Bruselas propone un veto total a servicios marítimos para el crudo ruso

La UE lanza su 20º paquete de sanciones contra Rusia

La guerra en Ucrania entra en su cuarto año y la respuesta económica europea da otro salto cualitativo. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha anunciado el 20º paquete de sanciones contra Rusia desde la invasión de 2022. La propuesta incluye un veto total a los servicios marítimos vinculados al crudo ruso, la inclusión de 43 buques adicionales de la ‘shadow fleet’ y la sanción de 20 bancos regionales rusos. A ello se suma un refuerzo de los controles sobre el comercio de criptomonedas y nuevas restricciones a exportaciones por más de 360 millones de euros, junto con vetos a importaciones de metales, químicos y minerales críticos valorados en más de 570 millones. Bruselas pide a los Veintisiete aprobar el paquete antes del 24 de febrero, fecha simbólica: el cuarto aniversario de la invasión a gran escala de Ucrania.

EPA-EFE/OLIVIER HOSLET
EPA-EFE/OLIVIER HOSLET

Un giro de tuerca en el frente marítimo

El punto más explosivo del paquete es el “full maritime services ban” para el crudo ruso. En la práctica, significa impedir que aseguradoras, navieras, bancos y demás proveedores de servicios europeos participen en cualquier transporte marítimo de petróleo ruso, incluso cuando el destino sea un tercer país. Hasta ahora, el sistema de tope de precios permitía esos servicios si el barril se vendía por debajo de un determinado umbral; el nuevo enfoque apunta a cerrar de raíz ese canal.

El movimiento llega tras meses de preocupación por la capacidad de Rusia para seguir colocando crudo gracias a flotas de buques envejecidos, seguros alternativos y registros laxos en terceros países. La Unión Europea ha sancionado ya más de 550 barcos en sucesivos paquetes, pero las cifras muestran que la flota paralela sigue creciendo. La consecuencia es clara: el problema ya no es tanto la norma sobre el papel como su capacidad real de estrangular ingresos.

Con este veto de servicios, Bruselas trata de ir a la raíz: sin financiación, certificación, corretaje ni seguros europeos, el transporte del crudo ruso se encarece, se vuelve más arriesgado y, sobre todo, más fácil de bloquear diplomáticamente. En los pasillos comunitarios se asume que el campo de batalla decisivo está ahora en las aseguradoras, las clasificadoras y las casas de corretaje, no sólo en los puertos.

La sombra de la ‘shadow fleet’

El paquete incorpora también 43 buques adicionales a la lista negra europea, todos ellos vinculados a la llamada shadow fleet: petroleros antiguos, muchas veces con bandera de conveniencia, documentación opaca y seguros de dudosa solvencia.

Desde 2022, la UE ha ido endureciendo progresivamente su respuesta a este fenómeno. El Parlamento europeo pidió en 2024 medidas específicas contra la flota oscura y su papel en la elusión de sanciones. Ahora, el foco se desplaza hacia acuerdos con los Estados de bandera para permitir inspecciones y abordajes preventivos de buques sospechosos, una herramienta que el Servicio Europeo de Acción Exterior está negociando con varias jurisdicciones.

El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras la UE discute cómo registrar, inspeccionar o detener estos petroleros, buena parte de sus rutas pasan por aguas y puertos de países que no participan en la presión sobre Moscú, lo que limita la efectividad de cualquier lista negra. Sin embargo, Bruselas confía en que el coste reputacional y operativo de operar con barcos sancionados acabe expulsando a parte de esta flota del mercado principal, relegándola a rutas más largas, caras y arriesgadas.

Bancos regionales, cripto y nuevas vías de evasión

El paquete propone incluir 20 bancos regionales rusos en la lista de entidades sancionadas. El objetivo es claro: cerrar la red financiera de segundo nivel que se ha ido utilizando para sortear las restricciones impuestas a los grandes bancos ya castigados en rondas anteriores.

En paralelo, Bruselas apunta a un frente menos visible pero cada vez más relevante: las criptomonedas. La reforma propuesta busca limitar el acceso de entidades rusas y de intermediarios en terceros países a plataformas cripto europeas, obligando a estas últimas a reforzar sus procedimientos de compliance y a bloquear operaciones con carteras sospechosas vinculadas a Rusia. La Comisión reconoce que parte de los flujos de comercio de bienes de alto valor añadido —desde componentes industriales hasta software— se están financiando ya a través de esquemas cripto difíciles de rastrear.

