Vivienda

El nuevo Código Técnico encarece la vivienda hasta 18.000 euros en España

La reforma “verde” del CTE se aprueba sin debate parlamentario y amenaza con alejar aún más a los jóvenes de la compra de su primera casa

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España afronta una paradoja incómoda: en plena crisis de acceso a la vivienda, el propio Estado introduce una norma que puede encarecer cada piso hasta en 18.000 euros. El nuevo Código Técnico de la Edificación (CTE), aprobado por la vía reglamentaria y sin pasar por el Congreso, incorpora un paquete de exigencias “verdes” que impactan de lleno en el coste de construcción: plazas obligatorias para bicicletas, previsiones para fotovoltaica y otros requisitos de diseño. El objetivo oficial es inapelable —mejorar la sostenibilidad del parque inmobiliario—, pero el efecto colateral es igual de claro: más coste por metro cuadrado en un país donde los salarios llevan años corriendo detrás de los precios. Promotores y constructoras calculan que la factura extra se moverá entre un 5% y un 8% del precio final de muchas viviendas nuevas, con especial castigo a los proyectos más asequibles.
 

Una reforma “verde” con factura oculta

El corazón de la polémica está en el paquete de exigencias obligatorias que incorpora el CTE. Cada nueva vivienda deberá disponer, como mínimo, de dos plazas para bicicletas, reservas de espacios y canalizaciones para futuras instalaciones fotovoltaicas y una serie de adaptaciones de eficiencia y accesibilidad que, aun siendo técnicamente razonables, elevan la complejidad del proyecto.

Los técnicos del sector resumen el impacto en tres palabras: obra más lenta, más compleja y más cara. No se trata solo de colocar un par de anclajes para bicis en un trastero: hay que habilitar zonas comunes específicas, dimensionar accesos, prever cargas estructurales y reorganizar garajes y cuartos de instalaciones. En el caso de la fotovoltaica, la obligación de dejar preparada la infraestructura (patinillos, cableado, pasos de cubierta, espacios de inversores) añade capas de diseño y certificación.

Sobre el papel, todas estas exigencias pueden resultar deseables. El problema llega cuando se incorporan de golpe y sin mecanismos de compensación económica. Con el coste de materiales disparado —acero, aluminio, vidrio, cemento— y unos tipos hipotecarios aún elevados, cada nueva exigencia se traduce en un incremento directo del precio de venta.

El sobreprecio: hasta 18.000 euros por piso

Los cálculos que circulan entre promotores y colegios profesionales hablan de un sobrecoste medio de entre 12.000 y 18.000 euros por vivienda, dependiendo del tamaño del edificio, la orografía del solar y el grado de integración previa de medidas de eficiencia. En proyectos de vivienda asequible o protegida, ese montante puede suponer entre 300 y 500 euros adicionales por metro cuadrado útil.

La ecuación es sencilla: más metros de zonas comunes específicas, más superficie de cubierta “reservada”, más instalaciones preparadas y más horas de arquitectura y dirección de obra. A eso se suma la financiación: cada euro extra invertido en la fase de construcción se convierte, con intereses, en más coste para el comprador final.

El diagnóstico que se escucha en las patronales es inequívoco: «Es imposible asumir esta subida en los márgenes actuales; el coste acabará en el precio». En un mercado donde el esfuerzo medio para comprar una vivienda ya supera el 35% de los ingresos de muchos hogares jóvenes, elevar el listón en 15.000 o 18.000 euros no es un matiz: es la diferencia entre acceder a una hipoteca o quedarse definitivamente fuera.

Los jóvenes, otra vez en la diana

La reforma llega en el peor momento posible para los menores de 35 años. Con salarios que crecen mucho más despacio que los precios inmobiliarios y alquileres que absorben hasta el 50% del sueldo en grandes ciudades, el salto a la propiedad ya era una carrera cuesta arriba. El nuevo CTE inclina aún más la pendiente.

Un sobrecoste de 18.000 euros, financiado a 30 años, se traduce fácilmente en 80–100 euros más al mes de cuota hipotecaria, cifra nada menor para un hogar que ya está al límite de su capacidad de endeudamiento. En la práctica, la norma actúa como una barrera silenciosa: no prohíbe a nadie comprar, pero reduce el universo de quienes pueden hacerlo.

Lo paradójico es que muchas de las medidas introducidas —espacios para bicicletas, preinstalación fotovoltaica— tienen como público natural precisamente a esos jóvenes más concienciados con la movilidad sostenible y la energía limpia. El diseño regulatorio corre el riesgo de conseguir el efecto contrario: que los más verdes en lo ideológico sean los más excluidos en lo económico.

Un Código Técnico sin debate político

Más allá del contenido, el procedimiento elegido para aprobar la reforma añade combustible a la polémica. El Código Técnico de la Edificación se ha modificado mediante disposición reglamentaria, sin pasar por el Congreso ni someterse a un debate parlamentario. Formalmente es legal —se trata de una norma técnica—, pero el impacto económico y social de los cambios desborda con mucho el ámbito puramente profesional.

No ha habido memorias de impacto público ampliamente discutidas, ni un contraste político serio sobre quién debe pagar la factura de la transición ecológica en la vivienda. Mientras leyes de menor alcance económico se debaten durante meses, esta reforma ha entrado por la puerta de atrás, amparándose en su apariencia de actualización técnica.

