Merz avisa: la guerra en Ucrania acabará con una Rusia exhausta
La guerra en Ucrania ha consumido ya más de 193.000 millones de euros de apoyo acumulado por parte de la Unión Europea y sus Estados miembros desde 2022, entre ayuda financiera, humanitaria y militar. En ese contexto, el canciller alemán Friedrich Merz ha lanzado en la Conferencia de Seguridad de Múnich 2026 un mensaje calculado tanto para Moscú como para las capitales europeas: «Rusia no está todavía dispuesta a hablar seriamente» sobre el fin de la guerra. Su diagnóstico es inequívoco: «Esta guerra solo terminará cuando Rusia esté, al menos, económicamente y potencialmente militarmente exhausta», ha resumido, subrayando que ese momento “se está acercando”, aunque aún no ha llegado. El aviso llega en plena reconfiguración del orden internacional, con una Alemania que intenta liderar la respuesta europea y con un vínculo transatlántico sometido a tensión constante. Mientras tanto, la OTAN presiona para consolidar el 2% del PIB en defensa como nuevo suelo de gasto, justo cuando los Estados Unidos reducen drásticamente su aportación militar directa a Kiev y obligan a Europa a asumir un papel de financiador casi exclusivo del esfuerzo bélico.
Un mensaje calculado desde la nueva Alemania de Merz
El escenario elegido no es casual. La Conferencia de Seguridad de Múnich se ha convertido en el termómetro del estado real de la relación entre Europa, Washington y el resto de potencias. Desde ese foro, Merz ha querido dejar claro que la Alemania que dirige ya no es el socio reticente de hace una década, sino un país dispuesto a hablar de disuasión nuclear europea, aumento de gasto y liderazgo político en el continente.
El canciller alemán ha combinado dos mensajes. Hacia Moscú, ha reforzado la idea de que no habrá concesiones unilaterales ni prisas por forzar un alto el fuego que consolide las ganancias territoriales rusas. Hacia sus socios, ha recordado que Berlín está aumentando su ayuda a Kiev hasta 8.500 millones de euros en 2026, tras haber comprometido ya alrededor de 40.000 millones desde el inicio de la invasión.
Sin embargo, lo más significativo no es la cifra, sino el marco que dibuja. Merz insiste en que Europa está “lista para hablar” pero solo cuando Moscú muestre una voluntad creíble de negociar un alto el fuego que no sea una mera pausa táctica. La consecuencia es clara: el horizonte que ofrece la cancillería alemana no es el de una paz rápida, sino el de una guerra larga, gestionada y contenida, donde la clave será la capacidad europea para sostener el esfuerzo sin quebrarse internamente.
De la diplomacia al desgaste: la doctrina de la “exhaustión”
La frase de Merz sintetiza un cambio doctrinal que se ha venido gestando desde 2022. El objetivo ya no es solo “disuadir” nuevas agresiones, sino agotar la capacidad de guerra de Rusia hasta el punto de hacerle inviable seguir librando un conflicto de alta intensidad. Es una estrategia clásica de desgaste, pero aplicada por una coalición económica que supera con mucho el tamaño del adversario.
Desde el inicio de la invasión, las sanciones financieras, energéticas y tecnológicas han golpeado a la economía rusa, limitando su acceso a componentes críticos y recortando ingresos por exportación. Paralelamente, Europa ha ido cerrando su dependencia del gas ruso y diversificando proveedores. El cálculo de los estrategas europeos es que, con el tiempo, la combinación de aislamiento financiero, caída de ingresos por hidrocarburos y presión militar en el frente terminará haciendo inasumible la guerra para el Kremlin.
Lo más grave, sin embargo, es que esa estrategia exige tiempo, coherencia y una unidad política interna que no está garantizada. Cada nuevo paquete de sanciones tiene costes para industrias específicas; cada envío de munición o sistemas antiaéreos reabre debates sobre riesgos de escalada. El contraste con el discurso más ambiguo de otros líderes europeos resulta demoledor: mientras algunos hablan de “ventanas de oportunidad” para el diálogo, Merz fija el listón en un punto que solo se alcanzará cuando el cálculo costo-beneficio de Moscú haya cambiado de forma irreversible.
Europa como principal financiador de la guerra
Los números confirman el fondo del mensaje: Europa ya es, de facto, el principal financiador del esfuerzo de guerra ucraniano. La propia UE reconoce que, entre instituciones y Estados miembros, se han movilizado 193.300 millones de euros en apoyo a Kiev desde 2022, de los cuales 69.300 millones corresponden a asistencia militar directa.
Además, en 2025 la ayuda europea dio un salto cualitativo: las asignaciones militares crecieron un 67% y la ayuda financiera y humanitaria un 59% respecto a la media de 2022-2024, precisamente cuando la aportación estadounidense se desplomaba. Según diversos recuentos independientes, el conjunto de la comunidad internacional ha comprometido ya en torno a 280.000 millones de dólares en apoyo a Ucrania, con Europa superando a Estados Unidos en volumen total.
Este hecho revela la profundidad del giro estratégico europeo. Donde antes Bruselas era criticada por “no hacer suficiente”, ahora el debate se ha desplazado a si la UE puede soportar, económica y políticamente, mantener este nivel de apoyo durante otros dos o tres años de guerra. Los presupuestos nacionales encajan aumentos simultáneos de gasto en defensa, energía y transición ecológica, mientras las opiniones públicas observan cómo la factura de la guerra se acumula en forma de deuda, inflación y retrasos en otras partidas sociales.
