El INE confirma el cierre de 2025 con un IPC moderado pero aún por encima del objetivo del BCE

La inflación española se enfría al 2,9% en diciembre

La inflación en España cerró diciembre en el 2,9% interanual, una décima menos que en noviembre y en línea con el avance previo del Instituto Nacional de Estadística (INE). El dato confirma que los precios encadenan dos meses de moderación, pero siguen claramente por encima del objetivo del 2% que marca el Banco Central Europeo.

EPA/JOSE MANUEL VIDAL
EPA/JOSE MANUEL VIDAL

En términos mensuales, el Índice de Precios de Consumo (IPC) se incrementó un 0,3%, impulsado por determinados servicios y por el encarecimiento de algunos alimentos. El Índice Armonizado de Precios de Consumo (IAPC), la referencia comparable en la eurozona, se situó en el 3%, mientras que la inflación subyacente —que excluye energía y alimentos no elaborados— se mantuvo congelada en el 2,6%. La gran novedad está en la composición: el transporte se abarata hasta una tasa del 1,8% gracias a la caída de los carburantes, pero ese respiro llega mientras otros componentes clave siguen empujando al alza. La consecuencia es clara: la desinflación avanza, pero mucho más despacio de lo que querrían Fráncfort y los hogares españoles.

Un 2,9% que acerca a España al objetivo del BCE

El 2,9% de diciembre supone la segunda caída consecutiva de la inflación y consolida un cierre de 2025 sensiblemente más benigno que el vivido en 2022 y 2023, cuando los precios llegaron a dispararse por encima del 5% en algunos tramos. Según los datos del INE, el IPC ha ido perdiendo intensidad desde el verano y se mueve ya en un rango compatible con una inflación “alta, pero manejable” para los bancos centrales.

Sin embargo, la fotografía está lejos de ser cómoda. España sigue casi un punto por encima del 2% que el BCE considera estabilidad de precios y, además, con un IAPC del 3% superior a la media de la eurozona, que se situó en torno al 2% en diciembre, según los datos del propio banco central. Este hecho revela que la ventaja relativa que España mantuvo durante buena parte de la crisis inflacionista se ha ido estrechando.

La lectura de mercado es matizada. Por un lado, se confirma que el riesgo de una nueva espiral de precios parece contenido. Por otro, el ritmo de descenso es tan gradual que mantiene viva la duda sobre cuándo podrá el BCE empezar a recortar tipos sin temer un repunte de la inflación. La economía se mueve así en una zona gris en la que cada décima cuenta, tanto para la política monetaria como para las decisiones de inversión y consumo.

El respiro del transporte y los carburantes

El componente que explica buena parte de la mejora es el transporte, cuya tasa interanual desciende hasta el 1,8%, medio punto menos que el mes anterior. Detrás de esa caída está la corrección del precio de los carburantes y lubricantes para vehículos privados, que ahora abaratan la cesta de la compra frente al repunte registrado un año antes.

La mecánica es conocida: la energía actúa como un acelerador o un freno rápido de la inflación. Tras el shock de 2022, la moderación del crudo y de los precios mayoristas de la electricidad ha permitido que el componente energético registre tasas incluso negativas en la eurozona, en torno al –1,9% interanual en diciembre, lo que se traslada con cierto retraso a los índices nacionales. El contraste con la situación de hace apenas dos años resulta demoledor: entonces, cada céntimo de más en gasolinas y luz se convertía en presión adicional sobre familias y empresas; hoy, su aportación es moderadora.

Lo más grave, sin embargo, es que este alivio no se traslada con la misma intensidad al resto de rúbricas. El INE apunta ya a que alimentos y algunos servicios están absorbiendo parte de ese margen, elevando sus precios más de lo que permitía anticipar la normalización energética. Es decir, la gasolina baja, pero el ticket del supermercado y de muchos servicios cotidianos no afloja al mismo ritmo.

La subyacente en el 2,6%: el núcleo del problema

Si el dato general ofrece cierto alivio, la inflación subyacente en el 2,6% es la parte incómoda del informe. Esta tasa permanece inalterada respecto a noviembre y se sitúa apenas tres décimas por encima del equivalente de la eurozona, que ronda el 2,3%.

La subyacente es clave porque refleja la evolución de los precios más pegajosos: servicios, alquileres, restauración, ocio, cuidados personales… componentes estrechamente ligados a salarios y márgenes empresariales. Que se mantenga estable por encima del 2,5% revela que las tensiones internas de la economía española siguen presentes, aunque el ruido energético haya desaparecido en buena medida.

“La sensación es que hemos pasado del incendio a una combustión lenta que cuesta apagar”, resumen fuentes de análisis consultadas por el sector financiero. Esta persistencia obedece a varios factores: subidas salariales pactadas en torno al 3%, revalorización de pensiones y prestaciones vinculadas al IPC y empresas que tratan de recomponer márgenes tras dos años de costes disparados. El diagnóstico es inequívoco: mientras la subyacente no converja claramente hacia el 2%, el BCE tendrá difícil justificar una relajación agresiva de su política monetaria, por muy tentador que resulte aliviar a Estados altamente endeudados como España.

