ANTONIO ALONSO: "Irán e Israel no han estado tan cerca de destruirse como ahora mismo"
La crisis de Oriente Medio ya no se juega solo entre Israel, Irán y sus aliados regionales. El verdadero movimiento de fondo, según el análisis de Antonio Alonso Marcos y Adrian Zelaia en Negocios TV, estaría en la creciente distancia entre Washington y Tel Aviv. El supuesto pacto de paz impulsado por Donald Trump no sería únicamente una maniobra diplomática, sino el síntoma de una pérdida de control estadounidense sobre una región decisiva. En el centro de la ecuación aparece el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, y una pregunta que inquieta a gobiernos, mercados y bancos centrales: quién manda realmente cuando Israel y Estados Unidos dejan de actuar como un solo bloque.
Durante décadas, la alianza entre Estados Unidos e Israel ha sido uno de los pilares de la arquitectura occidental en Oriente Medio. Sin embargo, Alonso Marcos advierte de que esa coordinación ya no parece automática. La fractura no sería táctica, sino estructural: Washington busca contener la escalada; Tel Aviv podría tener incentivos propios para prolongarla.
Este hecho revela un cambio de época. Si Israel decide desafiar los acuerdos promovidos por la Casa Blanca, el margen de maniobra estadounidense se estrecha de forma dramática. No se trata solo de una disputa diplomática, sino de una cuestión de autoridad. Una potencia que no consigue ordenar a su principal aliado regional transmite debilidad, y esa señal es leída con rapidez por Irán, Rusia, China y los países del Golfo.
Netanyahu como actor autónomo
Benjamin Netanyahu aparece en este tablero como una figura decisiva. Lejos de comportarse como un ejecutor de la estrategia estadounidense, el primer ministro israelí actúa con una lógica propia, condicionada por su supervivencia política, la presión interna y la necesidad de proyectar fuerza.
La consecuencia es clara: cada retraso, cada ambigüedad y cada resistencia al pacto de Washington aumenta la volatilidad regional. Netanyahu no solo negocia con enemigos exteriores; también lo hace con su propia coalición, con la opinión pública israelí y con los sectores más duros de su sistema de seguridad. En ese contexto, aceptar un acuerdo diseñado por Trump puede interpretarse como una cesión. Rechazarlo, sin embargo, puede empujar a la región hacia una escalada difícil de contener.
Ormuz, la llave energética
Adrian Zelaia desplaza el foco hacia el punto más sensible: el estrecho de Ormuz. No es un detalle geográfico. Es una arteria económica global. Por esa vía circulan millones de barriles diarios y una parte relevante del gas natural licuado que abastece a Asia y Europa.
Reconocer a Irán determinados derechos o capacidad de influencia sobre Ormuz supondría alterar el mapa energético de Asia Occidental. Para Washington, sería una concesión de enorme alcance. Para Teherán, una victoria estratégica. Para Rusia y China, una oportunidad de consolidar un bloque alternativo al poder occidental. El contraste resulta demoledor: lo que se presenta como un acuerdo de paz puede ser leído como una redistribución silenciosa del poder energético.
Una derrota estratégica
Zelaia habla de una “derrota estratégica gravísima” para Estados Unidos. La expresión es dura, pero encaja con la lógica del momento. Si Washington acepta negociar bajo presión, mientras Israel duda y Teherán gana reconocimiento, el resultado no es una paz clásica, sino una reordenación de fuerzas.
La comparación histórica remite a 1973, cuando el shock petrolero demostró que Oriente Medio podía condicionar la inflación, el crecimiento y la estabilidad política de Occidente. Medio siglo después, la dependencia ha cambiado, pero no ha desaparecido. Una crisis en Ormuz puede elevar el crudo, tensar el dólar, golpear al Dow Jones y obligar a la Reserva Federal a mantener una política monetaria más dura.
Rusia y China avanzan
El vacío que deja Occidente rara vez queda vacío. Rusia e Irán comparten intereses militares y energéticos; China necesita estabilidad para asegurar suministros y rutas comerciales. En ese triángulo, cada error estadounidense se convierte en margen para el bloque emergente.
La pérdida de influencia occidental no se produce de golpe, sino por acumulación: un pacto ambiguo, una alianza israelí menos disciplinada, un Irán más reconocido y un mercado energético que empieza a mirar hacia otros centros de poder. Lo más grave es que este cambio no requiere una victoria militar convencional. Basta con que Washington deje de imponer las condiciones del tablero.
La geopolítica no se queda en los despachos. Se traslada al precio del petróleo, a las primas de riesgo, a los bonos y a las bolsas. Si el pacto de Trump reduce la tensión, los mercados pueden respirar. Si se interpreta como una señal de debilidad, el efecto puede ser el contrario: más incertidumbre, más cobertura energética y más presión sobre la inflación.
El diagnóstico es inequívoco. Oriente Medio vuelve a ser el termómetro del poder global. Y esta vez la pregunta no es solo si habrá paz o guerra, sino si Estados Unidos conserva capacidad real para ordenar la región que durante más de siete décadas consideró parte esencial de su esfera estratégica.