército, Amir Hatami, ha lanzado un mensaje inequívoco a Estados Unidos e Israel: cualquier intento de aprovechar estas movilizaciones para intervenir será respondido “con fuerza”.


La advertencia llega apenas un año después de los ataques contra instalaciones nucleares iraníes, atribuidos informalmente a Washington y Jerusalén, y en un momento en el que los servicios de inteligencia occidentales calculan que Teherán podría acercarse al umbral nuclear en menos de dos años si acelera su programa. El equilibrio es frágil. Irán intenta proyectar que controla la situación interna, pero a la vez señala hacia fuera a enemigos conocidos, dibujando un guion en el que las protestas son internas… hasta que dejan de serlo. La consecuencia es clara: el margen para el error de cálculo se estrecha, y cada gesto cuenta.

Protestas conocidas, contexto diferente

Las manifestaciones que sacuden Irán no son un fenómeno nuevo. Desde 2017 se repiten ciclos de protesta casi cada dos años, con picos de hasta un millón de personas en las calles cuando confluyen inflación, devaluación de la moneda y casos de represión especialmente escandalosos. Hatami lo ha resumido como un “problema normal y natural en cualquier país”.

Sin embargo, el contexto actual es distinto. La economía iraní soporta una inflación cercana al 40 %, el rial encadena mínimos históricos y las sanciones siguen estrangulando el acceso a divisas. A ello se suma una sociedad joven: más del 60 % de la población tiene menos de 35 años, un caldo de cultivo propicio para que el malestar aflore con rapidez.

El régimen intenta trazar una línea nítida entre protesta “legítima” y disturbio “manipulado”. Hasta cierto punto, necesita admitir el descontento para canalizarlo; pero al mismo tiempo, el aparato de seguridad empieza a identificar “células organizadas” y “elementos vinculados al exterior” en los focos más violentos. Este hecho revela la estrategia de Teherán: despolitizar la queja económica y criminalizar cualquier derivada política, especialmente si puede asociarse a potencias hostiles.

Un discurso calculado: normalizar el descontento, culpar al enemigo

En su intervención, Hatami ha optado por un equilibrio delicado. Por un lado, ha restado dramatismo al señalar que “toda nación afronta momentos de tensión interna”. Por otro, ha advertido que “ciertos episodios violentos” obedecen a “maniobras orquestadas desde fuera para sembrar el caos”.

Esta doble lectura cumple varias funciones. Hacia dentro, envía el mensaje de que el sistema reconoce el malestar, pero se reserva el derecho a distinguir entre ciudadanos “críticos” y “traidores”. Hacia fuera, sienta las bases para justificar cualquier respuesta contundente como defensa frente a agresiones externas, no como represión.

El recurso a Estados Unidos e Israel como enemigos recurrentes no es nuevo, pero se adapta al momento: Washington mantiene un despliegue naval reforzado en el Golfo, mientras que el Gobierno israelí ha reiterado que “no permitirá un Irán nuclear”. En ese marco, Teherán necesita recordar que no tolerará operaciones encubiertas al calor de las protestas, y que dispone de medios para responder.

El músculo militar que Irán quiere exhibir

Hatami ha subrayado que la capacidad militar iraní es hoy “muy superior” a la que tenía cuando fue atacada el año pasado. La afirmación no es gratuita. En los últimos doce meses, Irán ha probado nuevos misiles balísticos con alcances superiores a los 2.000 kilómetros, ha reforzado su red de drones y ha mejorado su defensa antiaérea en torno a las instalaciones nucleares.

El mensaje es doble. Primero, hacia la población: el Estado sigue siendo el garante de la seguridad frente a enemigos externos, incluso si flaquea en lo económico. Segundo, hacia las potencias regionales: un recordatorio de que cualquier ataque a gran escala tendría un coste elevado, desde golpes contra bases estadounidenses en la región hasta bloqueos temporales en el estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente el 20 % del petróleo que se transporta por mar en el mundo.

Lo más grave para la estabilidad regional es que todos lo saben: Washington, Jerusalén, Riad y Bruselas manejan estimaciones similares. Cada vez que la tensión interna sube en Irán, la tentación de algunos actores de “empujar un poco más” se enfrenta al miedo de cruzar una línea que desencadene una escalada fuera de control.

La referencia de Hatami a los ataques del año pasado no es casual. Aquella operación, atribuida oficiosamente a Israel con apoyo de inteligencia estadounidense, dañó seriamente varias plantas nucleares y retrasó el programa de enriquecimiento de uranio. Para Teherán, fue una humillación militar; para sus adversarios, una advertencia preventiva.

