Petróleo en vilo: 110 dólares y un ultimátum a Irán
El crudo vuelve a moverse al ritmo de la guerra. El mercado oscila entre la esperanza de una tregua de 45 días y el temor a que Donald Trump ejecute en cuestión de horas su amenaza sobre infraestructuras iraníes, con el estrecho de Ormuz aún semibloqueado y la oferta global bajo tensión.
El petróleo ya no cotiza solo inventarios, producción o demanda industrial. Cotiza mensajes cruzados, plazos difusos y daños crecientes sobre activos energéticos. Ese cambio de régimen es lo que explica la violencia de los movimientos recientes. Y lo más grave no es el nivel actual del barril, sino la posibilidad de que esta volatilidad deje de ser un episodio y se convierta en un nuevo suelo geopolítico para la energía mundial.
Un mercado rehén del calendario
La sesión de este lunes 6 de abril ha vuelto a demostrar que el petróleo está operando bajo un patrón de sobresalto permanente. El WTI llegó a tocar los 115,48 dólares y después retrocedió hacia la zona de 109,59, mientras el Brent osciló en torno a 108,62-109,20 dólares en una jornada dominada por dos variables: el empuje diplomático para una tregua con Irán y el ultimátum de Trump para que se reabra Ormuz. En paralelo, Wall Street también reflejó esa incertidumbre con avances muy modestos y un comportamiento errático de los activos de riesgo.
Este hecho revela una anomalía de fondo: el mercado ya no responde a una curva racional de oferta y demanda, sino a la expectativa de un titular capaz de cambiar el equilibrio en minutos. Bloomberg ya había advertido en días anteriores de sesiones con caídas del 9,7% o rebotes superiores al 8%, mientras varios de los mayores movimientos históricos del Brent se han concentrado desde el inicio de la guerra a finales de febrero. La señal es inequívoca: la prima geopolítica ha sustituido al análisis fundamental clásico.
Ormuz, el cuello de botella que decide el precio
El centro del problema sigue siendo el estrecho de Ormuz. La EIA estadounidense calcula que por esa vía transitaron en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo. Otro análisis de la propia agencia eleva el flujo en el primer semestre de 2025 a 23,2 millones de barriles diarios, alrededor del 29% del petróleo transportado por mar. La Agencia Internacional de la Energía añade otra dimensión: en 2025 pasaron por Ormuz casi 15 millones de barriles diarios de crudo, el 34% del comercio mundial de crudo.
Por eso el mercado no necesita un cierre total y formal para entrar en pánico. Basta con que el tránsito se vuelva inseguro, que las aseguradoras se retiren o que los operadores decidan no asumir el riesgo. La IEA ha señalado que, desde el inicio del conflicto el 28 de febrero de 2026, los flujos de crudo y productos refinados a través de Ormuz han caído a menos del 10% de los niveles previos a la guerra. La consecuencia es clara: aunque Europa esté menos expuesta de forma directa —solo alrededor de 600.000 barriles diarios, un 4% de esos flujos, se dirigen al continente—, el precio internacional del Brent traslada el shock a todo el sistema.
La tregua de 45 días que nadie da por segura
En las últimas horas, mediadores como Pakistán, Egipto y Turquía han impulsado una propuesta de alto el fuego de 45 días para frenar la escalada y estabilizar el mercado energético. Sin embargo, la negociación está lejos de ser lineal. Irán ha rechazado algunos planteamientos temporales sobre la reapertura del estrecho, mientras desde Washington y Tel Aviv se combinan mensajes de distensión con amenazas de nuevos ataques. Ese doble lenguaje es, precisamente, lo que mantiene al barril atrapado en una montaña rusa.
El problema no es solo militar; es también de credibilidad. Las informaciones publicadas entre el 26 de marzo y el 6 de abril muestran cómo los plazos anunciados por Trump se han ido moviendo, ampliando o reinterpretando según evolucionaban los contactos indirectos. Para el mercado, eso significa una cosa: el “deadline” existe, pero su valor real es más político que operativo. La volatilidad no nace de lo que ya ha ocurrido, sino de la imposibilidad de saber qué decisión prevalecerá dentro de unas horas. Esa incertidumbre explica que un simple rumor de tregua haya llegado a borrar en una sola sesión buena parte de la prima acumulada, para después devolverse casi por completo.
OPEP+ no basta para calmar al mercado
En un contexto normal, una subida de producción de la OPEP+ habría servido para enfriar precios. Pero ya no estamos en un contexto normal. Ocho países del grupo —Arabia Saudí, Rusia, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Kazajistán, Argelia y Omán— acordaron añadir 206.000 barriles diarios a partir de abril, al tiempo que reiteraban su compromiso con la estabilidad del mercado y con la flexibilidad para pausar o revertir el ajuste si las condiciones cambian.
Lo más grave es la escala relativa. Frente a un chokepoint por el que normalmente pasan 20 millones de barriles diarios, una inyección de 206.000 barriles resulta casi simbólica. Sirve para enviar una señal política, no para compensar un bloqueo sostenido. El contraste entre ambos volúmenes es demoledor. De hecho, la propia IEA ha hablado del mayor shock de suministro de la historia del mercado petrolero y ha impulsado la mayor liberación coordinada de reservas estratégicas jamás realizada. El mercado interpreta que la OPEP+ puede amortiguar el daño, pero no neutralizarlo.
El golpe a South Pars cambia el tablero
A la tensión sobre Ormuz se suma ahora el deterioro directo de infraestructuras energéticas. Associated Press informó este 6 de abril de un ataque israelí sobre una instalación petroquímica en South Pars, el mayor yacimiento de gas del mundo compartido por Irán y Qatar. El golpe, además de su dimensión militar, tiene una lectura económica inmediata: amplía el conflicto desde la logística del transporte hacia los propios activos de producción y procesamiento.
Ese salto es especialmente relevante porque marca un cambio cualitativo. Una cosa es que los cargamentos no circulen; otra, mucho más seria, es que las plantas, refinerías o complejos petroquímicos empiecen a sufrir daños recurrentes. La restauración de esas instalaciones puede requerir meses, elevar las primas de seguro y alterar decisiones de inversión a largo plazo. Según MarketWatch, los operadores ya descuentan que la reconstrucción de infraestructura energética en la zona será costosa y lenta. Cuando el riesgo deja de ser transitorio, el precio del petróleo deja de buscar un techo claro.
La factura ya ha empezado a llegar
La traslación a la economía real ya es visible. En Estados Unidos, la gasolina media se ha situado en 4,12 dólares por galón, por encima de los niveles previos al estallido bélico, y varias coberturas de mercado apuntan a subidas adicionales en combustibles y transporte. En marzo, el Brent llegó a encaminarse hacia su mayor subida mensual desde 1990, mientras el conflicto golpeaba también gas, diésel, aerolíneas y bolsas.
España y Europa no están en la primera línea física del suministro por Ormuz, pero sí en la línea de transmisión de precios. La dependencia europea directa es menor que la asiática, pero el barril de referencia, los costes del refino y las expectativas de inflación se contagian con rapidez. China e India absorbieron conjuntamente el 44% de los flujos de crudo que cruzaron Ormuz en 2025, lo que sitúa a Asia como gran damnificada potencial; aun así, el encarecimiento del Brent se convierte en un impuesto global sobre transporte, industria y consumo. El diagnóstico es inequívoco: aunque la guerra no corte todo el suministro a Europa, sí puede seguir encareciendo la energía europea durante meses.