Irán estalla: de la inflación asfixiante al desafío abierto a Jamenei
Un alza de precios descontrolada y un rial en caída libre se convierten en un levantamiento político que deja 36 muertos, más de 2.000 detenidos y pone a prueba al régimen
Lo que empezó como un grito económico en las calles de Teherán se ha transformado en el desafío político más grave que ha afrontado la República Islámica en años. Bajo una inflación que supera el 60% anual y una depreciación acumulada del rial de más del 200% en dos años, las protestas ya se han extendido a más de 90 ciudades de todo el país.
Los comerciantes del bazar, ahogados por unos costes que se disparan y unos salarios que no acompañan, fueron los primeros en salir a la calle. Detrás de ellos llegó una generación joven que no solo reclama trabajo, sino también libertades y responsabilidades políticas.
El resultado es un movimiento que ya no se conforma con exigir soluciones económicas: apunta directamente al corazón del sistema, cuestionando la legitimidad del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei. Con 36 fallecidos y más de 2.000 detenidos en pocos días, el régimen ha respondido con el guion de siempre: hablar de “disturbios” promovidos desde el exterior y prometer mano dura. Al otro lado, Estados Unidos avisa de que no permanecerá indiferente si la represión se desborda, añadiendo una peligrosa dimensión internacional a un conflicto ya inflamable.
Del bazar al grito político
El epicentro inicial de la crisis estuvo en el gran bazar de Teherán, termómetro tradicional del pulso económico iraní. A finales de 2025, el encarecimiento de importaciones, alquileres y suministros hizo saltar por los aires los márgenes de miles de comerciantes. Los cierres de persianas, los paros parciales y los primeros cánticos contra la subida de precios marcaron el arranque de una protesta que el Gobierno trató de presentar como un episodio puntual.
Pero el malestar se propagó con una rapidez que pilló a las autoridades a contrapié. En cuestión de semanas, ciudades como Mashhad, Isfahán, Shiraz o Tabriz vieron cómo comerciantes, empleados públicos y jóvenes precarizados se unían en marchas que ya no hablaban solo de inflación, sino de corrupción, clientelismo y falta de futuro.
La dimensión política emergió cuando los lemas dejaron de dirigirse al Gobierno para apuntar más arriba. «Este no es solo un problema de precios, es un problema de poder», resumía un manifestante en Teherán. Los cánticos contra el propio Jamenei cruzaron una línea que muchos consideraban infranqueable: la del cuestionamiento abierto de la figura que, en teoría, encarna la continuidad del sistema.
La economía como chispa de un incendio mayor
El caso iraní ilustra una constante histórica: las crisis económicas son detonantes, no causas únicas, de los levantamientos políticos. Durante años, el país ha vivido atrapado entre sanciones internacionales, mala gestión interna y prioridades presupuestarias marcadas por el aparato de seguridad y las aventuras regionales.
La combinación de inflación por encima del 50–60%, desempleo juvenil que ronda el 30% y un rial que se desploma frente al dólar ha erosionado la capacidad del régimen para seguir comprando lealtades. Los subsidios energéticos, que antaño funcionaban como válvula de escape social, se han vuelto insostenibles, y los recortes en ayudas directas han golpeado de lleno a las clases bajas y medias urbanas.
En este contexto, no sorprende que el descontento económico haya mutado en desafío sistémico. Cuando el ciudadano percibe que su sacrificio no se traduce en mejoras, sino en la continuidad de élites protegidas y redes opacas de poder, la protesta deja de pedir reformas parciales para exigir cambios de raíz. «No es solo el precio del pan, es quién decide cuánto pagamos por él», se escucha en más de una marcha.
Jamenei, del aura de intocable al cuestionamiento abierto
Durante décadas, el ayatolá Alí Jamenei ha sido presentado como figura casi intocable dentro del entramado político iraní. Por encima del presidente y del Parlamento, su rol como líder supremo le otorga la última palabra en política interior, exterior y de seguridad. Sin embargo, la actual ola de protestas ha empezado a resquebrajar ese aura de inmunidad.
