Wah convierte el evento corporativo en un show de cinco horas
Esta semana en Skiller Talks contamos todo sobre Wah Show. Un espacio de 5.000 metros cuadrados levantado para que las empresas dejen de aburrirse. Una experiencia de más de cinco horas, con cena, teatro y fin de fiesta. Un teatro para más de 1.000 personas y una pantalla de 250 m² “indoor” que lo devora todo. Y un dato que sirve de credencial: más de medio millón de asistentes ya han pasado por la maquinaria de Wah. El mensaje es sencillo: si el evento corporativo se parecía a una junta de vecinos, alguien ha decidido dinamitar la sala.
La empresa que quiere enterrar el “lanyard y croqueta”
El retrato del evento corporativo en España sigue siendo, demasiadas veces, un cliché: hotel, moqueta, acreditación al cuello, presentación interminable y un catering de compromiso. Wah entra en ese mercado como una enmienda a la totalidad: convertir el encuentro interno —kickoff, convención anual, presentación de producto— en una pieza de entretenimiento diseñada con lógica de espectáculo. El origen no es casual. Sus fundadores venían de “amenizar” actos empresariales con Music Has No Limits, hasta detectar el verdadero cuello de botella: el lugar. Sin capacidad audiovisual, sin sonido y sin condiciones técnicas, cualquier promesa creativa se queda en un powerpoint con luces. Por eso el relato corporativo de Wah se apoya en una idea casi industrial: controlar el entorno de principio a fin para que la experiencia no dependa del “rider” del hotel. Y venderlo, además, como una ventaja competitiva para la marca: más recuerdo, más conversación interna y externa, más emoción en un formato que muchas empresas llevan años diciendo que quieren —y pocas se atreven a contratar.
Un “venue” propio para vencer al hotel y su moqueta
La apuesta es tan sencilla como cara: montar tu propio escenario. Wah lo hace en IFEMA con un espacio de 5.000 m² que funciona como parque temático musical y gastronómico. La infraestructura importa porque elimina el principal freno del evento clásico: la imposibilidad técnica de elevar la producción. Aquí hay un teatro con aforo de más de 1.000 personas, una pantalla LED de 250 m² y un sistema de sonido “ad hoc” firmado por una firma alemana especializada, ajustado periódicamente para sostener un directo con muchos artistas simultáneos. Esa inversión no es estética; es un mensaje al departamento de Compras y al de Recursos Humanos: el coste deja de ser “decoración” y pasa a ser herramienta. Cuando la PPT se proyecta en una pantalla gigantesca, la ponencia ya no pelea contra el móvil. Y cuando la compañía se instala en un espacio que ya es un espectáculo, la marca se sube a una ola preexistente. El evento no arranca de cero: entra en una narrativa ya diseñada para mantener la atención.
Tres actos y cinco horas: el modelo de inmersión total
La experiencia está estructurada como una obra en tres actos. Primero, un food hall internacional donde la cena —o el almuerzo en sesiones diurnas— convive con música, magia y números de contorsionismo. Después, el teatro, donde el show musical concentra el golpe de efecto visual y sonoro. Y, por último, “la Catedral”: un cierre en otra zona del recinto con DJ, música en directo y coctelería, pensado para convertir el evento en celebración. El modelo no es menor: cinco horas continuas obligan a que todo esté coreografiado, desde los flujos de personas hasta los momentos de transición, para evitar el “valle” de atención que mata cualquier convención. “Hacía mucho tiempo que no me olvidaba, durante casi cinco horas, de que tenía móvil”, presumía un asistente en un evento de empresa, según la organización. Esa frase, que suena hiperbólica, condensa la ambición: competir con la distracción contemporánea sin pedir disciplina, sino ofreciendo estímulo. Es, en el fondo, una batalla por el foco.
Del “llave en mano” al evento a medida: cuando la marca se sube al show
El encaje con las empresas no pasa solo por alquilar el espacio. Wah vende un servicio “llave en mano” que incluye equipos técnicos y acompañamiento creativo para adaptar la narrativa de cada marca sin romper la coherencia del show. Esa es la diferencia entre “poner un logo” y construir un recorrido. Ejemplos hay: activaciones de Cheetos con un columpio gigante en forma de snack; demostraciones de producto como un móvil sumergible grabando durante horas; presentaciones de automoción como la de un modelo urbano; o “upfronts” televisivos con programación recreada dentro del recinto. La clave, según reconocen, está en una tensión real: todas las marcas quieren “rizar el rizo”, pero no todas saben qué funciona. Aquí aparece el dato como argumento de autoridad: cerca de 250 eventos privados y unos 2.000 grupos de empresa les permiten medir comportamientos, detectar cuándo el público se dispersa, y rediseñar ritmos. Cuanto más se dejan guiar, dicen, mejor es el feedback. En un sector lleno de ocurrencias, la metodología acaba siendo el verdadero lujo.
Escalabilidad: de 300 personas al lleno de 1.000 sin cerrar el espacio
Uno de los puntos más interesantes del modelo es que no depende exclusivamente del “gran cliente” que alquila los 5.000 m². Wah ha normalizado eventos privados de 300 asistentes y, a la vez, grupos integrados en sesiones abiertas con zonas reservadas, atención personalizada y menús cerrados. Incluso ofrecen un “uso de stage” previo a la entrada del público general, para que la empresa tenga su momento de discurso —resultados, objetivos, incentivos— sin asumir el coste de un privado completo. Esta elasticidad resuelve un problema estructural del mercado: la mayoría de compañías quiere impacto, pero no tiene escala o presupuesto para “cerrar un recinto”. Al permitir un rango amplio, el producto se democratiza sin perder exclusividad percibida. Y, además, amplía el embudo comercial: quien va con la pareja puede volver con su empresa; quien va con la empresa puede regresar con la familia. La repetición, aseguran, llega en muchos casos a casi tres visitas al año. En un negocio de experiencias, eso es oro: reduce el coste de captación y convierte al propio público en vendedor.
El nuevo mapa tras la pandemia: más eventos, más cansancio y más exigencia
El diagnóstico que deja la conversación es doble. Por un lado, tras la pandemia hubo un boom de ocio y asistencia; después, una estabilización e incluso una caída parcial por fatiga, precios y hábitos de teletrabajo. Por otro, paradójicamente, las empresas están haciendo más eventos: pequeñas reuniones de dirección, convenciones anuales, kickoffs de inicio de año, celebraciones antes del verano, “vuelta al cole” de septiembre. La consecuencia es evidente: si hay más eventos, el listón sube y el aburrimiento se penaliza más. En ese entorno, Wah intenta no caer en la trampa del truco tecnológico de temporada. Dicen mirar tendencias globales —West End, Las Vegas, China— pero sostener el diferencial en lo que no caduca: música en directo, ritmo, gastronomía y una narrativa que se afina sin necesidad de fuegos artificiales permanentes. Esa filosofía apunta a un cambio de fondo: el evento corporativo deja de ser un trámite y pasa a ser una inversión en cultura interna, employer branding y cohesión. Lo más grave para el modelo antiguo es que ya no hay excusa: cuando existe una alternativa, la mediocridad queda expuesta.