Israel y Estados Unidos en la cuerda floja: ¿un nuevo ataque contra Irán en puerta?

El primer ministro israelí tantea un nuevo ataque a las defensas iraníes mientras busca el aval electoral de Trump de cara a 2027

Netanyahu y Trump dialogan en un contexto de alta tensión geopolítica en Oriente Medio<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Netanyahu y Trump dialogan en un contexto de alta tensión geopolítica en Oriente Medio

Las tensiones en Oriente Medio han vuelto a un punto de máxima ebullición. En este contexto, el diálogo entre Benjamin Netanyahu y Donald Trump deja de ser una simple conversación entre aliados para convertirse en una pieza central del tablero estratégico. Sobre la mesa no solo está la posibilidad de un golpe renovado contra las defensas aéreas iraníes, reconstruidas por la Guardia Revolucionaria, sino también el cálculo electoral del propio Netanyahu ante unas legislativas previstas para octubre de 2027.
El dilema es doble: cómo mantener debilitado a Irán y a sus aliados de Hezbolá sin provocar una escalada incontrolable en Líbano, Siria y Gaza, y cómo transformar ese pulso militar en rédito político interno, en un Israel cada vez más fragmentado.
Mientras tanto, en Washington crecen los signos de fatiga social con el conflicto, aunque el apoyo institucional a Israel sigue gozando de una base sólida gracias al trabajo de los grandes lobbies proisraelíes.
El resultado es una ecuación delicada: la seguridad regional, la relación con Estados Unidos y la supervivencia política de Netanyahu se entrelazan en un momento en el que cualquier error de cálculo podría tener consecuencias difíciles de revertir.

Israel busca el “sí” de Washington a un nuevo golpe contra Irán

Detrás del contacto entre Netanyahu y Trump hay una prioridad clara: medir la disposición de Estados Unidos a respaldar un nuevo ataque contra las defensas aéreas de Irán. Tras años de sanciones y sabotajes, Teherán ha logrado reconstituir parte de su escudo antiaéreo, reforzado por la Guardia Revolucionaria y, según fuentes militares, con apoyo tecnológico externo.

Para Israel, esta reconstrucción altera el equilibrio estratégico. Un Irán con defensas más sólidas no solo dificulta cualquier operación directa sobre su territorio, sino que refuerza su capacidad de sostener a Hezbolá en Líbano y a otros aliados en Siria y Gaza. La doctrina israelí, expresada en múltiples ocasiones por Netanyahu, sigue siendo la misma: impedir por todos los medios que Teherán consolide un “anillo de fuego” alrededor del Estado hebreo.

La cuestión es si Washington está dispuesto a ir más allá de la guerra en la sombra y avalar una ofensiva más visible. Un ataque que dejara nuevamente dañadas las defensas iraníes podría reforzar la posición israelí a corto plazo, pero también elevar la probabilidad de represalias directas contra instalaciones israelíes o intereses estadounidenses en la región.

En este contexto, el visto bueno de Trump —un líder que ya ha demostrado disposición a decisiones de alto impacto, como el asesinato de Qasem Soleimani en 2020— se percibe en Jerusalén como un factor determinante. Sin embargo, incluso un apoyo explícito no eliminaría los riesgos de un choque regional de mayor escala.

 

Hezbolá, Líbano y Siria: el tablero que Netanyahu no puede ignorar

Cualquier movimiento sobre Irán tiene repercusiones inmediatas en Líbano y Siria, los dos escenarios donde la influencia de Hezbolá se hace más visible. En el sur del Líbano, el grupo chií mantiene una capacidad de fuego estimada en más de 100.000 cohetes y misiles, muchos de ellos adaptados para alcanzar con precisión objetivos en el corazón de Israel.

Netanyahu sabe que un golpe a las defensas iraníes podría ser respondido con un aumento de la presión en la frontera norte, obligando a Israel a movilizar recursos militares que hoy ya están estirados por la guerra en Gaza. Siria, con un Estado debilitado pero todavía funcional, sigue siendo el corredor donde se mueven armamento y asesores iraníes hacia Hezbolá; un teatro donde los ataques aéreos israelíes son frecuentes pero raramente reconocidos.

El dilema es claro: mantener a Irán debilitado sin desatar una guerra abierta de múltiples frentes. De ahí que el contacto con Trump no se limite a una petición de apoyo puntual, sino que se inserte en una conversación más amplia sobre cómo coordinar una estrategia de contención que combine presión militar, sanciones económicas y guerra de información.

Un Netanyahu en campaña permanente rumbo a 2027

En paralelo al tablero regional, Netanyahu tiene otro frente abierto: su propia supervivencia política. Las encuestas internas apuntan a un país exhausto tras años de conflicto y crisis institucional. Sondeos preliminares sitúan a su bloque en torno al 45-48% de intención de voto, insuficiente para una mayoría clara sin el respaldo de los partidos ultraortodoxos y nacionalistas religiosos.

Con las legislativas israelíes previstas para octubre de 2027, el primer ministro sabe que cada decisión de política exterior tiene un eco directo en la arena doméstica. Un apoyo explícito de Trump —con quien mantiene una relación personal y política estrecha— podría movilizar a la base más conservadora y reforzar la narrativa de que solo su liderazgo garantiza una coordinación plena con Washington.

Pero esa misma alianza tiene un coste. Depender de los partidos ultraortodoxos y de la derecha más dura implica ceder en cuestiones clave: desde la política hacia los asentamientos en Cisjordania hasta la relación con las minorías árabes dentro de Israel. La coalición que le permitiría seguir en el poder es también la que bloquea cualquier avance significativo en la cuestión palestina y profundiza la polarización social.

En este contexto, un éxito militar que debilite a Irán puede ser presentado como prueba de eficacia, pero un conflicto prolongado o mal gestionado podría traducirse en desgaste electoral, especialmente entre los sectores urbanos y moderados, sensibles a la situación económica y al aislamiento internacional.

 

 

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