Stellantis se desploma un 27% tras un ajuste récord de 22.200 millones

El grupo congela el dividendo, desmonta parte de su apuesta eléctrica y abre la mayor crisis industrial desde la fusión de Fiat Chrysler y PSA
EPA/TONY VECE
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En países como España, donde el grupo opera centros de producción clave y concentra una parte relevante de las exportaciones de vehículos, un recorte sostenido de volúmenes podría obligar a revisar turnos, reducir empleo temporal o renegociar precios a la baja con la cadena de suministro. Las Administraciones, que han comprometido miles de millones en ayudas y PERTE vinculados al coche eléctrico, afrontan el riesgo de acabar con infraestructuras infrautilizadas y proyectos que no alcanzan la escala prevista.

Aunque el grupo no ha anunciado cierres concretos, el mercado da por hecho que la reestructuración no podrá ejecutarse solo con recortes contables. La presión para ajustar capacidad productiva se traducirá, previsiblemente, en congelación de inversiones, expedientes de regulación y reubicación de modelos hacia plantas más eficientes o mercados con demanda más sólida.

La resaca global del coche eléctrico: Stellantis como caso extremo

El movimiento de Stellantis encaja en una tendencia más amplia. Otros grandes fabricantes han reconocido ya deterioros multimillonarios ligados a programas de vehículo eléctrico que no han cumplido las expectativas. Los ajustes de Ford y General Motors elevan a cerca de 50.000 millones de dólares el volumen acumulado de pérdidas contables asociadas a esta primera ola de electrificación.

La fotografía es similar en todo el sector: el consumidor medio no está dispuesto a pagar el sobreprecio actual de muchos eléctricos, la red de recarga sigue siendo insuficiente y las subidas de tipos han encarecido la financiación. A ello se suma la competencia de fabricantes chinos, capaces de ofrecer modelos eléctricos más baratos gracias a una integración vertical y a ayudas estatales masivas.

La estrategia basada en plataformas 100% eléctricas, gigafábricas de baterías y objetivos de ventas muy agresivos se revela ahora como un ejercicio de optimismo excesivo. El sector gira de nuevo hacia estrategias mixtas, con más peso de híbridos y motores de combustión mejorados durante al menos los próximos cinco o diez años. Stellantis se convierte, de momento, en el caso más extremo de esa resaca.

Stellantis. Foto: Stellantis.
Stellantis. Foto: Stellantis.

Los próximos pasos: deuda, posibles ventas de activos y credibilidad

Tras el shock inicial, el foco se desplaza a la ejecución del plan. En el plano financiero, Stellantis prevé emitir alrededor de 5.000 millones de euros en nueva deuda y apoyarse en el ahorro derivado de la supresión del dividendo para reforzar su colchón de liquidez. El objetivo es preservar un rating crediticio de grado de inversión que le permita seguir financiándose a costes razonables en un entorno de tipos todavía elevados.

En el plano industrial, los próximos meses serán decisivos para determinar qué marcas, plantas y proyectos salen reforzados o sacrificados. No se descartan ventas de activos, alianzas tecnológicas adicionales e incluso una simplificación de la oferta de modelos en regiones con rentabilidades más bajas. La gran incógnita es si el grupo será capaz de recomponer una estrategia coherente antes de que la desconfianza del mercado se cronifique.

Para España y para el conjunto del automóvil europeo, el caso Stellantis funciona como advertencia. La transición energética mal calibrada tiene un coste financiero, industrial y social muy elevado. Forzar inversiones masivas sobre escenarios de demanda excesivamente optimistas termina destruyendo valor y erosionando la confianza. La lección es clara: la regulación y la política industrial deberán acompasar mejor el ritmo del mercado real si quieren evitar que el próximo ajuste llegue, otra vez, demasiado tarde.

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