El resultado es un sentimiento de imposición tecnocrática: expertos y altos cargos deciden el estándar de vivienda “correcta” sin preguntarse si el país puede pagarla, ni cómo afectará a colectivos vulnerables. En un contexto de desafección política, este tipo de decisiones alimenta la percepción de que la regulación se hace de espaldas a la realidad material de las familias.

El contraste con Europa: objetivos comunes, tiempos distintos

Nadie discute que la descarbonización del parque inmobiliario es una exigencia europea. Países como Alemania, Francia u Holanda han empezado a exigir estándares más altos de eficiencia, almacenamiento de bicicletas o preparación para renovables. Pero lo han hecho, en muchos casos, combinando tres elementos que en España brillan por su ausencia: gradualidad, ayudas y flexibilidad.

En otras capitales se han desplegado subvenciones directas, desgravaciones fiscales y líneas de financiación bonificada para que promotores y compradores absorban el coste de la transición. Se han introducido calendarios escalonados —por ejemplo, primero en obra nueva de lujo, años después en vivienda estándar— y se han contemplado excepciones cuando el sobrecoste hacía inviable el proyecto.

En España, en cambio, la lógica parece ser otra: obligación inmediata y homogénea, sin distinción entre un bloque de lujo en el centro de Madrid y una promoción de precio contenido en la periferia de una capital de provincia. El diagnóstico es inequívoco: los objetivos climáticos son similares, pero la forma de alcanzarlos podría agravar las desigualdades territoriales y sociales.

¿Transición ecológica o impuesto encubierto?

La cuestión de fondo no es si conviene o no promover la bicicleta, la energía solar o edificios más eficientes. Es quién paga y cuándo. Al cargar casi todo el peso de la reforma sobre la vivienda nueva, el CTE convierte cada piso en una especie de “impuesto verde” capitalizado. El mensaje implícito es que el comprador será quien financie buena parte de la política climática en el sector residencial.

Esto abre varios dilemas. El primero, de equidad: los inquilinos y los propietarios de vivienda usada quedan al margen, mientras que quien se atreve a comprar obra nueva soporta la mayor carga. El segundo, de eficacia: encarecer la construcción puede frenar la oferta en zonas ya tensionadas, alimentando más presión sobre los alquileres y sobre la vivienda de segunda mano menos eficiente energéticamente.

El tercero es político: si la transición ecológica se percibe como una sucesión de sobrecostes y obligaciones poco explicadas, la contestación social está asegurada. La vivienda es un terreno especialmente sensible; convertirla en campo de batalla regulatorio puede debilitar el apoyo ciudadano a otras políticas climáticas más ambiciosas y quizá más efectivas.

Qué alternativas habría sobre la mesa

Plantear críticas no implica negar el objetivo. Existen al menos tres vías para compatibilizar sostenibilidad y acceso sin renunciar a estándares más exigentes.

La primera pasa por un calendario escalonado: aplicar de forma inmediata las exigencias más baratas y de impacto claro (por ejemplo, reserva de espacio para bicis) y retrasar o modular las más costosas (preinstalaciones complejas, requisitos estructurales) hasta que existan ayudas suficientes o bajen los costes tecnológicos.

La segunda vía son las compensaciones fiscales y financieras: reducción del IVA para viviendas que incorporen el nuevo estándar, deducciones en IRPF para compradores menores de 35 años, líneas ICO específicas que absorban uno o dos puntos de tipo de interés vinculados a la mejora ambiental del inmueble.

La tercera pasa por flexibilizar el cumplimiento según tipología y contexto: no tiene sentido exigir lo mismo a un bloque de 200 viviendas en un eje de transporte público que a un edificio pequeño en un municipio rural con renta baja. Introducir bandas de exigencia ligadas a renta media, mercado local y tipología podría evitar que la norma expulse proyectos donde cada euro cuenta.

Una España más verde… pero con menos propietarios jóvenes

El nuevo CTE nace con la ambición de empujar el parque inmobiliario hacia estándares más altos de sostenibilidad. Nadie discute la necesidad de avanzar en esa dirección. Pero el modo elegido revela un patrón conocido: objetivos legítimos perseguidos con instrumentos poco calibrados, que acaban golpeando a quienes tienen menos margen de maniobra.

Si las previsiones de sobrecoste se confirman, España puede encontrarse en pocos años con un parque de vivienda nueva algo más eficiente, con más espacios para bicicletas y tejados listos para paneles solares… pero también con una generación entera de jóvenes aún más alejada de la propiedad. Menos ahorro, más alquiler forzoso, más dificultad para formar hogares estables.

En la práctica, la reforma del CTE corre el riesgo de convertir la vivienda sostenible en un producto de gama alta, reservado a quienes pueden absorber 15.000 o 18.000 euros extra sin desbordar su presupuesto. El desafío para el regulador es evidente: corregir, a tiempo, una norma que hoy se parece más a un peaje social que a una palanca inteligente de transición ecológica.

Porque una España más verde que solo unos pocos pueden permitirse no es, en realidad, la España que muchos dicen querer construir.

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