“Salgo a las 7:30, llego a casa a las 18:15 y no tengo vida”.

Llora al enterarse de que trabajar de 9 a 5 “es no tener vida”

Sale de casa a las 7:30, vuelve a las 18:15 y explota: “¿Así cómo tienes amigos… o ligas?”
Sale de casa a las 7:30, vuelve a las 18:15 y explota: “¿Así cómo tienes amigos… o ligas?”
Sale de casa a las 7:30, vuelve a las 18:15 y explota: “¿Así cómo tienes amigos… o ligas?”

El vídeo de una recién graduada llorando en su coche por tener que trabajar de 9 a 5 y hacer un largo trayecto hasta la oficina se ha convertido en algo más que una anécdota de TikTok: es el espejo donde se miran miles de jóvenes que estrenan su primer empleo.
Ella misma insiste en que “seguro que está siendo dramática”, pero cada frase condensa una sensación extendida: jornadas largas, sueldos cortos, alquileres imposibles y cero tiempo para uno mismo.
El contraste es evidente: mientras los adultos recuerdan que la oficina de 40 horas es “lo normal”, la generación que ha crecido entre móviles, flexibilidad y teletrabajo ve el modelo clásico como un sistema que se lo come todo: tiempo, energía y vida social.
En este artículo desgranamos, frase a frase, ese desahogo viral y lo que revela sobre el nuevo choque entre expectativas vitales y realidad del mercado laboral.

@brielleybelly123

im also getting sick leave me alone im emotional ok i feel 12 and im scared of not having time to live

♬ original sound - BRIELLE♉️💙

“Sé que estoy siendo dramática… es mi primer curro de 9 a 5”

La joven arranca casi disculpándose: «Sé que seguramente estoy siendo súper dramática y pesada, pero es mi primer trabajo, mi primer curro de nueve a cinco después de la uni». La frase concentra dos claves. Por un lado, la culpa: la idea de que quejarse es inmaduro, de que el problema es ella, no el sistema. Por otro, el choque con el primer empleo “serio”: pasar de horarios flexibles y exámenes puntuales a una rutina diaria de 40 horas semanales.

También subraya que es un trabajo presencial, no híbrido ni remoto. Para una generación que durante la pandemia vio que muchas tareas podían hacerse desde casa, volver al modelo clásico se vive casi como un paso atrás. No es solo cuestión de comodidad: significa sumar al horario de oficina el tiempo de preparación, desplazamiento y vuelta.

En España, cerca del 70% de los jóvenes menores de 30 años entra en el mercado laboral con contratos a jornada completa, pero muchos lo hacen tras años de estudios, másteres y prácticas mal pagadas. La expectativa de “por fin tendré vida adulta” choca con la constatación de que buena parte de esa vida se va a ir en el curro… y en el camino de ida y vuelta.

“Tardo un montón en llegar y no puedo permitirme vivir cerca”

Después llega el golpe logístico y económico: «Estoy yendo a la oficina, y el trayecto en la ciudad me lleva la vida. No voy a poder permitirme vivir en la ciudad ahora mismo, eso está fuera de juego, obviamente». En versión española: no hay pasta para un piso cerca del trabajo.

Lo que en teoría era un horario de 9 a 5 se convierte en la práctica en algo mucho más largo: «Cojo el tren a las 7:30 y no llego a casa hasta las 18:15 como pronto». Es decir, casi 11 horas fuera de casa para una jornada de ocho horas. El resto se lo comen el transporte y los tiempos muertos.

Este patrón es familiar para cualquiera que viva a las afueras de una gran ciudad: alquileres en el centro por encima de los 1.000–1.200 euros para un estudio, sueldos de entrada que rara vez superan los 1.400–1.600 euros netos, abonos de transporte que añaden otros 50–70 euros al mes. Resultado: se vive lejos para ahorrar, pero se paga en tiempo y desgaste.

La propia chica lo resume con un condicional imposible: «Si pudiera ir andando al trabajo, todo bien, pero no». No es solo una queja personal; es la descripción de un modelo urbano y laboral en el que el coste de la vivienda y el diseño de las ciudades convierten el horario nominal en una jornada extendida.

“Llego a casa, ceno, me ducho y me voy a dormir”

La siguiente secuencia es la del día que se repite: «No tengo tiempo para hacer nada. Solo quiero ducharme, cenar y dormir». En tres acciones básicas condensa algo que muchos jóvenes perciben como una vida en automático.

No habla de aficiones, de estudiar idiomas, de ver a amigos, de leer o simplemente de no hacer nada. La rutina queda reducida a cubrir necesidades mínimas. «No tengo tiempo ni energía para cocinar la cena. Tampoco tengo energía para hacer ejercicio, eso se ha ido por la ventana».

Aquí entra en juego un concepto cada vez más citado en estudios sobre empleo joven: la carga mental. Incluso cuando la jornada no es de 12 horas, la combinación de trabajo intenso, desplazamiento y sensación de precariedad emocional deja poca gasolina para el resto.

En España, encuestas recientes señalan que más del 60% de los menores de 35 años declara sentirse “frecuentemente cansado” o “agotado” durante la semana laboral. No es solo fatiga física: es la sensación de que el trabajo ocupa tanto espacio —real y mental— que el resto de la vida se convierte en un pequeño margen nocturno.

“El 9 a 5 es una locura… si encima no es remoto”

Llega entonces la frase que se ha viralizado: «No tiene nada que ver con mi trabajo, pero el horario de nueve a cinco en general es una locura». No critica el contenido del puesto; cuestiona el formato.