Desde entonces, Irán ha reconstruido parte de la infraestructura afectada y ha dispersado equipos críticos en instalaciones subterráneas más profundas, reduciendo su vulnerabilidad. La lección que extrae la cúpula militar es clara: la próxima vez, la respuesta debe ser visible.

Ese precedente condiciona hoy cualquier cálculo. Si en plena ola de protestas se produjera un nuevo ataque selectivo, la presión interna para responder con dureza sería enorme. El riesgo de una cadena de acciones y represalias —ataque a base estadounidense, respuesta aérea, nuevos lanzamientos de misiles— es el escenario que más temen los diplomáticos en la región.

El triángulo EEUU–Israel–Irán y los aliados nerviosos

Las palabras de Hatami resuenan también en las capitales vecinas. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar dependen de la estabilidad del Golfo para su economía y miran con inquietud cómo se combinan protestas internas, advertencias militares y sanciones económicas.

Para Washington, la ecuación es incómoda. Por un lado, necesita mantener la presión sobre un régimen al que acusa de financiar milicias en Irak, Siria, Líbano y Yemen, además de avanzar hacia capacidades nucleares. Por otro, su propia opinión pública muestra fatiga de conflictos tras dos décadas de guerras en la región, y los aliados europeos presionan para evitar una confrontación abierta que dispare los precios del petróleo y del gas.

Israel, por su parte, se mueve en un equilibrio aún más frágil. Considera que un Irán nuclear sería una amenaza existencial, pero sabe que una guerra abierta podría arrastrar a todo el Levante, con consecuencias imprevisibles para su propia seguridad interior. En ese triángulo, las protestas iraníes son tanto una oportunidad como un riesgo, y es ahí donde la advertencia de Hatami pretende cortar cualquier tentación de cruzar líneas rojas.

El diagnóstico que comparten muchos analistas es inquietante: el margen para malinterpretar movimientos del adversario nunca ha sido tan estrecho. Un mensaje mal traducido, un dron derribado en el lugar equivocado o una protesta que derive en asalto a una embajada podrían desencadenar un ciclo de escalada que nadie controla.

Irán quiere dejar claro que no aceptará un escenario “Libia”, en el que las protestas internas desembocaron en una intervención internacional directa. Estados Unidos e Israel, por su parte, insisten en que no permitirán que las movilizaciones sean sofocadas con un coste humano masivo sin al menos elevar la presión diplomática. Entre ambas posiciones, la ventana para soluciones graduales se estrecha.

Este hecho revela una paradoja: cuanto más se endurece la retórica, más difícil resulta para cualquier líder vender internamente una salida de compromiso. En Teherán, admitir concesiones puede percibirse como debilidad; en Washington o Jerusalén, frenar sanciones o moderar el discurso se traduce en críticas domésticas por “blandura”.

¿Hay espacio real para la diplomacia?

La gran incógnita es si, pese a todo, queda margen para el diálogo. Los canales informales entre Irán y Estados Unidos no han desaparecido del todo, y países como Omán, Qatar o incluso Suiza siguen actuando como intermediarios discretos. Sin embargo, la acumulación de agravios —desde el asesinato de Qasem Soleimani hasta los sabotajes a petroleros y bases— hace que cualquier negociación arranque desde un nivel de desconfianza casi absoluto.

A corto plazo, es probable que ninguna parte quiera aparecer como la que parpadea primero. Irán tratará de sofocar las protestas con una mezcla de represión selectiva y promesas económicas, mientras insiste en que su aparato militar está listo para responder. Estados Unidos e Israel medirán cada gesto, conscientes de que una señal excesivamente dura puede precipitar la confrontación, pero también de que la inacción puede interpretarse como carta blanca.

El escenario más prudente sería un alto en la retórica, una reducción de despliegues y el regreso parcial a inspectores y mecanismos de verificación que rebajen la temperatura. No es imposible, pero exige algo que escasea en la región: confianza mínima y voluntad política de asumir costes internos.

Por ahora, la única certeza es que las calles iraníes seguirán siendo termómetro y detonante, y que cada declaración de Teherán, Washington o Jerusalén se leerá en clave de amenaza o de oportunidad. En ese tablero, la frase de Hatami —“estamos más preparados que nunca”— no es solo un aviso: es un recordatorio de lo poco que haría falta para cruzar otra frontera en un Oriente Medio ya saturado de historias de guerra.

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