Musk fusiona SpaceX y xAI para dominar la IA orbital
Elon Musk ha consumado el movimiento que llevaba meses insinuando: la absorción de xAI por parte de SpaceX para construir centros de datos de inteligencia artificial en órbita. La nueva entidad alcanza una valoración conjunta cercana a los 1,25 billones de dólares, situándose al nivel de las mayores tecnológicas del planeta y firmando la mayor operación corporativa de la historia reciente.
El objetivo declarado es tan simple como radical: mover al espacio buena parte de la futura potencia de cálculo de la IA, aprovechando energía solar casi constante y refrigeración natural en el vacío. Musk sostiene que, en un horizonte de dos a tres años, el coste más bajo para generar computación de IA no estará en la Tierra, sino en órbita.
Una operación de 1,25 billones que redibuja el mapa tech
La compra de xAI por parte de SpaceX se estructura como una integración total de activos, personal y propiedad intelectual de la compañía de IA —incluido el modelo Grok y la tecnología absorbida previamente desde la red social X— bajo el paraguas del grupo espacial. Según distintas filtraciones, el mercado valora ahora SpaceX en torno al billón de dólares, mientras que xAI se sitúa cerca de los 250.000 millones, un múltiplo que deja pequeña la histórica fusión Vodafone–Mannesmann a comienzos de siglo.
El movimiento consolida la llamada “Muskonomía”: un entramado de compañías donde confluyen cohetes, vehículos eléctricos, redes sociales y ahora centros de datos orbitales. Elon Musk replica así la lógica que ya aplicó cuando Tesla absorbió SolarCity: integración vertical extrema para controlar desde la generación de energía hasta el producto final.
Lo más relevante, sin embargo, no es solo el tamaño contable de la operación, sino el mensaje estratégico: Musk coloca el espacio —y en particular la constelación de satélites de Starlink— en el centro de la próxima batalla por la infraestructura de IA a escala global. De fondo, una posible salida a Bolsa de SpaceX, prevista por algunos bancos para 2026, podría llegar con una narrativa difícil de igualar por cualquier competidor.
La aritmética de Musk: gigavatios de IA desde la órbita
La pieza central del relato de Musk es una fórmula aparentemente sencilla. Si se lanzan un millón de toneladas de satélites al año, y cada tonelada incorpora 100 kW de capacidad de cómputo, el resultado teórico son 100 gigavatios adicionales de potencia de IA cada año. «A partir de ahí, existe un camino hacia 1 TW anual lanzado desde la Tierra», ha defendido el empresario en su comunicado interno.
Traducido a lenguaje económico, Musk promete añadir cada año el equivalente a varios grandes países en consumo eléctrico, pero dedicado exclusivamente a IA y sin cargar sobre redes terrestres ya tensionadas. La clave, según el propio plan, está en que estos satélites operarían con energía solar casi constante y disiparían el calor por radiación en el vacío, sin necesidad de ingentes sistemas de refrigeración activa.
El diagnóstico es inequívoco: el modelo actual de centros de datos no escala al ritmo que exige la carrera de modelos generativos. Si la demanda de cómputo crece exponencialmente y los costes energéticos y de suelo se disparan en Estados Unidos y Europa, la órbita baja se convierte en un gigantesco “polígono industrial” virtual donde el limitante ya no es la factura de la luz, sino la capacidad de lanzamiento y la congestión del tráfico espacial.
Centros de datos terrestres al límite
La apuesta de Musk se apoya en un hecho incómodo para el sector: los grandes centros de datos de IA consumen ya una cantidad de recursos difícilmente asumible. Según estimaciones recientes, un macrocentro de IA típico tiene una huella eléctrica equivalente a la de 100.000 hogares y requiere miles de millones de litros de agua al año para refrigeración. Solo en Estados Unidos, el consumo hídrico anual asociado a data centers podría multiplicarse por cuatro antes de 2030 si se mantiene el ritmo actual de despliegue de servidores de IA.
Este hecho revela la cara menos visible del boom de la inteligencia artificial: la “nube” es, en realidad, una vasta infraestructura física que compite por suelo, electricidad y agua con industrias, ciudades y agricultura. Gobiernos de varios estados norteamericanos han empezado a limitar nuevos proyectos por saturación de redes, mientras que en Europa se acumulan las advertencias sobre el impacto climático de los centros de datos.
