El petróleo se dispara un 20% y supera los 100 dólares
La guerra con Irán cierra Ormuz y reactiva el fantasma de la estanflación global.
El mercado del crudo ha cruzado este domingo una línea roja psicológica: el barril vuelve a cotizar por encima de los 100 dólares por primera vez desde 2022. El West Texas Intermediate (WTI) para entrega en abril llegó a subir un 20,25% hasta los 109 dólares, mientras que el Brent para mayo avanzó un 17,76%, hasta los 108,82 dólares por barril, según datos de mercado. Detrás del salto está la escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán, los ataques sobre objetivos estratégicos en territorio iraní y el cierre de facto del Estrecho de Ormuz, por donde circula una parte crítica del suministro mundial de energía. La consecuencia inmediata es un repunte abrupto de los precios de la energía y un giro brusco en las expectativas de inflación y tipos de interés.
Un salto del 20% en una sola sesión
El movimiento de este domingo no es un ajuste técnico, sino un verdadero latigazo en uno de los mercados más sensibles del planeta. El contrato de WTI para abril se ha disparado un 20,25%, hasta los 109 dólares, mientras que el Brent para mayo ha rozado los 109 dólares tras subir casi un 18%. En apenas unos días, el crudo ha sumado más de un 30% desde los niveles previos a la escalada militar, encadenando la subida semanal más violenta desde principios de los años ochenta, según datos de mercado y de casas de análisis internacionales.
Lo más relevante es que el umbral de los tres dígitos se supera por primera vez desde 2022, cuando la invasión rusa de Ucrania llevó al Brent a coquetear con los 130 dólares. El diagnóstico es inequívoco: el mercado del petróleo ha pasado en cuestión de sesiones de descontar un escenario de relativa estabilidad a anticipar una disrupción prolongada de la oferta en Oriente Medio. El fuerte repunte del precio inmediato frente a los contratos a más largo plazo revela un mercado en franca “backwardation”: los barriles disponibles hoy valen mucho más que los de dentro de unos meses, señal de una escasez aguda en el corto plazo.
El Estrecho de Ormuz, cuello de botella del 20% del crudo
El epicentro del terremoto vuelve a situarse en los mismos kilómetros de mar que han obsesionado a geopolíticos y traders durante décadas. El Estrecho de Ormuz, una franja de apenas 40 kilómetros de ancho entre Irán y Omán, es la arteria por la que transita alrededor del 20% de las exportaciones mundiales de petróleo y una parte muy relevante del gas natural licuado (GNL).
Desde el estallido del conflicto abierto con Irán, los ataques y contraataques han dejado la ruta prácticamente bloqueada para el tráfico normal de grandes petroleros, según fuentes diplomáticas y militares. Varios países del Golfo han reducido de forma preventiva su producción exportable y algunas grandes compañías han declarado fuerza mayor ante la imposibilidad de embarcar crudo en condiciones de seguridad razonables.
Este hecho revela hasta qué punto el sistema energético global sigue siendo vulnerable a un simple “grifo” geopolítico. Un estrecho canal marítimo, controlado por un puñado de actores enfrentados, puede reescribir en cuestión de días el escenario de inflación y crecimiento de todo el planeta. El contraste con los discursos de “diversificación” y “resiliencia” repetidos tras la crisis de 2022 resulta demoledor: la infraestructura sigue concentrada en los mismos puntos débiles.
Guerra abierta y ataques a infraestructuras energéticas
El desencadenante inmediato de la escalada de precios ha sido la intensificación de los ataques de Estados Unidos e Israel sobre objetivos en Irán, en un conflicto que ya ha cruzado varias líneas rojas. Los bombardeos han afectado instalaciones militares y zonas cercanas a infraestructuras energéticas críticas, mientras Irán ha respondido con drones y misiles contra bases y aliados de Washington y Tel Aviv en toda la región.
Teherán ha amenazado con extender el conflicto a instalaciones petroleras de terceros países del Golfo, replicando el patrón de los ataques sobre refinerías saudíes de 2019, y ha respaldado públicamente la decisión de sus fuerzas de seguridad de impedir el paso de buques por Ormuz. Varios productores clave —como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Iraq— han recortado envíos por temor a incidentes en terminales y oleoductos cercanos a la zona de combate.
Para los operadores, el mensaje es claro: no es solo un riesgo de sanciones o de embargo, sino un riesgo físico sobre la infraestructura. Lo más grave, subrayan varias firmas de análisis, es que el conflicto combina dos elementos explosivos: un actor central en el suministro de crudo (Irán) y el cierre parcial de la vía marítima más estratégica del planeta.
Un nuevo shock de precios con sabor a estanflación
El salto del petróleo no se queda en las pantallas de los traders. Cada encarecimiento sostenido de 10 dólares por barril suele añadir varias décimas a la inflación global y restar crecimiento; y los analistas ya manejan escenarios de 120 dólares si la disrupción en Ormuz persiste durante semanas. Grandes bancos de inversión como Goldman Sachs o JP Morgan alertan de que el impacto podría superar el 1% del PIB mundial y elevar la inflación más de un punto si el barril se estabiliza en ese rango de precios elevados.
