Trump intensifica presión contra América Latina: Colombia, Cuba y México en la mira
La Casa Blanca reactiva una versión personal de la Doctrina Monroe y sitúa a tres países clave bajo presión directa, mientras Europa observa con cautela y América Latina se prepara para una década de inestabilidad
En un momento de máxima tensión regional, la Casa Blanca ha decidido ampliar el perímetro de presión más allá de Venezuela.
El eje Trump–Rubio ha colocado ya en el punto de mira a México, Colombia y Cuba, en lo que en Washington se describe internamente como una “actualización del control hemisférico”. Detrás de este giro hay algo más que retórica: amenazas veladas de sanciones, ultimátums de seguridad y discusiones discretas sobre posibles operaciones encubiertas.
La lógica es simple y brutal: convertir el continente en un espacio donde ningún actor hostil pueda operar sin coste directo frente a Estados Unidos.
Pero la consecuencia es clara: la estabilidad de América Latina queda subordinada a una estrategia de fuerza que recuerda a la vieja Doctrina Monroe, con sello personal de Donald Trump y ejecución milimétrica de Marco Rubio.
La “Doctrina Trump” para el hemisferio occidental
Lo que algunos asesores describen ya como “Doctrina Trump para el hemisferio” no es un eslogan vacío. Se trata de una adaptación agresiva de la Doctrina Monroe de 1823, formulada ahora en clave del siglo XXI: América para los intereses estadounidenses, sin matices.
La diferencia respecto a etapas anteriores es triple. Primero, el nivel de personalización: Trump no oculta que quiere su nombre asociado a una política que, según sus cálculos, puede reforzar su legado interno. Segundo, la amplitud de los objetivos: del foco casi exclusivo en Caracas se ha pasado a un mapa donde al menos media docena de países aparecen en informes clasificados con niveles distintos de riesgo.
Tercero, el grado de coordinación con su secretario de Estado, Marco Rubio, que ha logrado imponerse en el diseño de la estrategia. Desde el Departamento de Estado se han elaborado hojas de ruta por país, con plazos, escenarios de presión económica y opciones militares indirectas. El discurso público habla de “seguridad” y “democracia”; los documentos internos, de control de flujos energéticos, neutralización de cárteles y bloqueo de la influencia china y rusa en el vecindario inmediato.
Este hecho revela un objetivo de fondo: reducir el margen de autonomía política de los gobiernos latinoamericanos clave, bajo la premisa de que cualquier vacío será ocupado por potencias rivales.
Marco Rubio, arquitecto de la nueva línea dura
En este esquema, Marco Rubio ha pasado de ser un halcón del Senado a cerebro operativo de la línea dura hemisférica. Su peso no se limita a la retórica: firma memorandos, supervisa canales discretos con oposiciones latinoamericanas y se sienta en las mesas donde se decide qué país sube o baja de prioridad.
Su perfil le otorga ventajas: origen cubano, conocimiento del exilio de Miami, relaciones tejidas durante años con élites políticas y empresariales de la región y un discurso ideológico muy claro contra cualquier régimen que perciba como aliado de La Habana o Caracas. “Rubio no solo analiza; asigna objetivos y tiempos”, admite un diplomático europeo.
Fuentes conocedoras del proceso señalan que las notas estratégicas que salen de su despacho ya no se limitan a sanciones selectivas, sino que incluyen escenarios de presión combinada: financiera, energética, migratoria y comunicativa. El mensaje hacia las capitales latinoamericanas es inequívoco: quien no se alinee, entra en lista.
Lo más significativo es que esta arquitectura se ha construido casi sin debate público interno en Estados Unidos, aprovechando la atención mediática concentrada en otros frentes. La región se despierta así con una realidad incómoda: la política hacia América Latina ya no es un apéndice del Departamento de Estado, sino un proyecto personal de un dúo político con agenda propia.
México: cárteles, frontera y la tentación de la intervención
México ocupa un lugar central en la nueva hoja de ruta de Washington. En los informes confidenciales se habla abiertamente de “amenaza directa a la seguridad nacional” para referirse al control territorial que ejercen determinados cárteles en varios estados del país.
La narrativa de la Casa Blanca se articula sobre tres ejes:
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Violencia desbordada y zonas de no-Estado en regiones clave.
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Flujos masivos de fentanilo y otras drogas sintéticas hacia EEUU, que la administración Trump cuantifica como responsable de decenas de miles de muertes anuales.
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Y una frontera convertida en válvula de presión política interna, donde los picos de llegadas se utilizan para justificar medidas cada vez más drásticas.
El riesgo real es que este relato sirva de base para acciones unilaterales más severas: designación de cárteles como organizaciones terroristas, operaciones transfronterizas “quirúrgicas” o condicionamiento extremo de la cooperación económica a cambios inmediatos en la política de seguridad mexicana.
En este contexto, las élites mexicanas se enfrentan a un dilema: aceptar una colaboración cada vez más invasiva o arriesgarse a una confrontación que podría afectar a más del 70 % de su comercio exterior, que depende directa o indirectamente del mercado estadounidense. La capacidad de maniobra real es, por tanto, muy limitada.
