Wall Street sufre salidas de 7.000 millones del crédito privado tras First Brands y Tricolor: qué está pasando
El dinero que convirtió al crédito privado en la “estrella” de Wall Street empieza a moverse en dirección contraria. A finales de 2025, los mayores vehículos del sector afrontaron más de 7.000 millones de dólares en solicitudes de reembolso tras dos quiebras que han servido de aviso: First Brands y Tricolor. En un mercado que creció con la promesa de rentabilidad estable y menor volatilidad, el mensaje ahora es otro: la confianza también se retira.
El crédito privado —ese universo de préstamos fuera del circuito bancario tradicional— se ha vendido durante años como la fórmula “de moda” para capturar rendimiento con menos sobresaltos. Pero el final de 2025 dejó una señal incómoda: los inversores retiraron más de 7.000 millones de dólares de algunos de los mayores fondos de Wall Street, según una revisión de documentación regulatoria y fuentes del mercado. El dato no es solo cuantitativo. Es, sobre todo, un cambio de ánimo en una clase de activo que había crecido al calor de tipos altos, cupones flotantes y la narrativa de que “aquí no hay sustos”.
La salida de capital afectó a grandes nombres del sector, entre ellos Apollo, Ares, Blackstone, HPS (parte de BlackRock) y Blue Owl. En el cuarto trimestre, uno de los fondos de Blackstone registró 2.100 millones de dólares en retiradas, mientras que Ares rondó los 600 millones, en un contexto de reembolsos que, de media, se situaron cerca del 5% del valor de cartera en varios vehículos. La cifra, aun siendo manejable, rompe con la sensación de “barra libre de liquidez” que muchos inversores daban por sentada en productos no cotizados.
El detonante: dos quiebras que cambiaron el tono
El giro se aceleró tras dos episodios que golpearon la confianza: First Brands Group y Tricolor Auto Group. No se trata únicamente del impacto directo en carteras, sino del efecto contagio psicológico: cuando un mercado presume de control del riesgo y de procesos de originación superiores a los del crédito sindicado, cada quiebra visible se convierte en un test público.
En ese clima, resonó una frase que en Wall Street funciona como sirena: el CEO de JPMorgan, Jamie Dimon, advirtió que “cuando ves una cucaracha, probablemente haya más”. La metáfora no habla de pánico inmediato; habla de opacidad y de la posibilidad de que el estrés aparezca por capas, especialmente si el ciclo económico se enfría o si el mercado descubre que algunas operaciones se cerraron con estándares más laxos de lo que se reconocía.
Por qué salen ahora: liquidez, tipos y narrativa
El crédito privado creció con un argumento simple: cupón atractivo y volatilidad aparente menor gracias a valoraciones menos “marcadas a mercado”. Pero ese equilibrio se tensiona por tres vías. Primera: las expectativas de tipos. Si el mercado descuenta recortes, el atractivo relativo de los cupones flotantes puede diluirse frente a alternativas líquidas (bonos, high yield o incluso equity) que ofrecen más flexibilidad para entrar y salir.
Segunda: la percepción de liquidez. Muchos vehículos permiten reembolsos periódicos, pero no son depósitos. En episodios de estrés, las “ventanas” de salida se convierten en un embudo. Que lleguen más solicitudes no implica que el sistema se rompa, pero sí obliga a los gestores a demostrar disciplina: vender activos, rotar préstamos, usar caja y, en algunos casos, aplicar límites de reembolso para proteger al conjunto.
Tercera: la narrativa de riesgo. Las quiebras recientes han reactivado el debate sobre si parte del crecimiento del crédito privado fue, en realidad, una respuesta a la regulación bancaria: lo que no cabe en el balance de los bancos, migra a vehículos menos regulados. Eso no es necesariamente negativo, pero exige mayor transparencia cuando el volumen ya se mide en billones.
Qué vigilar en 2026: el termómetro real del sector
Para entender si esto es un bache o el inicio de una corrección más seria, conviene vigilar tres indicadores muy concretos. Uno: el ritmo de reembolsos trimestrales y si se estabiliza o continúa acelerando. Dos: la calidad crediticia —impagos, reestructuraciones, covenants— y si las quiebras se mantienen como episodios puntuales o se vuelven patrón. Tres: la capacidad de originación nueva con spreads razonables, porque si el dinero entra más lento y las oportunidades se exige más rentabilidad, el “motor” del negocio cambia.
Además, hay un ángulo que el mercado no debería subestimar: el crédito privado no solo compite por rentabilidad, compite por confianza. Y la confianza se mide en días malos, no en meses buenos. Si la industria logra absorber reembolsos, mantener distribuciones y demostrar que los casos First Brands y Tricolor fueron excepciones, el episodio quedará como una sacudida saludable. Si, en cambio, aparecen más “cucarachas” y se tensiona la liquidez, el relato del “activo sin volatilidad” puede convertirse en un problema de marketing… y de precios.
En resumen: 7.000 millones no derriban el mercado por sí solos, pero sí cambian el foco. El crédito privado entra en 2026 con una exigencia nueva: demostrar que su promesa —estabilidad, control del riesgo y retornos atractivos— aguanta cuando los inversores empiezan a pedir la puerta de salida.
