El apetito por riesgo convierte la deuda corporativa ligada a la inteligencia artificial en un posible foco de inestabilidad global

Alerta sistémica: la burbuja de la IA contagia al mercado de bonos en EEUU

La fiebre por la inteligencia artificial ya no se limita a las pantallas de bolsa ni a los múltiplos disparados de las grandes tecnológicas. En 2025, el entusiasmo por la IA ha empezado a colonizar uno de los pilares del sistema financiero: el mercado de bonos en Estados Unidos. La combinación de emisiones récord, diferenciales comprimidos y una confianza casi automática en cualquier emisor que lleve la etiqueta “IA” ha encendido todas las alarmas. Los gestores ven cómo los grandes nombres tecnológicos, impulsados por proyectos multimillonarios en centros de datos y chips, comienzan a recibir un trato casi de activo refugio. Los inversores aceptan rendimientos cada vez más bajos a cambio de financiar planes cuya rentabilidad real nadie podrá medir hasta dentro de una década. Mientras, la deuda pública estadounidense necesita absorber cerca de 2,5 billones de dólares anuales en nuevas emisiones para sostener el déficit, compitiendo por el mismo ahorro global.

Gráfico ilustrativo con los índices del mercado de bonos de EE.UU. sobre un fondo tecnológico representando la inteligencia artificial.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alerta sistémica: la burbuja de la IA contagia al mercado de bonos en EEUU

El nuevo riesgo en los bonos del Tesoro

El Tesoro de Estados Unidos sigue siendo el gran ancla del sistema financiero mundial. Su deuda se utiliza para valorar activos, fijar tipos de interés y garantizar liquidez en momentos de tensión. Sin embargo, el entorno actual introduce un matiz inquietante: el mismo capital que antes corría hacia el bono soberano sin hacer preguntas ahora encuentra una alternativa seductora en la deuda corporativa ligada a la IA.

Desde 2022, el rendimiento del bono a diez años se ha movido en una horquilla aproximada del 3,5% al 5%, niveles que hace una década habrían parecido impensables. Con tipos oficiales aún elevados y una inflación más resistente de lo previsto, el Tesoro necesita ofrecer rentabilidades suficientes para atraer a bancos centrales, fondos soberanos y gestoras privadas. El problema es que, al mismo tiempo, un puñado de gigantes tecnológicos emitió en el último año más de 300.000 millones de dólares en deuda para financiar centros de datos, compras de chips y adquisiciones asociadas a la IA, pagando cupones solo ligeramente superiores.

Este estrechamiento de diferenciales desplaza parte de la demanda desde el activo más seguro a empresas cuya estabilidad depende, en buena medida, de que la narrativa de la IA siga intacta. El resultado es un equilibrio más frágil: si el apetito por riesgo se revierte de forma brusca, la presión podría sentirse simultáneamente en la renta corporativa y en la deuda pública.

 

 

Ecos de los años 90

El déjà vu es inevitable. A finales de los 90, la promesa de internet justificó valoraciones que desafiaban cualquier métrica clásica. Hoy, la inteligencia artificial se presenta como una revolución incluso más profunda: automatización de tareas, productividad disparada, nuevas industrias. El relato es convincente, pero los mercados no viven de relatos, sino de flujos de caja.

Entonces, como ahora, se asumía que las empresas líderes eran prácticamente invulnerables. Las grandes tecnológicas ligadas a la IA concentran ya cerca del 30% de la capitalización del S&P 500, un nivel de concentración que recuerda a los picos de otras burbujas históricas. La novedad es que esta vez el contagio no se queda en la bolsa: los inversores compran su deuda con un desahogo similar, como si el riesgo de crédito hubiera desaparecido.

La analogía con los 90 no es perfecta. Los balances son más sólidos, la regulación bancaria es más estricta y el sistema financiero ha aprendido, al menos en parte, de las crisis anteriores. Sin embargo, el patrón psicológico es inquietantemente parecido: narrativa de disrupción, métricas justificadas “porque esta vez es diferente” y una legión de inversores minoristas e institucionales dispuestos a pagar casi cualquier precio por estar expuestos al “próximo gran salto tecnológico”.

Cambios y repeticiones

La gran diferencia respecto a la burbuja puntocom es el punto de partida de los tipos de interés. En los 90, la Reserva Federal operaba en un entorno de inflación contenidos y crecimiento robusto, con margen para recortar de forma agresiva cuando la burbuja estalló. Hoy, la situación es más delicada: inflación estructuralmente más alta, deuda pública por encima del 120% del PIB y un banco central atrapado entre el riesgo de recesión y el temor a una nueva ola inflacionaria.

Este contexto hace que cualquier corrección en los activos ligados a la IA se viva de forma distinta. Si el mercado de bonos corporativos se tensiona y se amplían los spreads de forma brusca, la Fed tendría menos margen para actuar sin reavivar la inflación. La consecuencia es clara: el ciclo de ajuste sería más lento y doloroso, con impacto directo en el coste de financiación de empresas y gobiernos.

