La ‘junta de paz’ de Trump: ¿un nuevo orden mundial al margen de la ONU?
La llamada “junta de paz” promovida por Donald Trump irrumpe en un escenario internacional ya cargado de desconfianza y movimientos bruscos. Se presenta como una vía rápida para resolver conflictos, pero en Bruselas y en otras capitales europeas se percibe más como una señal de alarma que como una solución. Lo que se discute no es solo una herramienta más de mediación, sino el equilibrio de un sistema multilateral que se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial y que hoy se ve cuestionado desde varios frentes. En este contexto, las advertencias de Juan Antonio de Castro, exfuncionario de Naciones Unidas, actúan como un foco que ilumina la parte menos visible de la iniciativa. Su diagnóstico es rotundo: la “junta de paz” se parece más a una estructura de tipo mafioso que a un mecanismo de diplomacia moderna. Y la consecuencia es clara: si este modelo se normaliza, la ONU y la diplomacia tradicional quedan relegadas a un segundo plano, abriendo una etapa de mayor opacidad, intereses particulares y reglas a medida.
Un nuevo centro de poder al margen de la ONU
La primera pregunta que provoca la “junta de paz” es directa: ¿quién manda cuando el conflicto se negocia fuera de los canales formales? La propuesta no se plantea como un complemento a Naciones Unidas, sino como una alternativa donde un grupo reducido de actores se sienta a la mesa bajo unas reglas definidas por quien convoca, en este caso Trump.
De Castro subraya que ya no se habla de foros abiertos, de resoluciones debatidas o de mecanismos sometidos a escrutinio internacional. La arquitectura se desplaza a espacios reducidos, con pocos interlocutores y una fuerte asimetría de poder. El mensaje implícito resulta inquietante: la paz se negocia como un trato privado, más cercano a una transacción que a un proceso colectivo.
Este hecho revela un cambio profundo de lógica. La ONU fue diseñada para canalizar la pluralidad de voces y construir acuerdos, por imperfectos que fueran, sobre una base común. La “junta de paz” rompe esa lógica y sugiere que los problemas globales pueden resolverse con un puñado de firmas y una foto final, sin pasar por los mecanismos de legitimación que otorgan los organismos multilaterales.
La ruptura con la diplomacia tradicional
Según De Castro, la “junta de paz” no es un simple canal alternativo para acelerar procesos. Es un artefacto que choca frontalmente con décadas de normas compartidas y de protocolos que, con todos sus defectos, dotan de cierta previsibilidad a las relaciones internacionales.
El esquema que se describe se aleja de la diplomacia clásica, basada en negociaciones largas, documentación exhaustiva y participación amplia de actores. En su lugar, aparece una negociación casi privada, con acuerdos de tipo contractual entre un grupo reducido de países, al margen de la ONU y de sus herramientas.
La consecuencia es inequívoca: se tensionan pilares como la confianza, la inclusión y la legitimidad. La discreción se transforma en opacidad, y los incentivos para cumplir con lo pactado ya no se apoyan tanto en el derecho internacional como en el cálculo de costes y beneficios dentro de esa red restringida. La pregunta que sobrevuela es inevitable: ¿qué ocurre cuando las normas comunes dejan de ser el idioma compartido y son sustituidas por pactos ad hoc, diseñados por y para unos pocos?
El modelo contractual: de la cooperación a la transacción
En este diseño, la multilateralidad cede terreno frente a un pacto firmado por pocos, con un enfoque marcadamente personalista. La capacidad de negociación se concentra en quien impulsa la iniciativa, que domina la mesa “como si fuera un tablero propio, con movimientos fríos y calculados”.
La comparación con lógicas mafiosas no es un recurso retórico aislado. En la descripción de De Castro aparece un patrón reconocible: el entendimiento entre “familias”, la selección de quién se sienta a la mesa y quién queda fuera, y la supervivencia guiada por la fuerza percibida de cada actor. El respeto no procede de la norma, sino del poder.
En ese marco, se dibuja otro mapa geopolítico: uno donde la fuerza, la exclusividad y la capacidad de presión pasan por delante del acuerdo y la cooperación estructurada. No se trata solo de un cambio de estilo, sino de una alteración del equilibrio global. Si este modelo se consolida, los conflictos dejan de abordarse como problemas colectivos y se gestionan como oportunidades de negociación donde cada parte intenta maximizar su ventaja inmediata.
