IRÁN

Por qué los ataques de EE.UU. e Israel no han logrado vaciar los depósitos de misiles de Irán

Misil

Foto de Moslem Daneshzadeh en Unsplash
Misil Foto de Moslem Daneshzadeh en Unsplash

La pregunta ya no es cómo puede seguir teniendo misiles Irán después de 10 días de guerra. La pregunta real es mucho más seria: cómo puede seguir lanzando misiles y drones después de más de cuatro meses de conflicto abierto con Estados Unidos e Israel.

La guerra comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Washington y Tel Aviv iniciaron una campaña de ataques contra objetivos militares, nucleares y balísticos iraníes. A fecha de 30 de junio de 2026, han pasado 122 días desde aquel inicio. Si se cuenta también el día del primer ataque, el conflicto entra ya en su día 123.

Y, pese a todo, Irán sigue disparando.

Esa es la paradoja que más inquieta en la región. Durante estos meses, los ataques estadounidenses e israelíes han golpeado bases de lanzamiento, fábricas de misiles, instalaciones militares, centros de almacenamiento, defensas aéreas y complejos vinculados al programa balístico iraní. Sin embargo, Teherán aún conserva capacidad para lanzar proyectiles contra objetivos israelíes, estadounidenses o aliados en el Golfo.

La explicación no está en un solo factor, sino en la combinación de varios: un arsenal inicial enorme, una infraestructura militar muy dispersa, depósitos subterráneos, lanzadores móviles, producción interna y una estrategia diseñada precisamente para resistir una guerra de desgaste.

Irán empezó la guerra con uno de los mayores arsenales de la región

Antes del conflicto, las estimaciones sobre el arsenal iraní ya eran muy elevadas. Diversas fuentes situaban sus reservas de misiles balísticos entre 2.500 y 6.000 unidades, dependiendo del tipo de misil incluido, el alcance y el grado de operatividad.

Incluso tomando la cifra baja, hablamos de una cantidad enorme. Irán no necesita conservar intacto todo su arsenal para seguir siendo peligroso. Con que mantenga una parte de sus misiles y un número suficiente de lanzadores, puede continuar realizando ataques puntuales durante semanas o meses.

Ese es uno de los puntos clave: destruir fábricas no equivale a destruir todo el inventario ya fabricado. Y destruir lanzadores no significa necesariamente eliminar todos los misiles almacenados.

No todos los misiles se lanzan al mismo ritmo

Al principio de la guerra, Irán respondió con oleadas muy intensas. En los primeros días ya se hablaba de más de 500 misiles balísticos y alrededor de 2.000 drones lanzados contra objetivos israelíes, estadounidenses y aliados regionales.

Pero una guerra no mantiene siempre la misma intensidad. Tras las primeras oleadas, el ritmo de disparo suele caer. No porque el arsenal desaparezca de golpe, sino porque el país atacado empieza a administrar sus recursos.

Irán puede pasar de grandes salvas iniciales a ataques más pequeños, más selectivos y más espaciados. Eso le permite conservar munición, complicar la defensa enemiga y mantener una amenaza constante sin agotar todo su inventario en pocos días.

Por eso los cálculos simples pueden engañar. Si Irán tuviera 2.500 misiles y lanzara 100 diarios, el arsenal duraría 25 días. Si lanzara 200 diarios, se agotaría mucho antes. Pero después de más de cuatro meses, la realidad no puede medirse así: el ritmo de disparo cambia, se reduce, se adapta y se concentra en momentos concretos.

La diferencia entre tener misiles y poder lanzarlos

Otro punto fundamental es distinguir entre misiles disponibles y capacidad de lanzamiento.

Israel ha afirmado en diferentes momentos que una gran parte de los lanzadores iraníes ha sido destruida o inutilizada. Algunas estimaciones hablan de porcentajes muy altos, incluso superiores al 70%. Pero eso no significa que Irán se haya quedado sin misiles.

Puede tener misiles almacenados y, aun así, tener menos capacidad para lanzarlos de forma masiva. Esa es la diferencia entre el arsenal y la cadencia de fuego.

Si antes podía lanzar una oleada enorme en poco tiempo, ahora quizá solo pueda disparar grupos más pequeños. Pero mientras conserve lanzadores móviles, plataformas ocultas, túneles o sistemas improvisados, seguirá teniendo capacidad de ataque.

En otras palabras: Irán puede estar muy degradado y, al mismo tiempo, seguir siendo peligroso.

Una parte importante del programa iraní se basa en lanzadores móviles. Estos sistemas pueden moverse, esconderse, dispersarse y operar desde lugares difíciles de detectar.

Esa es una pesadilla para cualquier campaña aérea. Las fábricas, bases fijas y depósitos grandes pueden ser identificados por satélite y atacados. Pero un lanzador móvil puede salir de un túnel, disparar y volver a ocultarse en poco tiempo.

Esto obliga a Estados Unidos e Israel a mantener una vigilancia constante, con drones, satélites, aviones, inteligencia humana y ataques rápidos. Aun así, eliminar todos los lanzadores móviles es extremadamente complicado.

Y basta con que unos pocos sobrevivan para que Irán conserve capacidad de golpear.

Las “ciudades de misiles” y los depósitos subterráneos

Irán lleva años presumiendo de sus instalaciones subterráneas, conocidas popularmente como ciudades de misiles. Son túneles, bases excavadas y depósitos protegidos diseñados precisamente para resistir ataques aéreos.

No todas esas instalaciones tienen el mismo nivel de protección ni todas son invulnerables. Pero su existencia complica muchísimo la destrucción completa del arsenal.

Un misil guardado bajo tierra no es tan fácil de alcanzar como una fábrica en superficie. Y si los accesos quedan bloqueados, puede que el armamento no quede destruido, sino temporalmente inaccesible.

