Rusia y Ucrania lanzan más de 400 drones y misiles en 24 horas
La guerra en Ucrania ha entrado en una nueva fase de intensificación aérea sin precedentes. En apenas 24 horas, ambos bandos intercambiaron ataques masivos con más de 400 drones y decenas de misiles, confirmando que el conflicto evoluciona hacia una guerra de saturación tecnológica. Mientras Rusia asegura haber derribado 211 drones ucranianos, Kiev denuncia que Moscú lanzó 25 misiles y 219 UAV en un bombardeo nocturno que dejó casi 2.600 edificios sin calefacción en la capital.
El cruce de acusaciones refleja un patrón ya consolidado: ofensivas simultáneas, cifras récord y una escalada sostenida que mantiene el conflicto en máximos niveles de intensidad.
Moscú presume de defensa antiaérea
El Ministerio de Defensa ruso informó que sus sistemas antiaéreos interceptaron 211 drones en un solo día, además de cinco misiles de crucero de largo alcance, seis bombas aéreas guiadas y ocho proyectiles del sistema HIMARS de fabricación estadounidense.
La mención a los HIMARS no es menor. Este sistema suministrado por Estados Unidos ha sido clave para que Ucrania ataque objetivos logísticos en profundidad. Moscú busca demostrar que su escudo defensivo es capaz de neutralizar incluso armamento occidental avanzado.
Desde el inicio del conflicto, Rusia asegura haber destruido más de 113.000 drones, 670 aviones y 283 helicópteros. Más allá de la verificación independiente de estas cifras, el mensaje es claro: el frente aéreo es hoy el principal campo de batalla.
Kiev denuncia un bombardeo masivo
En paralelo, la Fuerza Aérea de Ucrania afirmó que Rusia lanzó 24 misiles balísticos Iskander-M/S-300, un misil guiado Kh-59/69 y 219 drones, incluidos modelos Shahed y otros UAV de ataque.
Las defensas ucranianas aseguraron haber derribado 16 misiles y 197 drones, aunque confirmaron impactos de nueve misiles y 19 UAV en al menos 13 ubicaciones.
El ataque tuvo consecuencias inmediatas en Kiev. El alcalde Vitali Klitschko informó de que casi 2.600 edificios se quedaron sin calefacción, afectando a miles de residentes en pleno invierno. Los servicios municipales trabajan para restablecer el suministro, pero el daño a infraestructuras energéticas vuelve a situarse en el centro de la estrategia rusa.
La guerra de saturación
El intercambio simultáneo de más de 400 drones y misiles en un solo día confirma que la guerra ha evolucionado hacia un modelo de saturación aérea constante. Los drones, relativamente baratos y difíciles de interceptar cuando se lanzan en masa, permiten mantener presión permanente sobre el enemigo.
El diagnóstico es inequívoco: ambos países han desarrollado capacidades industriales y logísticas suficientes para sostener ataques de gran volumen. La guerra ya no se mide solo en kilómetros de territorio, sino en capacidad de producción tecnológica y resistencia energética.
Rusia ha centrado repetidamente sus ofensivas en la red eléctrica y térmica ucraniana. El objetivo es doble: debilitar la logística militar y erosionar la moral civil. Desde 2022, miles de instalaciones energéticas han sufrido daños parciales o totales.
Ucrania, por su parte, intensifica ataques con drones de largo alcance contra territorio ruso, buscando golpear bases, depósitos de combustible y nodos logísticos. Esta dinámica convierte la retaguardia en un frente más del conflicto.
Impacto económico y desgaste prolongado
Cada ola de ataques implica costes multimillonarios. Los sistemas de defensa antiaérea, como los Patriot o S-400, requieren misiles interceptores cuyo precio puede superar el millón de dólares por unidad. Frente a drones mucho más baratos, el equilibrio financiero se vuelve complejo.
Este desajuste introduce una variable clave: la sostenibilidad económica del conflicto. La capacidad de reponer munición y sistemas determinará en gran medida la evolución de la guerra.
Pese a los intentos diplomáticos intermitentes y contactos indirectos, la realidad sobre el terreno apunta a una escalada técnica y operativa. Ninguno de los dos bandos muestra señales claras de agotamiento inmediato.
El contraste entre narrativas es constante: Moscú subraya su eficacia defensiva; Kiev resalta su capacidad de interceptación pese a la magnitud del ataque. Sin embargo, el dato común es innegable: la intensidad no disminuye.
La guerra entre Rusia y Ucrania se ha convertido en un laboratorio bélico del siglo XXI. Drones kamikaze, misiles balísticos, sistemas de precisión y guerra electrónica configuran un escenario donde la innovación y la producción industrial pesan tanto como la estrategia militar tradicional.
La consecuencia es clara: el conflicto entra en una fase de desgaste profundo, donde el control del espacio aéreo y la resiliencia energética determinarán el equilibrio futuro.
En solo 24 horas, más de 400 artefactos aéreos cruzaron los cielos de ambos países. Una cifra que resume el momento actual: una guerra total, tecnológica y sin tregua visible.