José María Carulla

Informe de Davos 2026: El fin del viejo orden y la fractura de la cooperación internacional

El Informe de Riesgos Globales 2026 de Davos alerta sobre la fragmentación de la cooperación internacional y el impacto creciente de la IA en la economía y la política global. Con análisis de José María Carulla, se exponen los desafíos que enfrentan las infraestructuras, la resiliencia nacional y el papel del sector privado frente a un mundo en transición.

Fotografía ilustrativa relacionada con la conferencia de Davos 2026, mostrando el logo oficial en tonos sobrios.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
José María Carulla, de Marsh

El Informe de Riesgos Globales 2026, presentado en la cumbre de Davos, dibuja un mundo sometido a una presión inédita. La edición número 21 del documento, elaborada por el Foro Económico Mundial con más de 1.300 expertos de todo el planeta, sitúa por primera vez la confrontación geoeconómica como principal riesgo inmediato, seguida de los conflictos interestatales, los fenómenos meteorológicos extremos, la polarización social y la desinformación.
José María Carulla, de Marsh, advierte de una deriva que va más allá de las amenazas clásicas: la erosión acelerada de la cooperación internacional. La mitad de los directivos consultados anticipa un futuro “tormentoso o turbulento” a dos años vista y un 57% ve el horizonte a diez años aún más sombrío.
El diagnóstico es inequívoco: el orden multilateral nacido tras la Segunda Guerra Mundial pierde capacidad para encauzar crisis encadenadas —guerras, shocks climáticos, revolución tecnológica— justo cuando el sector privado se ve empujado a asumir un papel que va mucho más allá del negocio. La pregunta ya no es si el sistema aguanta, sino qué lo reemplazará si termina por romperse.

Un diagnóstico incómodo desde Davos

El Informe de Riesgos Globales 2026 nace, como reconoce el propio Foro Económico Mundial, en “la segunda mitad de una década turbulenta”. La foto fija que llega desde Davos contrasta con el lema oficial de esta edición —“espíritu de diálogo”— y muestra un planeta atrapado entre crisis superpuestas: conflictos armados, fragmentación económica, clima extremo y desconfianza sistémica.

Los riesgos geoeconómicos y de seguridad vuelven a ocupar las primeras posiciones, confirmando que la era posterior a la Guerra Fría —marcada por la globalización y la interdependencia— ha entrado en una fase defensiva. En lugar de profundizar la integración, muchos gobiernos levantan barreras, reordenan cadenas de suministro y rediseñan sus alianzas sobre criterios de seguridad nacional.

Carulla lo resume al subrayar que las infraestructuras y marcos institucionales de las economías avanzadas siguen siendo, en buena medida, herencias de la posguerra, mientras el contexto se ha transformado por completo. Un mundo con riesgos del siglo XXI se sostiene aún sobre pilares del siglo XX.

Riesgos geoeconómicos: cuando la economía se convierte en arma

La gran novedad de 2026 es la coronación de la confrontación geoeconómica como riesgo número uno. No se trata solo de aranceles o guerras comerciales puntuales, sino de una competencia estructural en la que el acceso a materias primas críticas, tecnologías estratégicas y rutas logísticas se usa como instrumento de presión.

Las sanciones financieras, los vetos a exportaciones de chips avanzados, el control de minerales esenciales para la transición verde o las restricciones a inversiones en sectores sensibles forman parte de un mismo patrón: la economía deja de ser terreno neutral y se convierte en campo de batalla. La consecuencia es clara: las empresas se ven obligadas a rediseñar cadenas de suministro, aceptar mayores costes y operar con una prima de riesgo político permanente.

Para los directivos encuestados, esta “arma económica” es tan relevante como los tanques o los misiles: casi uno de cada dos sitúa los choques geoeconómicos y la guerra entre Estados entre las principales amenazas de corto plazo. El contraste con la década anterior, cuando el riesgo dominante era la crisis financiera, resulta demoledor.

Polarización y conflicto: el orden de posguerra se deshilacha

El informe también refleja el deterioro del tejido social y político. La polarización aparece de nuevo en el top de riesgos a dos años, junto a la desinformación y los conflictos interestatales. Redes sociales, burbujas informativas y discursos extremos debilitan la confianza en gobiernos, medios y ciencia, justo cuando se necesita cooperación para gestionar pandemias, clima extremo o migraciones masivas.

Carulla alerta de que la creciente prioridad de la soberanía nacional frente a los compromisos multilaterales erosiona los pilares del sistema construido tras 1945: la ONU, las instituciones financieras internacionales, los grandes acuerdos de comercio. El mundo se fragmenta en bloques que compiten por influencia, recursos y estándares tecnológicos.

Esta fractura tiene una traducción económica inmediata: las reglas previsibles se sustituyen por decisiones ad hoc, los acuerdos globales se bloquean y cada shock —una guerra, un embargo, una crisis energética— se amplifica al no existir mecanismos de coordinación eficaces. Lo que antes se veía como una red de seguridad colectiva hoy se percibe, cada vez más, como un mosaico de intereses cruzados.