En Estados Unidos, los efectos empiezan a verse en los surtidores: el precio medio de la gasolina ha subido unos 27 centavos en una semana, hasta los 3,25 dólares por galón, una cifra que aún está lejos de los máximos de 2022 pero que preocupa a la Casa Blanca por su impacto directo en el bolsillo de los conductores.
La consecuencia es clara: los bancos centrales que ya preparaban recortes de tipos para la segunda mitad del año vuelven a mirar de reojo al barril. “Esta subida del crudo es, en la práctica, un nuevo impuesto regresivo sobre hogares y empresas, especialmente en Europa y las economías emergentes importadoras”, resume un economista de una gran gestora europea. El fantasma de la estanflación —crecimiento débil con inflación alta— vuelve a asomar.
Europa y España, en la diana del encarecimiento energético
Europa llega a este nuevo episodio de tensión energética mejor preparada en términos de almacenamiento de gas, pero igual de expuesta al petróleo caro. La UE sigue importando la mayor parte del crudo que consume y, aunque ha reducido su dependencia directa de Rusia, ha sustituido un riesgo geopolítico por otro. El cierre de Ormuz golpea de lleno a proveedores clave como Iraq, Kuwait o Qatar, que han ganado peso en las compras europeas desde 2022.
En el caso de España, el impacto llegará por varias vías. Los combustibles representan aún cerca de un tercio de la cesta energética de los hogares y un coste crítico para el transporte y la logística, sectores que ya operan con márgenes estrechos tras dos años de inflación elevada. Un barril sostenido por encima de los 100 dólares puede empujar de nuevo la gasolina y el diésel hacia niveles próximos a los de 2022, encareciendo la distribución de alimentos y bienes básicos.
Además, el coste del crudo influye en los precios mayoristas de la electricidad a través de las centrales de ciclo combinado y de los ajustes con los países vecinos. Si la subida se prolonga, el Gobierno tendrá que decidir si reintroduce o prolonga medidas de alivio —como bonificaciones a carburantes o rebajas fiscales— que ya supusieron varios miles de millones de euros en gasto público durante la anterior crisis energética. El contraste con otros países europeos, que han aprovechado estos años para acelerar de forma más agresiva la electrificación del transporte, resulta difícil de obviar.
Bolsas, divisas y bonos ante el petróleo a tres dígitos
El shock energético se ha trasladado de inmediato a los mercados financieros. Los futuros sobre índices bursátiles han registrado caídas significativas ante el temor a un nuevo frenazo del crecimiento, especialmente en Europa, mucho más dependiente de la energía importada. Las compañías intensivas en consumo de combustibles —aerolíneas, navieras, transporte por carretera— encabezan las ventas, mientras que los grandes productores de petróleo y gas registran avances destacados.
En el mercado de divisas, el dólar actúa de nuevo como refugio, reforzado por la idea de que la Reserva Federal podría retrasar parte de los recortes de tipos previstos. Las monedas de economías importadoras de energía, desde el euro hasta algunas divisas emergentes asiáticas, se debilitan frente al billete verde, encareciendo aún más la factura del crudo en términos locales.
Los bonos soberanos se mueven en una dirección más ambivalente: por un lado, el miedo a la recesión empuja a los inversores hacia la deuda de mayor calidad; por otro, la perspectiva de una inflación reavivada por la energía limita las subidas de precio y mantiene tensionadas las rentabilidades. La combinación es la peor posible para los mercados: más riesgo geopolítico, más inflación y menos visibilidad sobre la política monetaria.
Rusia y el ‘shale’ estadounidense, los grandes beneficiados
No todos pierden con el barril por encima de los 100 dólares. Rusia, pese a las sanciones, se beneficia de cada dólar adicional que sube el crudo, ya que vende su petróleo con descuento sobre las referencias internacionales pero a precios muy superiores a los previstos en sus presupuestos. Agencias internacionales calculan que, con la energía en niveles elevados, Moscú puede financiar con mayor holgura su esfuerzo bélico en Ucrania, al reforzar los ingresos por impuestos sobre el petróleo y el gas que ya suponen cerca de un 30% de su presupuesto.
En paralelo, la industria de ‘shale oil’ estadounidense ve cómo se abre de nuevo una ventana de rentabilidad. Con precios sostenidos por encima de 70-80 dólares, muchos productores de crudo no convencional pueden aumentar la producción de forma rentable, aportando barriles adicionales al mercado en cuestión de meses y amortiguando parcialmente el shock.
Sin embargo, el margen para que estos “ganadores” estabilicen el sistema es limitado. El mundo ha sustituido una dependencia excesiva de Rusia por una dependencia excesiva de cuellos de botella como Ormuz y de decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros de los consumidores. El desequilibrio entre oferta flexible y demanda estructural sigue ahí.

