La inflación en España repunta al 3,5% y reactiva la presión sobre los hogares
El encarecimiento de los carburantes y la electricidad impulsa los precios en julio, mientras la inflación subyacente escala al 3% y confirma que las tensiones ya no se limitan a la energía.
La inflación española volvió a acelerarse en julio hasta alcanzar el 3,5% interanual, tres décimas más que en junio y su nivel más elevado desde la primavera de 2024. El avance rompe la estabilidad registrada durante mayo y junio, cuando el índice permaneció anclado en el 3,2%.
El repunte estuvo provocado principalmente por el encarecimiento de los carburantes y de la electricidad. Sin embargo, el dato más incómodo aparece en la inflación subyacente, que excluye los productos energéticos y los alimentos no elaborados: subió una décima, hasta el 3%. La presión sobre el coste de la vida, por tanto, empieza a extenderse de nuevo por el conjunto de la cesta de consumo.
La energía vuelve al centro del problema
Los combustibles, los lubricantes para vehículos y la electricidad registraron en julio incrementos superiores a los observados en el mismo mes del año anterior. Ese efecto comparativo explica buena parte del salto desde el 3,2% hasta el 3,5%, según el indicador adelantado publicado por el Instituto Nacional de Estadística.
La consecuencia es clara. España vuelve a quedar expuesta a uno de sus principales puntos débiles: la dependencia energética exterior. Cada aumento sostenido del petróleo, el gas o la electricidad termina trasladándose al transporte, la distribución y los costes industriales.
El problema no se limita al recibo de la luz o al depósito del coche. Cuando la energía sube, también aumenta el coste de producir, almacenar y transportar alimentos, bienes de consumo y materiales. Ese efecto dominó tarda más en aparecer, pero también resulta más persistente.
La subyacente confirma la resistencia de los precios
La inflación subyacente aumentó desde el 2,9% hasta el 3%, un movimiento aparentemente pequeño pero relevante. Este indicador permite medir hasta qué punto las tensiones se han instalado en los servicios, los productos manufacturados y otros componentes menos volátiles.
Lo más grave es que la subyacente continúa lejos del objetivo del 2% utilizado como referencia de estabilidad por el Banco Central Europeo. La distancia es todavía de un punto porcentual, pese al endurecimiento monetario acumulado y a la moderación registrada tras la crisis inflacionista.
Este hecho revela que la normalización avanza con más lentitud de la prevista. Los precios dejan de crecer a tasas extremas, pero no regresan a los niveles anteriores. Para los hogares, una inflación más baja no significa precios más baratos, sino un encarecimiento menos rápido sobre una base ya elevada.
Un nuevo golpe para el consumo familiar
En términos mensuales, el IPC aumentó un 0,2% respecto a junio. Aunque el porcentaje parece contenido, su acumulación erosiona la capacidad de compra de salarios, pensiones y ahorros, especialmente en los hogares con menor renta disponible.
El impacto es desigual. Las familias que destinan una mayor proporción de sus ingresos a energía, alimentación, vivienda y transporte soportan una presión superior. También sufren más quienes tienen contratos de alquiler actualizables o préstamos vinculados a tipos variables.
La inflación actúa, en la práctica, como un impuesto silencioso. Si los salarios no aumentan al mismo ritmo, el consumidor pierde poder adquisitivo incluso cuando sus ingresos nominales crecen. El diagnóstico es inequívoco: el 3,5% prolonga la sensación de pérdida de bienestar, aunque la economía mantenga el crecimiento.
El IPCA agrava la comparación europea
El Índice de Precios de Consumo Armonizado, que permite comparar la inflación española con la del resto de la Unión Europea, alcanzó el 3,8% interanual, dos décimas más que en junio. Su inflación subyacente se situó además en el 3,4%.
En variación mensual, el IPCA retrocedió un 0,1%, un descenso compatible con el final de determinadas campañas comerciales y con ajustes estacionales. Sin embargo, la tasa anual continúa mostrando una presión elevada.
El contraste con los países que se acerquen antes al objetivo del 2% puede resultar demoledor para la competitividad. Una inflación persistentemente superior encarece los costes laborales y empresariales, reduce márgenes y dificulta competir en mercados donde el precio continúa siendo determinante.
El margen del BCE se estrecha
El repunte complica cualquier relajación acelerada de la política monetaria. Aunque el BCE analiza la evolución del conjunto de la eurozona, una inflación resistente en economías relevantes como España refuerza la cautela ante nuevas bajadas de tipos.
La autoridad monetaria necesita comprobar que la presión salarial, los servicios y la energía no provocan una segunda oleada. De producirse, los tipos podrían permanecer elevados durante más tiempo, con efectos directos sobre hipotecas, financiación empresarial e inversión.
Para las compañías, el escenario obliga a elegir entre absorber costes y reducir márgenes o trasladarlos al consumidor. Ambas opciones tienen consecuencias: la primera deteriora resultados; la segunda alimenta de nuevo la inflación y debilita la demanda.
El dato definitivo marcará el otoño
Las cifras publicadas son provisionales y deberán confirmarse el próximo mes. El INE construye el indicador a partir de cerca de 200.000 precios mensuales, recogidos sobre cientos de artículos y establecimientos, lo que permite anticipar con elevada precisión la evolución definitiva del IPC.
La atención se desplazará ahora hacia agosto y septiembre. Si la energía mantiene su escalada y la subyacente supera de forma sostenida el 3%, el otoño comenzará con una inflación más difícil de contener.
El riesgo no reside únicamente en otro repunte mensual. La verdadera amenaza es que hogares y empresas incorporen aumentos continuados a sus decisiones de consumo, salarios y precios. Cuando esas expectativas se consolidan, reducir la inflación exige más tiempo, tipos más altos y un coste económico considerablemente mayor.