Colombia: socio prioritario bajo vigilancia estrecha
Colombia aparece en la lista de objetivos de Washington en una categoría distinta: prioridad estratégica bajo presión creciente. A diferencia de México, no se habla aún de intervenciones severas, pero sí de vigilancia reforzada y condicionalidad más dura en materia de cooperación militar y financiera.
La preocupación de la Casa Blanca se centra en tres cuestiones:
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La evolución del proceso de paz y la capacidad real del Estado para controlar el territorio.
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El reacomodo de grupos armados y estructuras de narcotráfico hacia zonas antes no prioritarias.
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Y la posibilidad de que Bogotá adopte posiciones más autónomas en política exterior, abriendo espacios a Rusia, China o incluso Irán en sectores sensibles como infraestructuras o telecomunicaciones.
Rubio y su equipo han dejado claro en reuniones privadas que el margen de tolerancia con desviaciones respecto a la línea de Washington será menor. Esto puede traducirse en condicionar parte de la ayuda económica y militar a resultados concretos en control de cultivos, operaciones contra bandas y alineamiento diplomático en votaciones clave.
Para Colombia, que ha sido presentada durante años como “aliado ejemplar”, el nuevo clima supone una presión adicional: cualquier error interno se leerá ya no como problema doméstico, sino como posible “falla de contención” en la estrategia hemisférica.
Cuba: el “eslabón débil” a la espera de un empujón
Si hay un punto donde la retórica de Trump se vuelve más explícita es Cuba. La isla, debilitada por la pérdida del paraguas energético venezolano y por una década de crisis encadenadas, es descrita en la Casa Blanca como “lista para caer”.
Lo llamativo es que no se habla tanto de intervención directa, sino de acelerar una implosión interna:
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Intensificación de sanciones selectivas sobre sectores clave.
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Apoyo mediático y logístico a movimientos opositores —dentro y fuera de la isla—.
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Y uso de la diáspora como vector de presión económica y social, con remesas, campañas de información y redes de influencia.
La lógica es cínica pero clara: un régimen debilitado, sin respaldo energético estable y con una población joven desencantada es un objetivo “barato” en términos de coste político y financiero. Trump confía en que un colapso rápido, presentado como levantamiento interno, sirva de demostración de fuerza sin necesidad de botas estadounidenses sobre el terreno.
Sin embargo, el escenario está lejos de ser lineal. Una caída desordenada en Cuba podría desatar una crisis migratoria de cientos de miles de personas en cuestión de meses, afectar a la seguridad marítima regional y abrir un periodo de inestabilidad que otros actores —incluidos Rusia y China— podrían buscar capitalizar.
Europa: entre la cautela y el riesgo de irrelevancia
A medida que la Casa Blanca endurece su doctrina hemisférica, la gran incógnita es la reacción de Europa. Por ahora, el diagnóstico es que la Unión Europea optará por una postura prudente: declaraciones de preocupación humanitaria, llamados al diálogo y alguna crítica puntual, pero sin romper abiertamente con Washington.
Las razones son evidentes. Bruselas no quiere abrir un nuevo frente de confrontación con Estados Unidos mientras lidia con su propia agenda de seguridad —desde el Este de Europa hasta el Sahel—, ni arriesgarse a represalias comerciales en un contexto de desaceleración económica.
Sin embargo, el coste potencial de esa cautela es alto. Si la UE se limita a un papel secundario y reactivo, podría perder buena parte de la influencia política y económica que aún conserva en América Latina, un socio que representa más del 5 % del comercio exterior europeo y un espacio clave para sus empresas en energía, infraestructuras y telecomunicaciones.
Este hecho revela una disyuntiva de fondo: o Europa asume un rol más activo como contrapeso moderador en el continente, o corre el riesgo de ser percibida como irrelevante tanto por Washington como por las capitales latinoamericanas.
Un hemisferio en tensión: escenarios abiertos
La combinación de presión estadounidense, vulnerabilidad latinoamericana y ambición rusa y china dibuja un hemisferio en el que los escenarios siguen abiertos. Un posible desarrollo “benigno” pasaría por transiciones controladas, reformas limitadas y renegociación de alianzas bajo tutela de Washington, con episodios de tensión pero sin grandes rupturas.
El escenario más inquietante es otro: intervenciones encubiertas, colapsos internos, crisis migratorias y reacciones en cadena que erosionen la legitimidad de gobiernos, saturen sistemas políticos y abran la puerta a nuevas formas de autoritarismo, ya sea de signo local o importado.
En ambos casos, una constante: la política hacia América Latina ha dejado de ser un expediente marginal para convertirse en pieza central de la estrategia de poder de la Casa Blanca. Que esa estrategia esté diseñada en buena medida desde los despachos de Trump y Rubio, con un enfoque de fuerza y cálculo cortoplacista, es el dato que debería preocupar tanto a la región como a sus socios europeos.
Porque, en un mundo que cambia más rápido que las doctrinas que lo pretenden ordenar, los errores de hoy no tardan décadas en pasar factura: lo hacen en meses, y casi siempre sobre los mismos de siempre.