Al mismo tiempo, se repite un patrón clásico de fin de ciclo: emisiones récord en los tramos más largos de la curva, inversores buscando rendimiento adicional en grado de inversión “casi perfecto” y una creciente tolerancia a covenants más laxos. La historia sugiere que estos síntomas rara vez terminan en un aterrizaje suave. El contraste con otras épocas de prudencia crediticia resulta demoledor: donde antes había filtros estrictos, ahora hay urgencia por no quedarse fuera de la próxima ola de crecimiento.

Presión sobre la deuda corporativa

El mercado de deuda de las grandes tecnológicas se ha convertido en un imán para el capital global. En apenas tres años, el volumen de bonos emitidos por compañías vinculadas directamente a proyectos de IA ha crecido en torno a un 60%, según estimaciones de analistas del sector. Buena parte de estos recursos se destina a infraestructuras intensivas en capital —centros de datos hiperescalables, redes eléctricas dedicadas, compras masivas de chips de última generación— con plazos de retorno muy largos.

Mientras tanto, la calidad del análisis de riesgo parece diluirse. Muchas emisiones se colocan con sobresuscripción múltiple en cuestión de horas, a pesar de ofrecer primas muy reducidas frente al Tesoro. En la práctica, los inversores están renunciando a un colchón de seguridad a cambio de un relato tecnológico que promete un crecimiento casi ilimitado.

Lo más grave es que parte de esta deuda acaba en manos de fondos de pensiones, aseguradoras y vehículos que se venden al ahorrador minorista como opciones “diversificadas y seguras”. Si el ciclo de la IA se ralentiza, los primeros en sufrir no serán solo los accionistas de las grandes tecnológicas, sino también quienes confiaron en que un bono con sello de “grado de inversión” era sinónimo de tranquilidad. El diagnóstico es inequívoco: la frontera entre renta fija defensiva y apuesta tecnológica agresiva es cada vez más difusa.

IA y el límite del optimismo

Que la IA transformará sectores enteros es una hipótesis razonable. Que lo haga a la velocidad y con los márgenes que el mercado descuenta hoy es mucho más discutible. Los planes de inversión plurianuales de los gigantes tecnológicos se construyen sobre escenarios de adopción casi lineal, donde cada euro invertido en infraestructura genera retornos crecientes y sostenidos. La realidad suele ser menos amable: cuellos de botella regulatorios, costes energéticos al alza, competencia inesperada y un marco político que empieza a mirar con lupa el poder de estas compañías.

En este entorno, el límite del optimismo se sitúa en el punto donde los inversores dejan de hacer preguntas incómodas. Cuando se asume que cualquier proyecto de IA será rentable “porque lo dice el mercado”, la función esencial del crédito —distinguir entre proyectos sólidos y apuestas especulativas— se erosiona. Es precisamente en esa erosión donde se gestan las burbujas más peligrosas.

La consecuencia potencial es doble. Por un lado, empresas viables pero menos glamurizadas por la narrativa de la IA pueden quedar infrafinanciadas. Por otro, capital masivo se concentra en proyectos cuyo retorno real conoceremos demasiado tarde. Si el ciclo se frustra, la corrección no se limitará a unas cuantas acciones volátiles: afectará a cadenas enteras de financiación, desde los bonos high grade hasta los mercados de deuda subordinada.

Escenarios si la burbuja se pincha

¿Qué ocurre si el entusiasmo por la IA se desinfla? El primer impacto llegaría por la vía más visible: caídas abruptas en las cotizaciones de las grandes tecnológicas y ampliación inmediata de los diferenciales de crédito. Las nuevas emisiones se encarecerían, varias operaciones se suspenderían y los inversores exigirían de golpe la prima de riesgo que hoy están dispuestos a perdonar.

El segundo impacto sería más silencioso pero igual de determinante: una huida hacia la calidad que podría tensionar al máximo los mercados de deuda soberana. Si los fondos venden bonos corporativos ligados a la IA para refugiarse en el Tesoro, los tipos a largo plazo podrían bajar de forma brusca… siempre que la confianza en la sostenibilidad fiscal de EEUU se mantenga intacta. En caso contrario, el mercado podría exigir compensaciones adicionales por financiar un déficit crónico en un entorno de menor crecimiento global.

En el peor de los escenarios, el contagio alcanzaría a la banca y a los fondos de pensiones, obligando a liquidar posiciones y amplificando la volatilidad. La experiencia de 2000 y 2008 muestra que cuando el apalancamiento se combina con activos sobrevalorados, el ajuste rara vez se detiene en el punto que los modelos consideran razonable. La cuestión no es solo si hay burbuja, sino cuánta deuda está construida sobre esa burbuja.

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