La erosión silenciosa del multilateralismo
El sistema multilateral nació precisamente para evitar que las grandes potencias fijaran las reglas a puerta cerrada. La “junta de paz” invierte ese objetivo. La dinámica que describe De Castro sugiere una erosión silenciosa: las instituciones formales permanecen, pero los acuerdos decisivos se tomarían fuera de su marco.
La duda cae por su propio peso: ¿puede sostenerse la estabilidad mundial si se normalizan procesos donde mandan los intereses individuales o comerciales por encima del interés colectivo? Si los actores perciben que las decisiones relevantes se cocinan en mesas reducidas, el incentivo para respetar o reforzar los mecanismos multilaterales disminuye.
Lo más grave es que este desplazamiento no requiere una ruptura explícita con la ONU: basta con vaciarla de contenido práctico. La apariencia de orden internacional se mantiene, pero la capacidad efectiva de influir en los conflictos se traslada a esos acuerdos contractuales, bilaterales o selectivos, donde el margen de escrutinio democrático es mucho menor.
Reacciones encontradas y un futuro incierto
La recepción de la “junta de paz” ha sido desigual. Varios países europeos, según se señala, rechazan la iniciativa de forma tajante y alertan de que podría debilitar las reglas y acuerdos que han sostenido la paz relativa de las últimas décadas. Para estas capitales, la operación no es neutra: consolida un precedente que legitima la resolución de conflictos al margen de la ONU.
Sin embargo, otros gobiernos observan en este mecanismo una oportunidad: sumarse a la iniciativa o sacar ventaja de un escenario más laxo, donde el coste político y diplomático de ciertos movimientos sería menor. Potencias como Rusia y China aparecen como actores atentos al espacio que se abre, evaluando si este formato puede reforzar su influencia.
El resultado es una redefinición potencial de alianzas. Surge una zona extraoficial para la competencia y los intereses bilaterales, que corre en paralelo a los canales formales. Y la pregunta vuelve con más fuerza: ¿estamos ante el desgaste irreversible del multilateralismo o ante una crisis más en un ciclo de ajustes? Por ahora, solo hay una certeza: la incertidumbre se ha instalado en el corazón del sistema.
La normalización del unilateralismo económico y personal
En la base de esta iniciativa late una combinación peligrosa: unilateralismo político, agendas economicistas y liderazgos fuertemente personalizados. La “junta de paz” se presenta como una herramienta pragmática, pero su lógica responde a intereses concretos y, a menudo, inmediatos.
La preocupación, subrayada en el análisis de De Castro, reside en que este tipo de propuestas se conviertan en la nueva normalidad. Si los países asumen que la forma efectiva de lograr resultados pasa por alinearse con estas plataformas selectivas, la presión para permanecer en el carril multilateral se reduce.
La consecuencia probable es un aumento de las desconfianzas y de los choques futuros. Los actores excluidos del “club” verán reforzada la tentación de crear contrapesos, y los incluidos se moverán con la vista puesta en no perder su posición. La paz deja de ser un objetivo compartido y se transforma en un subproducto precario de equilibrios de poder constantemente renegociados.
El legado y estilo de Trump en la política exterior
La propuesta no se entiende sin su protagonista. Trump encarna un liderazgo agresivo, directo y altamente personalista. Según la lectura de De Castro, su forma de operar se acerca al perfil de un capo mafioso: negociación en la sombra, fidelidades condicionadas y respeto reservado solo a quienes considera suficientemente fuertes, como Vladímir Putin.
El paralelismo con “El Padrino” no surge por capricho, sino para describir un método donde la autoridad se impone más por intimidación y exclusividad que por diálogo y cooperación genuina.
Este estilo tiene efectos profundos. No solo erosiona la legitimidad de entidades internacionales como la ONU; también redefine cómo se relacionan los países entre sí. Las fronteras entre diplomacia, presión y chantaje se difuminan, y los conflictos se convierten en escenarios donde el cálculo personal y la imagen del líder pesan tanto o más que las consideraciones de estabilidad a largo plazo.
En ese contexto, la “junta de paz” deja de ser un experimento aislado para convertirse en un síntoma. Refleja un momento político en el que los proyectos personales compiten abiertamente con las instituciones que durante décadas han intentado canalizar el poder hacia marcos colectivos.