Inteligencia Artificial y Quinta Revolución Industrial

Uno de los capítulos con tono más inquietante es el dedicado a la Inteligencia Artificial y a la llamada Quinta Revolución Industrial. El informe incorpora por primera vez la combinación de “resultados adversos de tecnologías de frontera” y de la propia IA como riesgo transversal, capaz de alterar mercados laborales, sistemas políticos y equilibrios de poder.

En Davos, la dirección del FMI ha advertido de un auténtico “tsunami” de IA en el empleo, con hasta un 60% de los puestos de trabajo en economías avanzadas expuestos a automatización o transformación profunda. A corto plazo, el riesgo no es solo la destrucción de determinados empleos, sino la desigualdad en el reparto de los beneficios de la productividad y el aumento de tensiones entre trabajadores, empresas y gobiernos.

Carulla insiste, además, en un ángulo menos visible: la IA como consumidora voraz de infraestructuras. Centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración y suministro de agua pasan a ser activos críticos en un contexto de olas de calor más frecuentes, sequías prolongadas y fenómenos climáticos extremos. La revolución tecnológica se apoya sobre un sustrato físico que no siempre está preparado para soportarla.

Infraestructuras de posguerra ante riesgos del siglo XXI

Ahí se abre una de las brechas más preocupantes. Carulla recuerda que buena parte de las infraestructuras de los grandes países de la OCDE —redes eléctricas, presas, sistemas de transporte— datan de la posguerra y fueron diseñadas para un clima, una demografía y un patrón industrial muy diferentes a los actuales.

El informe subraya que los fenómenos meteorológicos extremos se consolidan entre los principales riesgos tanto a corto como a largo plazo. Oleadas de calor, inundaciones y tormentas más intensas ponen a prueba infraestructuras envejecidas que, en muchos casos, operan sin margen de redundancia. La digitalización masiva añade otra capa de fragilidad: una caída de red o un ciberataque en un nodo crítico puede paralizar cadenas de suministro completas.

La combinación de clima extremo + infraestructuras antiguas + dependencia tecnológica configura una tormenta perfecta para la resiliencia física de las economías. La factura de no invertir a tiempo no será solo económica, advierten los expertos, sino también social y política, con mayor conflictividad y pérdida de confianza en las instituciones.

Multilateralismo en retirada y nuevas coaliciones de poder

El Global Risks Report 2026 constata, además, la pérdida de peso de las organizaciones multilaterales tradicionales. La autoridad de la ONU, de los grandes foros comerciales y de las instituciones financieras internacionales se ve cuestionada por la incapacidad para ofrecer respuestas rápidas y vinculantes en un contexto de policrisis.

En su lugar emergen coaliciones ad hoc y alianzas regionales con agendas muy concretas: desde pactos tecnológicos entre bloques hasta acuerdos energéticos cerrados al margen de los grandes marcos globales. El mundo de las reglas universales da paso a un escenario de normas superpuestas, donde cada actor intenta asegurar su propia red de seguridad.

Este proceso no implica un derrumbe inmediato del orden internacional, pero sí una dilución progresiva de su capacidad de arbitraje. Cuando los principales riesgos se definen en términos de confrontación geoeconómica, la tentación de usar el acceso a mercados, datos o recursos como herramienta de presión se vuelve casi irresistible.

El sector privado como nuevo gestor de riesgos globales

El informe subraya con fuerza el papel creciente del sector privado en la gobernanza de riesgos. Para muchas multinacionales, las fronteras entre riesgo operativo, regulatorio y geopolítico prácticamente han desaparecido. Las decisiones sobre dónde invertir, qué proveedores elegir o qué mercados abandonar están atravesadas por consideraciones de estabilidad política, clima extremo o ciberseguridad.

El dato es elocuente: alrededor de la mitad de los directivos encuestados admite que afronta un horizonte de negocio “tormentoso o turbulento” a dos años, y más de un 80% reconoce haber sufrido niveles altos de estrés en 2025, muy por encima del 24% que declaraba esa presión solo un año antes. La gestión del riesgo deja de ser un departamento especializado para convertirse en eje de la estrategia corporativa.

¿Estamos ante una gobernanza híbrida, donde empresas y Estados compiten y colaboran al mismo tiempo? La respuesta, por ahora, es difusa. Pero el desplazamiento de parte de la capacidad de respuesta —desde lo público hacia lo privado— es ya un hecho, con implicaciones profundas para la rendición de cuentas, la legitimidad y la cohesión social.

En palabras de un directivo citado en Davos, “la verdadera pregunta ya no es qué riesgo nos preocupa más, sino qué capacidad real tenemos para gestionar varios a la vez”. Ese es, en última instancia, el desafío que plantea el Informe de Riesgos Globales 2026: no solo entender el nuevo mapa de amenazas, sino acelerar la adaptación antes de que la próxima crisis lo haga por nosotros.

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