España frente a la eurozona: una ventaja que se estrecha

Durante buena parte de la crisis energética, España presumió de ser uno de los países menos inflacionistas del bloque, gracias al tope ibérico al gas y a una matriz energética más diversificada. Ese diferencial permitió al Gobierno defender que el país era “parte de la solución” y no del problema.

Sin embargo, el cierre de 2025 con un IPC del 2,9% y un IAPC del 3% deja a España por encima de la media del área del euro, donde la inflación armonizada se sitúa en torno al 2%. Además, distintas estimaciones apuntan a que la inflación media anual española habría rondado el 2,7%, frente a aproximadamente un 2% de la zona euro, según diversas fuentes de mercado y análisis independientes.

El contraste con otras fases del ciclo resulta elocuente. Lo que antes era un colchón que reforzaba la competitividad de la economía española se ha convertido en una ligera desventaja relativa. Este giro se explica, en parte, por la fuerte presión en servicios vinculados al turismo, la vivienda y la restauración, sectores donde España es estructuralmente más intensa que otras economías. La consecuencia es clara: si esta brecha se consolida, puede erosionar parte de la ganancia de competitividad lograda en la última década, especialmente frente a socios como Alemania o Francia.

Salarios, ahorro y negociación colectiva

Más allá del debate monetario, la pregunta clave para los hogares es qué significa un 2,9% de inflación con una subyacente del 2,6% en su día a día. Con los acuerdos salariales rondando el 3% anual y muchas empresas aplicando subidas similares, la fotografía de conjunto sugiere que los trabajadores empiezan a recuperar una parte del poder adquisitivo perdido en 2022 y 2023, pero el proceso es lento y desigual.

Para quienes tienen hipotecas a tipo variable o créditos ligados al euríbor, la combinación de inflación moderada y tipos aún altos sigue siendo incómoda: los precios ya no suben con la violencia de hace dos años, pero el coste de la deuda continúa elevado. Este hecho revela una doble presión sobre las clases medias: por un lado, consumos básicos que apenas se abaratan; por otro, una carga financiera que solo empezará a aliviarse si el BCE inicia recortes de tipos y estos se trasladan al euríbor.

En el lado del ahorro, la inflación por debajo del 3% y unos tipos oficiales todavía restrictivos permiten, por primera vez en años, que ciertos depósitos y productos conservadores ofrezcan rentabilidades reales ligeramente positivas. Sin embargo, la mayoría de las familias sigue percibiendo que “todo es más caro que antes”, porque la memoria inflacionista se construye sobre los niveles previos a la crisis, no sobre la tasa puntual de cada mes.

Qué puede hacer ahora el BCE y qué descuenta el mercado

Los datos de España llegan en un momento en el que el BCE intenta calibrar cuándo y cuánto recortar los tipos de interés en 2026. Con una inflación de la eurozona en torno al 2% y una subyacente todavía por encima, el banco central se mueve en un terreno resbaladizo: cualquier gesto prematuro podría interpretarse como una victoria cantada sobre la inflación que aún no se ha ganado del todo.

En este contexto, el caso español es un termómetro útil. Un IPC del 2,9% y una subyacente del 2,6% muestran una economía donde los precios dejan de ser un problema explosivo pero permanecen tensos. El mercado descuenta ya varios recortes de tipos a lo largo de 2026, aunque la secuencia exacta dependerá de si países como España, Italia o Francia logran consolidar tasas por debajo del 2,5% de forma sostenida.

Para el Tesoro español, cada décima que acerca la inflación al objetivo del BCE alivia la presión sobre la deuda, pero no elimina el riesgo: con un endeudamiento público por encima del 100% del PIB, cualquier retraso en la bajada de tipos se traduce en una factura mayor en intereses durante los próximos años. La reacción de Fráncfort será, por tanto, determinante para el margen de maniobra fiscal del Gobierno.

Alimentos, servicios y la inflación que no cede

Si la energía y el transporte aportan hoy algo de oxígeno, alimentos y servicios siguen siendo el frente más delicado. Las últimas cifras apuntan a un incremento de los alimentos y bebidas no alcohólicas en torno al 3% interanual en diciembre, ligeramente por encima del mes anterior, lo que evidencia que la normalización en la cadena agroalimentaria está siendo mucho más lenta de lo esperado.

En paralelo, los servicios mantienen una dinámica robusta en toda la eurozona, con tasas superiores al 3%, empujadas por unos costes laborales que siguen creciendo y por una demanda resistente en segmentos como turismo, ocio y restauración. España, potencia turística, sufre especialmente esa rigidez en los precios ligados al visitante extranjero, que se traduce también en un encarecimiento de la vida cotidiana para residentes.

Lo más grave es que estos componentes son difíciles de revertir a la baja: una vez que restaurantes, hoteles o servicios personales ajustan tarifas al alza, raramente vuelven atrás, salvo en episodios de crisis severa. “La batalla de la inflación ya no está en las gasolineras, sino en la lista de la compra y en la factura de los servicios”, admiten distintas voces del sector. Y esa es precisamente la parte que más tarda en ceder.

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