La plata rompe los 100 dólares por onza por primera vez
La pantalla ha dado hoy un salto que pasa directamente a los libros de historia: la plata ha superado oficialmente los 100 dólares por onza, marcando un máximo sin precedentes y acumulando una subida de alrededor del 40% en lo que va de 2026. En cuestión de meses, el metal ha pasado de ser el “hermano pequeño” del oro a convertirse en protagonista absoluto de los mercados de materias primas. Con el oro rondando los 5.000 dólares por onza, el índice del dólar corrigiendo y los bonos soberanos ofreciendo rentabilidades reales aún ajustadas, los inversores han encontrado en la plata una mezcla explosiva de refugio, cobertura frente a la inflación y apuesta industrial. “Hoy hemos visto historia en directo”, repetían en los parqués y mesas de trading al cierre de la sesión.
Un hito histórico para los metales preciosos
Que la plata supere los 100 dólares no es un simple número redondo; es un salto estructural respecto a todos los ciclos anteriores. Hasta ahora, los grandes techos se situaban en el entorno de los 50 dólares, tanto en el pico de 1980 como en el rally de 2011. La barrera psicológica se ha duplicado.
Los analistas recuerdan que, a diferencia del oro, la plata combina función monetaria y uso industrial masivo: desde paneles solares y baterías hasta componentes electrónicos y aplicaciones médicas. Esa doble naturaleza amplifica cada tensión: cuando crece el miedo geopolítico, sube como refugio; cuando repunta la demanda tecnológica, sube como materia prima. 2026 ha sumado ambas fuerzas a la vez.
En los últimos doce meses, el volumen negociado en futuros de plata ha aumentado en torno a un 35%, mientras los grandes ETF respaldados por metal físico han incrementado sus reservas en más de 3.000 toneladas. El resultado es un mercado mucho más profundo, pero también más sensible a movimientos bruscos de flujos.
El detonante: miedo geopolítico e inflación pegajosa
El contexto del rally es un coctel geopolítico y macroeconómico poco habitual. Tensiones renovadas entre Estados Unidos y sus aliados por Groenlandia, guerra prolongada en Ucrania con ataques a infraestructuras energéticas y un Oriente Medio que transita de treguas frágiles a arquitecturas de posguerra aún por estrenar han devuelto la palabra “riesgo sistémico” al centro de los informes.
Al mismo tiempo, la inflación global se ha moderado respecto a los picos de 2022-2023, pero se muestra pegajosa: en muchas economías desarrolladas sigue instalada en zonas del 3%–3,5%, por encima de los objetivos del 2%. Los tipos de interés han dejado de subir, pero los bancos centrales insisten en que no hay recortes masivos a la vista.
En este escenario, los inversores perciben que el “dinero fácil” ha terminado, pero que la pérdida de poder adquisitivo continúa. La plata se beneficia doblemente: como cobertura frente a riesgos inflacionistas residuales y como activo que no depende de decisiones discrecionales de bancos centrales o Gobiernos. El mensaje de fondo es incómodo para las autoridades monetarias: una parte relevante del ahorro global busca refugio fuera del circuito financiero tradicional.
La mecánica del rally: ETF, futuros y ‘short squeeze’
Detrás del titular histórico hay una mecánica de mercado muy concreta. Por un lado, los ETF respaldados por plata física han vivido entradas netas constantes desde principios de año, con semanas de suscripciones que superan los 1.000 millones de dólares. Cada nueva onza absorbida por estos vehículos es una onza menos disponible para industria y especuladores.
Por otro, los fondos cuantitativos y traders sistemáticos han acelerado el movimiento al detectar rupturas de niveles técnicos históricos: superar los 80, 90 y 95 dólares activó órdenes de compra automáticas que han amplificado cada tramo de subida. El tercer ingrediente es un clásico: la presión sobre posiciones cortas. Varios hedge funds habían apostado a una corrección tras los 80 dólares; la entrada masiva de compras ha forzado cierres apresurados, alimentando un “short squeeze” que ha actuado como gasolina.
En palabras de un operador de metales en Londres, “la plata ha pasado de ser un mercado relativamente tranquilo a comportarse como una pequeña acción tecnológica: rangos diarios de 5 o 6 dólares y movimientos intradía del 5% al 7% ya no sorprenden a nadie”. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse esa dinámica sin un ajuste brusco.
El impacto en la industria: costes al alza y contratos en revisión
Más allá de los gráficos, el salto de la plata tiene un impacto directo en la economía real. Sectores como la fotovoltaica, la electrónica de consumo, la automoción eléctrica o la fabricación de cables utilizan plata en cantidades significativas. Para muchas compañías, el coste de este insumo se ha incrementado en más de un 60% en apenas año y medio.
Los departamentos de compras revisan contratos a largo plazo, exploran sustitutos parciales —aleaciones distintas, nuevos materiales conductores— y estudian estrategias de cobertura con derivados para evitar que cada proyecto dependa del precio diario del metal. En algunos segmentos intensivos en plata, como determinados tipos de paneles solares de alta eficiencia, el coste de materiales puede haber aumentado ya en torno a un 8%-10%.
Al mismo tiempo, las mineras especializadas en plata y las compañías con producción secundaria —obtenida como subproducto de otros metales— se han convertido en ganadoras evidentes del ciclo: sus márgenes se expanden, sus planes de inversión se aceleran y el mercado las premia con revalorizaciones superiores al 50% en algunas plazas. El problema es que la capacidad de sacar más plata del suelo no crece al mismo ritmo que el entusiasmo inversor.
Plata, oro y bitcoin: la nueva jerarquía del refugio
El rally obliga a reordenar la jerarquía de los activos refugio. El oro sigue siendo el referente simbólico, rondando ya los 4.900–5.000 dólares por onza y marcando también registros históricos. Pero la plata añade algo que el oro no tiene en la misma medida: apalancamiento al ciclo industrial. Eso la convierte en un refugio “con turbo”: sube cuando el miedo aprieta, pero también cuando la economía real demanda más metal.
El bitcoin, por su parte, mantiene el interés como activo alternativo, con precios en el entorno de los 90.000 dólares y una narrativa reforzada por la posible escasez futura si la computación cuántica obliga a “quemar” parte de los BTC vulnerables. Sin embargo, su volatilidad extrema y las dudas regulatorias siguen limitando su papel como refugio institucional pleno.
Ante este tablero, los grandes patrimonios y fondos soberanos empiezan a dibujar una cesta diversificada de refugios: oro para estabilidad a largo plazo, plata como apuesta híbrida y una exposición limitada a criptoactivos para capturar potencial alcista sin comprometer la resiliencia del conjunto. El hito de los 100 dólares no hace sino consolidar a la plata como pieza imprescindible de esa combinación.