Netanyahu quiere convertir los 3.800 millones de EEUU en “coinversión”

Israel plantea pasar de la ayuda militar a un pacto de asociación con Washington, apoyado en el boom de la defensa y el tirón tecnológico.

Benjamin Netanyahu
Benjamin Netanyahu

Israel cobra 3.800 millones de dólares al año en apoyo de seguridad estadounidense, blindados hasta 2028. Ahora Netanyahu quiere reescribir la relación: de “ayuda” a “partnership”, con inversiones en ambos sentidos. El argumento es económico: exportaciones militares récord y un mercado bursátil que presume de resiliencia. Pero el giro también es político: menos dependencia, menos palancas para Washington.La pregunta es quién paga la transición… y qué compra con ella.

Del cheque anual al “capital compartido”

El marco actual no es un gesto simbólico: es un contrato. El memorando de entendimiento vigente, pactado para 2019-2028, compromete 38.000 millones de dólares en asistencia de seguridad, el grueso en financiación militar y un tramo específico para defensa antimisiles. Esa arquitectura —dinero estadounidense que vuelve a la industria de defensa estadounidense en forma de compras— ha sido, durante décadas, una pieza de estabilidad… y también una cadena.

Netanyahu pretende romper el lenguaje sin romper el vínculo. “Pasar de la ayuda a la asociación, con inversiones equivalentes; hemos alcanzado la mayoría de edad”, viene a resumir su tesis, con un objetivo explícito: que la nueva fórmula quede integrada en un acuerdo que se negocia ya con Washington y pueda cerrarse antes de que termine el mandato de Donald Trump.

La industria armamentística como palanca

La pieza central del relato es el dinero que Israel dice poder generar sin tutelas. El Ministerio de Defensa israelí informó de un récord de exportaciones de defensa de más de 14.700 millones de dólares en 2024, un +13% interanual, con más de la mitad de las operaciones concentradas en contratos superiores a 100 millones. La tendencia, lejos de enfriarse, se aceleró: en 2025, las ventas superaron los 19.000 millones y crecieron alrededor de un 30%, según datos oficiales recogidos por AP.

Este salto tiene una lectura incómoda: parte del “valor” comercial procede de la validación en conflicto real y del apetito europeo por sistemas de defensa aérea, guerra electrónica y capacidades anti-dron. Israel presume de haber escalado hasta situarse entre los grandes exportadores —séptimo del mundo, según la misma crónica—. Con esa cifra sobre la mesa, Netanyahu vende autosuficiencia. Lo más grave es lo que subyace: el mercado internacional está financiando el músculo que antes reforzaba Washington.

Silicon Wadi y el sello Nvidia

La otra columna es el sector tecnológico, que Israel utiliza como prueba de madurez económica. El caso más repetido es Nvidia. La compañía prepara en el norte del país una instalación de investigación e ingeniería vinculada a IA y centros de datos, con una inversión estimada de más de 500 millones de dólares, según prensa económica local y medios israelíes. El proyecto incluye un laboratorio con 10.000 m² de infraestructura de centro de datos para IA, presentado como uno de los mayores del país.

El mensaje político es evidente: si atraes capital privado de esa escala, puedes negociar con Washington como socio industrial, no como receptor. Y, sin embargo, la consecuencia es clara: el “partnership” que se promete suena menos a independencia absoluta y más a un rediseño de flujos —de subvención a coinversión— para sostener el mismo ecosistema, pero con otra etiqueta. Netanyahu lo vende como emancipación; las empresas lo entienden como estabilidad regulatoria y demanda asegurada.

Bolsa al alza, guerra de fondo

Netanyahu apoya su ambición en un termómetro que habla el idioma de Wall Street: la Bolsa. El índice TA-35 llegó a reflejar avances cercanos al +19% en 2026 (hasta comienzos de junio), según el propio mercado, en un contexto donde defensa y tecnología pesan cada vez más en las valoraciones. Medios europeos han descrito el fenómeno como un rally alimentado por el sector armamentístico y por la percepción —volátil— de reducción del riesgo a largo plazo.

Pero aquí aparece el reverso: una economía que se revaloriza por la guerra también se encarece por la guerra. Le Monde estimaba un coste económico de 9.400 millones de shéquels por semana en pleno pulso regional a inicios de 2026. El contraste resulta demoledor: la narrativa de autosuficiencia se apoya en indicadores financieros que, en parte, derivan de una coyuntura excepcional. Lo que hoy sostiene el precio puede tensionar mañana el presupuesto.

Washington pierde palanca, Israel gana margen

La ayuda no solo compra armas: compra influencia. Quien financia, condiciona; quien aprueba, retrasa; quien firma, veta. Por eso, en Washington hay analistas que advierten de que una retirada de la asistencia podría significar una caída más profunda de la capacidad de presión de EEUU en Oriente Próximo, incluso si la alianza formal se mantiene. Ese es el núcleo real del debate: no se discute la “amistad”, sino el mecanismo de control.

Netanyahu, en cambio, coloca el foco en el orgullo nacional y en el aprendizaje histórico: Israel ya fue receptor de asistencia económica durante décadas, pero esa ayuda se fue diluyendo hasta desaparecer prácticamente en 2007. La comparación busca un efecto: si se pudo cerrar un capítulo, se puede cerrar el siguiente. La diferencia es que ahora el expediente no es civil, sino militar. Y ahí, la sustitución es más cara, más estratégica y mucho menos neutral para los intereses de EEUU.

El negocio del memorando que viene

El “nuevo MOU” que se negocia puede acabar siendo un contrato industrial transatlántico con tres piezas: coproducción, I+D compartida y compras cruzadas. Sobre el papel, suena a modernización. En la práctica, puede ser un modo de perpetuar la relación en un contexto de fatiga política en EEUU: cambiar la palabra “aid” por “investment” para blindar lo esencial frente a la opinión pública.

Israel tiene incentivos claros: fijar acceso preferente a tecnologías, asegurar líneas de suministro y reducir el riesgo de interrupciones políticas. EEUU también: mantener interoperabilidad, sostener industria y garantizar presencia en una región que, pese a todo, sigue siendo un tablero energético y militar de primer orden. El diagnóstico es inequívoco: si el acuerdo se firma, no será el final de la dependencia, sino su sofisticación. Y ese matiz —quién depende de qué— es el que definirá la próxima década.

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