En este contexto, una constelación de centros de datos orbitando la Tierra promete liberar presión sobre los sistemas eléctricos nacionales y reducir emisiones asociadas a la generación fósil. Sin embargo, la consecuencia es clara: el problema se desplaza al espacio, donde surgen otros riesgos —desde la basura espacial hasta la dependencia tecnológica de un único conglomerado— que los reguladores aún no han comenzado a cuantificar seriamente.
El modelo de negocio: Starship como fábrica de ‘compute’
La adquisición de xAI solo encaja plenamente si se observa junto al programa Starship. SpaceX lleva años desarrollando un cohete reutilizable de altísima capacidad —más de 200 toneladas a órbita por lanzamiento en sus versiones más recientes— con el que aspira a reducir drásticamente el coste por kilo puesto en el espacio.
Si Musk cumple su promesa de realizar lanzamientos casi horarios con vehículos capaces de transportar 200 toneladas por vuelo, el volumen anual de carga podría acercarse a los millones de toneladas, suficiente para desplegar la mega-constelación de satélites de cómputo que describe en sus memorandos. En la práctica, Starship dejaría de ser “solo” un sistema de transporte para convertirse en la máquina que fabrica la infraestructura física de la IA global.
Aquí entra xAI: proporcionar la capa de software, modelos y servicios que moneticen esa capacidad bruta de cómputo. Donde hoy xAI compite con modelos de OpenAI o Google, mañana podría ofrecer a grandes bancos, farmacéuticas o gobiernos “instancias orbitales” de entrenamiento y ejecución de modelos con una huella energética muy inferior a la de sus equivalentes en tierra.
El contraste con otros proveedores resulta demoledor: mientras Amazon, Microsoft o Meta multiplican sus inversiones en parques de servidores a pie de suelo, Musk propone literalmente sacarlos de la atmósfera.
Riesgos regulatorios y geopolíticos de la ‘Muskonomía’
Lo más grave para los supervisores no es solo la escala física del proyecto, sino la concentración de poder que implica. La nueva entidad integra bajo un mismo perímetro centros de lanzamiento, constelaciones de satélites, redes de comunicaciones, modelos de IA y una plataforma social con alcance global como X.
La interdependencia entre negocios abre interrogantes sobre conflictos de interés y dependencia de contratos públicos. SpaceX es un proveedor clave del Pentágono y de agencias espaciales; al mismo tiempo, xAI desarrollará modelos que podrían utilizarse en aplicaciones de defensa o inteligencia. La frontera entre servicio comercial y herramienta estratégica se difumina.
En paralelo, la dimensión geopolítica es evidente. Un operador privado con capacidad para desplegar una constelación de hasta un millón de satélites de cómputo podría alterar el equilibrio en órbita baja, espacio donde ya existen tensiones por la saturación de trayectorias y el riesgo de colisiones en cadena. Cualquier incidente grave no solo afectaría a la capacidad de IA, sino también a servicios críticos de navegación, observación terrestre o comunicaciones civiles.
Los reguladores tendrán que decidir si tratan este proyecto como una infraestructura esencial sujeta a reglas equivalentes a las de la energía o las telecomunicaciones… o si permiten que la “nube espacial” nazca en un vacío normativo similar al que tuvo internet en sus primeras décadas.
La carrera global por la nube espacial
Elon Musk no es el único que mira hacia arriba. Fondos ligados a Jeff Bezos y al ex CEO de Google Eric Schmidt han financiado en los últimos años startups de centros de datos espaciales, convencidos de que el cómputo orbital será una pieza clave de la próxima década. Francia, Reino Unido y Japón también han anunciado programas piloto para probar cargas de trabajo de IA en órbita, aunque con presupuestos muy inferiores a los que puede movilizar SpaceX.
La diferencia ahora es de escala. Musk combina una empresa de lanzadores con beneficio sólido, un negocio de conectividad vía satélite en plena expansión y una firma de IA que aspira a competir con los grandes modelos globales. La consecuencia es clara: puede financiar buena parte de la inversión con sus propios flujos de caja, sin depender de ayudas públicas directas, y aprovechar sinergias internas para bajar costes marginales.
Para el resto de actores, públicos y privados, el riesgo es quedarse atrapados en una carrera donde el líder marca los estándares técnicos de facto. Si SpaceX define cómo se diseñan, operan y aseguran los centros de datos en órbita, será muy difícil para otros países imponer reglas posteriores que no dañen la competitividad de sus propios campeones nacionales.