Este hecho revela que la guerra financiera ha entrado en una fase de microcirugía regulatoria: ya no basta con sancionar grandes bancos o compañías estatales. Se persiguen ahora redes de empresas pantalla, pequeños bancos regionales y pasarelas cripto que, sumadas, permiten mantener abierto un flujo de divisas hacia la economía de guerra rusa.

Metales, minerales críticos y el pulso industrial con Moscú

Más allá de la energía, la Comisión plantea reforzar las restricciones a exportaciones por unos 360 millones de euros y vetar importaciones de metales, químicos y minerales críticos valorados en más de 570 millones de euros anuales. No son cifras gigantescas en términos macroeconómicos, pero sí altamente significativas en segmentos muy concretos de la cadena industrial europea.

Los nuevos vetos afectan a productos que van desde aleaciones específicas y fertilizantes químicos hasta minerales empleados en baterías, electrónica de potencia o tecnologías verdes. El mensaje es doble: por un lado, reducir cualquier dependencia residual de materias primas rusas; por otro, dificultar que Moscú acceda a tecnologías y materiales necesarios para sostener su complejo militar-industrial.

La inclusión de una cuota a las importaciones de amoniaco ilustra bien la lógica del paquete. El amoniaco es clave para fertilizantes y también para determinados procesos químicos. Limitar su entrada desde Rusia obliga a diversificar proveedores, pero también encarece la operativa de empresas rusas que utilizaban el mercado europeo como ancla de sus cadenas logísticas.

Para las compañías europeas, el impacto será desigual. Sectores intensivos en energía y materias primas —siderurgia, química básica, metalurgia— se enfrentan a un nuevo ajuste de sus esquemas de aprovisionamiento. Sin embargo, la UE lleva dos años acelerando acuerdos con otros países para asegurar suministros alternativos de minerales críticos y metales, mitigando parte del golpe.

Las máquinas herramienta que alimentan la guerra

Una de las cláusulas más llamativas es la propuesta de prohibir la exportación de máquinas de control numérico (CNC) y radios a jurisdicciones que puedan reexportarlas a Rusia. No se trata de un capricho: los análisis de restos de armamento ruso en el campo de batalla han revelado la presencia de componentes y sistemas occidentales, muchos de ellos fabricados con máquinas herramienta de alta precisión procedentes de Europa.

Para los expertos en control de exportaciones, el diagnóstico es inequívoco: la guerra rusa contra Ucrania se sostiene, en parte, sobre una base industrial que aún depende de equipos y tecnologías fabricadas en Occidente. De ahí el giro hacia sanciones que no sólo vetan la venta directa a Rusia, sino también a terceros países sospechosos de reexportar estos bienes.

La detención en Alemania de cinco personas acusadas de organizar más de 16.000 envíos de componentes industriales por un valor superior a 30 millones de euros a empresas de defensa rusas demuestra hasta qué punto la evasión a través de empresas pantalla y rutas indirectas se ha convertido en un negocio estructurado. El nuevo paquete pretende precisamente cerrar esas grietas, aunque a costa de tensar las relaciones comerciales con países de Asia Central, Oriente Medio o el Cáucaso, convertidos en nodos de tránsito.

Cuatro años de sanciones: qué ha logrado realmente la UE

Desde 2022, la UE ha aprobado sucesivos paquetes de sanciones que han llevado a más de 2.500 personas y entidades a la lista negra comunitaria, incluyendo dirigentes políticos, oligarcas, militares y empresas clave. A ello se suman restricciones sectoriales a energía, finanzas, transporte, tecnología y servicios.

Los datos económicos sugieren que la presión no es inocua. El déficit federal ruso superó los 50.000 millones de dólares entre enero y noviembre del último año disponible, con previsiones de seguir ampliándose, mientras la inflación ronda el 6% y los tipos de interés oficiales el 16%, niveles propios de una economía forzada a financiar un esfuerzo bélico prolongado. La consecuencia es clara: Moscú paga cada vez más caro sostener la guerra.

Sin embargo, la capacidad de adaptación del Kremlin y de su red de aliados ha evitado un colapso súbito. Reorientación de exportaciones hacia Asia, descuentos agresivos en petróleo, uso intensivo de la shadow fleet y un creciente recurso a infraestructuras financieras y logísticas de terceros países han amortiguado parte del impacto. De ahí que este 20º paquete esté menos centrado en “nuevos sectores” y más en reforzar la ejecución y cerrar vías de elusión.

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