«Estar en la oficina de nueve a cinco… Si fuera remoto, sales a las cinco y ya estás en casa y todo bien. Pero no es así». Lo que pone sobre la mesa es una idea que se ha instalado con fuerza tras la pandemia: si muchas tareas pueden hacerse desde un portátil, ¿tiene sentido exigir presencia diaria cuando eso añade una o dos horas de trayecto?

Las empresas argumentan cultura corporativa, trabajo en equipo, innovación. Los trabajadores jóvenes replican con tiempo vital, costes de transporte y eficiencia. En España, solo alrededor del 12%–15% de los ocupados teletrabaja de forma habitual; el resto ha regresado al modelo tradicional pese a que una parte de las tareas podría, en teoría, desempeñarse a distancia.

La joven resume la percepción de muchos: el problema no es trabajar, es la rigidez. Sentir que el sistema no se adapta a las nuevas herramientas, sino que obliga a encajar la vida en un molde que apenas ha cambiado en décadas.

“¿Cómo tienes amigos, cómo quedas con alguien, cómo ligas?”

La parte más cruda llega casi al final del desahogo: «Salgo del trabajo y ya es de noche. No tengo energía. ¿Cómo tienes amigos? ¿Cómo conoces a un tío? No sé. ¿Cómo tienes tiempo para quedar, para ligar?».

Más allá del tono, lo que aflora es la sensación de que el trabajo se come el espacio donde se construyen las relaciones afectivas y sociales. No se trata solo de ocio, sino de algo tan básico como hacer vida con otras personas.

Para una generación que ha escuchado durante años que hay que “trabajar su marca personal”, “hacer networking”, “cuidar la salud mental” y “mantener un círculo social sano”, descubrir que el día a día apenas deja hueco para quedar a tomar algo un miércoles es un choque frontal.

Los datos lo respaldan: estudios sobre conciliación indican que cerca del 45% de los jóvenes trabajadores dice tener “menos vida social de la que le gustaría” por motivos de horarios y desplazamiento. El comentario de la joven no es solo una queja romántica; es la constatación de que el modelo actual dificulta formar comunidad más allá del entorno laboral y de las pantallas.

“Estoy a punto de tener la regla… ¿soy tan dramática?”

El desahogo se cierra con una mezcla de autocrítica y explicación emocional: «Estoy a punto de tener la regla, por eso estoy tan emocional. Pero… ¿soy tan dramática? Está bien». En una frase enlaza ciclo menstrual, salud mental y culpa por sentirse desbordada.

Introducir la menstruación no es un detalle menor: muchas mujeres experimentan cambios de ánimo, cansancio adicional e irritabilidad en los días previos. En un entorno laboral muy exigente, esa carga extra se suma a la ya considerable presión diaria. Sin embargo, ella lo menciona casi como disculpa, como si necesitara justificar por qué está llorando en el coche.

La cuestión de fondo es que normalizar conversaciones sobre agotamiento, ansiedad y límites sigue costando. Aunque el discurso social invita a “poner la salud mental primero”, en la práctica muchos jóvenes sienten que cualquier queja les coloca la etiqueta de flojos, irresponsables o “generación de cristal”.

La propia pregunta «¿soy tan dramática?» refleja esa tensión: intuye que lo que vive no es solo cosa suya, pero teme no tener derecho a decirlo en voz alta. El éxito del vídeo muestra justo lo contrario: mucha gente se reconoce en ese llanto.

Lo que hay detrás: salarios, alquileres y expectativas rotas

Más allá de la anécdota, el desahogo condensa tres vectores que definen la experiencia laboral de muchos jóvenes: salarios ajustados, vivienda cara y jornadas que se alargan con el transporte.

En ciudades grandes, el coste de una habitación en piso compartido puede suponer entre el 35% y el 45% del sueldo neto de un trabajador de entrada. Sumando transporte, comida y gastos básicos, el margen para ahorrar o vivir solo se reduce hasta casi desaparecer.

Al mismo tiempo, la generación que ahora entra en el mercado ha crecido con mensajes sobre vocación, flexibilidad, conciliación y proyectos con sentido. Cuando se encuentran con un 9–5 clásico, presencial y con margen de maniobra limitado, el choque entre lo prometido y lo real provoca frustración.

Eso no significa que nadie quiera trabajar. Significa que cada vez más jóvenes cuestionan si el modelo heredado —jornada rígida, oficina fija, transporte diario— tiene sentido en un contexto donde la tecnología permitiría organizar el trabajo de forma distinta. El vídeo de la joven llorando en su coche no es el fin del mundo laboral; es un síntoma de que el debate sobre qué es una vida razonable alrededor del trabajo está lejos de cerrarse.

¿Generación de cristal o sistema que no se actualiza?

Las reacciones al vídeo se mueven entre la empatía y la crítica. Unos ven en ella el ejemplo perfecto de la “generación de cristal” que se queja por lo que siempre ha sido normal. Otros señalan que lo “normal” no tiene por qué ser deseable solo por llevar décadas vigente.

En términos económicos, lo que está en juego es la capacidad de atraer y retener talento. Empresas que ofrezcan salarios competitivos, cierta flexibilidad horaria o modelos híbridos tendrán ventaja para captar a jóvenes que valoran tanto el sueldo como el tiempo y la autonomía.

En paralelo, los responsables de políticas públicas se enfrentan a la tarea de ajustar transporte, vivienda y servicios a una realidad en la que la línea entre vida y trabajo es cada vez más difusa. No se trata solo de educar a los jóvenes en la realidad de la vida laboral, sino de preguntarse si el modelo 9–5 + trayecto largo es la única opción posible en 2026.

Mientras tanto, la chica del vídeo sigue llorando en bucle en miles de móviles. Y muchos, al verla, piensan en voz baja: “igual no es tan dramática, igual el problema no es solo ella”.

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