Esto explica por qué algunas evaluaciones hablan de una infraestructura muy dañada, pero no completamente eliminada. Irán puede haber perdido capacidad industrial y logística, pero aún conservar reservas dispersas.

Drones: más baratos, más numerosos y más fáciles de reponer

Además de misiles balísticos, Irán utiliza drones. Y aquí la ecuación cambia todavía más.

Los drones son más baratos, más fáciles de producir, más sencillos de almacenar y pueden lanzarse en grandes cantidades. Algunos modelos tienen menor impacto que un misil balístico, pero sirven para saturar defensas, obligar al enemigo a gastar interceptores caros y mantener presión psicológica y militar.

Eso convierte la guerra en un problema de desgaste. Estados Unidos, Israel y sus aliados pueden derribar muchos drones, pero cada interceptor puede costar muchísimo más que el aparato iraní que destruye.

Por eso Irán no necesita ganar cada ataque. Le basta con obligar al adversario a gastar recursos, mantener las alarmas activas y conservar la sensación de amenaza permanente.

La producción no se detiene por completo

Los ataques han golpeado fábricas, instalaciones de combustible sólido, bases y centros de ensamblaje. Eso reduce la capacidad de producción. Pero no significa que toda la industria militar iraní haya desaparecido.

Irán ha construido durante años una red descentralizada, con instalaciones duplicadas, fábricas parcialmente ocultas, talleres auxiliares y cadenas de suministro adaptadas a las sanciones.

Algunos informes apuntan a que su producción mensual de misiles podría ser limitada frente al volumen de una guerra de alta intensidad, pero suficiente para reponer lentamente parte del inventario, especialmente si el ritmo de disparo se reduce.

La clave es que Irán no necesita fabricar cientos de misiles cada semana para seguir en la guerra. Si administra sus reservas y produce nuevas unidades de forma gradual, puede prolongar el conflicto mucho más de lo que parece en los cálculos iniciales.

¿Cuándo se podría quedar sin misiles?

Esta es la gran pregunta, pero no tiene una respuesta sencilla.

Si Irán lanzara misiles al ritmo de los primeros días de guerra, su arsenal se habría degradado muy rápido. Pero ese no parece ser el patrón actual. Después de más de cuatro meses, lo lógico es que Teherán esté usando sus misiles de forma más selectiva.

El agotamiento dependerá de cuatro factores:

Cuántos misiles conserva realmente.

Cuántos lanzadores siguen operativos.

Cuánto puede producir o reparar cada mes.

Qué ritmo de ataques decide mantener.

Si conserva alrededor de 1.000 o 1.500 misiles utilizables, podría seguir lanzando ataques limitados durante mucho tiempo. Si sus lanzadores han sido muy dañados, el problema no será tanto tener misiles como poder dispararlos con eficacia. Y si sus fábricas han quedado seriamente afectadas, la reposición será lenta.

Por eso es más correcto hablar de degradación que de agotamiento absoluto. Irán puede tener cada vez menos capacidad para lanzar grandes salvas, pero todavía conservar medios para ataques puntuales.

El objetivo de EE.UU. e Israel: no solo destruir, sino reducir el ritmo

La campaña estadounidense e israelí no busca únicamente destruir cada misil. Eso sería casi imposible. El objetivo más realista es reducir la capacidad de Irán para lanzar ataques masivos.

Eso significa destruir lanzadores, bloquear accesos a depósitos, atacar fábricas, eliminar mandos, interrumpir comunicaciones, dañar rutas logísticas y obligar a Teherán a mover sus sistemas constantemente.

Si Irán pasa de lanzar grandes oleadas a disparos aislados, desde el punto de vista militar ya hay una degradación importante. Pero desde el punto de vista político y mediático, cada misil que sigue saliendo permite a Teherán decir que aún resiste. Esa es la esencia de la guerra de desgaste.

Para Irán, seguir disparando después de tantos días tiene un valor simbólico enorme. Cada lanzamiento demuestra que el régimen no ha sido desarmado por completo. Cada dron obliga a activar defensas. Cada misil que supera o roza un sistema antiaéreo mantiene la presión sobre Israel, Estados Unidos y sus aliados.

No necesita lanzar 200 misiles diarios para seguir siendo un problema. Le basta con conservar capacidad de daño, aunque sea limitada.

Por eso la pregunta “¿cómo sigue teniendo misiles?” tiene una respuesta incómoda: porque Irán se preparó durante años para exactamente este escenario.

Construyó reservas, ocultó instalaciones, multiplicó lanzadores, desarrolló drones baratos y diseñó una estructura militar pensada para sobrevivir a bombardeos.

El arsenal iraní está dañado, pero no eliminado

Después de más de 122 días de guerra, parece evidente que el programa de misiles iraní ha sufrido golpes muy duros. Sus fábricas han sido atacadas, muchos lanzadores han sido destruidos o inutilizados y su capacidad para lanzar grandes oleadas se ha reducido.

Pero eso no significa que Irán se haya quedado sin misiles.

La diferencia es importante. Una potencia puede estar degradada y seguir teniendo capacidad ofensiva. Puede producir menos y seguir disparando. Puede perder lanzadores y conservar depósitos. Puede sufrir bombardeos masivos y mantener sistemas ocultos bajo tierra.

Ese es el problema al que se enfrentan Estados Unidos e Israel: destruir por completo el arsenal iraní es mucho más difícil que reducirlo.

Y mientras Teherán conserve misiles, drones, lanzadores móviles y voluntad política de usarlos, la guerra seguirá teniendo una amenaza latente.

La verdadera pregunta ya no es cómo sigue teniendo misiles tras 10 días. Es cómo de peligroso puede seguir siendo Irán después de más de cuatro meses de ataques.

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