Los cánticos que mencionan su nombre, las pintadas que lo señalan como responsable final y la circulación viral de vídeos en los que jóvenes rompen retratos oficiales muestran una ruptura simbólica de calado. Cuestionar al líder supremo implica cuestionar la arquitectura misma de la República Islámica.
El régimen lo sabe y reacciona con un doble mensaje: por un lado, presenta a Jamenei como garante de estabilidad frente al caos; por otro, intensifica la represión contra quienes se atreven a nombrarlo en sus consignas. El riesgo es evidente: al personalizar la protesta en una figura, si la respuesta es solo coercitiva y no política, se refuerza la percepción de que el problema no es la coyuntura, sino el sistema.
Represión, muertos y detenidos: el coste inmediato
La respuesta del Estado ha seguido el guion clásico de los regímenes en crisis: negar legitimidad a las protestas, atribuirlas a “agentes exteriores” y combinar detenciones masivas con una presencia abrumadora de fuerzas de seguridad en las calles. El saldo oficial admite 36 fallecidos y más de 2.000 detenidos, aunque organizaciones independientes advierten de que las cifras reales podrían ser sensiblemente superiores.
La Guardia Revolucionaria y las unidades especiales de policía han sido desplegadas en los puntos más calientes, con disparos de balas de goma, gases lacrimógenos y, en algunos casos, munición real contra manifestantes. Las detenciones se concentran en jóvenes, activistas conocidos y sospechosos de haber difundido vídeos en redes sociales.
«No habrá clemencia para quienes colaboren con la subversión», ha advertido el aparato judicial, alineado con la línea dura. Esta estrategia puede lograr una reducción táctica del volumen visible de protestas, pero a costa de profundizar el resentimiento y alimentar la sensación de que no existen canales institucionales para canalizar el descontento. En otras palabras: el régimen gana tiempo, pero pierde legitimidad.
Washington entra en escena y añade gasolina al fuego
La dimensión internacional no se ha hecho esperar. Estados Unidos, que mantiene un régimen de sanciones severas sobre Irán por su programa nuclear y su papel regional, ha aprovechado la coyuntura para endurecer su discurso. Desde Washington se advierte de que “habrá consecuencias” si la represión se intensifica, dejando sobre la mesa un abanico impreciso de posibles respuestas: desde sanciones adicionales hasta apoyo abierto a la oposición.
Este movimiento tiene un efecto ambivalente. Por un lado, puede dar aire moral a los manifestantes, que perciben que su causa no pasa desapercibida. Por otro, ofrece al régimen munición propagandística para reforzar la narrativa del complot extranjero. Cada declaración de EEUU se traduce en titulares dentro de Irán que hablan de “maniobra imperialista” y de una supuesta coordinación entre opositores internos y servicios de inteligencia occidentales.
La consecuencia es clara: cualquier gesto de apoyo externo se convierte en arma de doble filo. Sin una estrategia clara y sostenida, las advertencias de Washington corren el riesgo de endurecer la respuesta del régimen sin mejorar realmente la posición de los manifestantes, alimentando un ciclo de polarización muy difícil de revertir.
Un nuevo foco de inestabilidad en un Oriente Medio saturado
La pregunta que muchos se hacen es si esta crisis interna puede convertir a Irán en un nuevo epicentro de inestabilidad regional, en un Oriente Medio ya saturado por conflictos en Siria, Yemen o Irak. La respuesta, a corto plazo, es inquietante.
Un Irán volcado en la represión interna puede optar por elevar el tono en el exterior para proyectar fuerza: más tensión en el Golfo, presiones a buques mercantes, movimientos en torno al estrecho de Ormuz o incrementos en el apoyo a milicias aliadas en países vecinos. Al mismo tiempo, la debilidad interna puede abrir ventanas de oportunidad para actores rivales —desde Arabia Saudí hasta Israel— para redefinir equilibrios en la región.
En el terreno energético, cualquier riesgo percibido sobre los flujos que atraviesan el Golfo puede añadir varios dólares a la prima de riesgo del petróleo, justo cuando los mercados intentan digerir el impacto de la reconfiguración del crudo ruso y venezolano. La inestabilidad iraní no es solo un problema de derechos humanos; es una variable más en un mercado energético global en plena mutación.