La brecha industrial y militar frente a Rusia
Detrás de la retórica sobre la “exhaustión” de Rusia se esconde una pregunta incómoda: ¿tiene Europa la capacidad industrial para sostener una guerra de desgaste de largo recorrido? En 2024, el gasto en defensa de los 27 alcanzó un récord de 343.000 millones de euros, un 19% más que el año anterior y el equivalente al 1,9% del PIB, con previsión de llegar al 2,1% y los 381.000 millones en 2025.
Las cifras muestran un esfuerzo serio, pero aún desigual. Mientras algunos socios bálticos avanzan hacia el 2,5% o incluso el 3% del PIB en defensa, otros grandes países siguen por debajo del estándar de la OTAN. Al mismo tiempo, la producción europea de munición y sistemas de defensa antiaérea se ha revelado insuficiente para reponer al ritmo que exige el frente ucraniano, obligando a recurrir a compras en terceros países y a programas conjuntos que tardarán años en madurar.
El diagnóstico es inequívoco: si la guerra continúa en su intensidad actual, Europa tendrá que transformar su industria de defensa de un modelo “de paz” a otro de economía de guerra light, con contratos plurianuales, garantías públicas y cadenas de suministro robustas. Ese giro tiene un coste político evidente, especialmente en países donde la opinión pública sigue siendo reacia a cualquier lenguaje que recuerde a la militarización. Pero sin él, la doctrina de la “exhaustión” corre el riesgo de quedarse en un eslogan sin respaldo material.
El factor Estados Unidos y la fragilidad del vínculo atlántico
La estrategia de Merz también debe leerse a la luz del nuevo equilibrio con Washington. En 2025, la ayuda militar estadounidense a Ucrania se redujo un 99% respecto a los niveles medios de 2022-2024, dejando a Europa ante una realidad incómoda: si quiere que Kiev resista, tendrá que pagar casi sola la factura.
En Múnich, el canciller alemán ha pedido “resetear” la relación transatlántica y “reparar y revivir la confianza” con Estados Unidos, pero ya no desde la dependencia, sino desde un pilar europeo más fuerte dentro de la Alianza. Ese discurso, que hace solo unos años habría sonado a herejía en Berlín, hoy es casi consensual: nadie en Europa puede dar por garantizado que la Casa Blanca mantenga el mismo compromiso si el ciclo político americano vuelve a girar hacia posiciones más aislacionistas.
La consecuencia es clara. Cuanto más se debilita la previsibilidad de Washington, más se refuerza la lógica del “autoseguro” europeo. Pero esa autonomía no sale gratis: implica duplicar capacidades, asumir más riesgos y, sobre todo, explicar a los ciudadanos que el precio de la seguridad no se medirá solo en términos de tanques enviados al este, sino también en años de presupuestos tensionados y prioridades internas aplazadas.
Escenarios de salida: alto el fuego, congelación o ruptura
Cuando Merz afirma que Rusia aún no está “lista para hablar seriamente”, está descartando implícitamente cualquier alto el fuego inmediato que no altere el cálculo estratégico de Moscú. Hoy los escenarios se reducen, en esencia, a tres: un alto el fuego negociado con líneas de contacto similares a las actuales; una congelación del conflicto al estilo de otras guerras post-soviéticas; o una ruptura más profunda en el frente, fruto de un colapso militar o político en alguna de las partes.
Para preparar cualquiera de esos escenarios, Bruselas discute ya instrumentos financieros a largo plazo, como el uso de beneficios de cerca de 194.000 millones de euros en activos rusos congelados para respaldar un préstamo de hasta 140.000 millones a Ucrania. La idea es garantizar que el país pueda seguir resistiendo y reconstruyéndose incluso si la guerra se prolonga y el apoyo político en algunas capitales flaquea.
Lo más delicado es que este tipo de mecanismos se mueven en el filo del derecho internacional y despiertan recelos en varios Estados miembros, preocupados por el precedente que podría sentarse para futuras crisis. Aunque jurídicamente se diseñen como “préstamos reparadores”, la percepción en Moscú será la de una confiscación encubierta, con el consiguiente riesgo de nuevas represalias económicas y cibernéticas contra Europa.
El coste político de una guerra sin horizonte
Cuanto más se aleja en el tiempo la posibilidad de una paz negociada, más se acerca el riesgo de fatiga social. La inflación energética de 2022-2023 ha remitido, pero ha dejado tras de sí una huella de desconfianza en amplias capas de la población. En paralelo, partidos escépticos con el apoyo a Ucrania, tanto a la derecha populista como a la izquierda radical, aprovechan cada nuevo paquete de ayuda para preguntarse qué parte de ese dinero podría haberse dedicado a pensiones, sanidad o vivienda.
En este contexto, el discurso de Merz es también un mensaje hacia dentro: no habrá victoria barata ni rápida. Si el objetivo es agotar la capacidad de guerra de Rusia, los ciudadanos deben saber que el coste se medirá en años, no en meses. Ese tipo de sinceridad choca con el instinto natural de muchos gobiernos, inclinados a vender a la opinión pública una guerra lejana, casi técnica, sin impacto directo en la vida cotidiana.
El contraste con otras regiones resulta elocuente. Mientras los países bálticos o Polonia asumen mayoritariamente el riesgo y el coste como precio inevitable para garantizar su propia seguridad, en otras capitales europeas el debate sigue siendo mucho más ambiguo. En última instancia, el éxito o fracaso de la estrategia de desgaste dependerá menos de los discursos en Múnich que de la capacidad de las élites europeas para construir un consenso social duradero en torno a un esfuerzo que se anuncia largo y costoso.

