“Esto no es un cometa normal”

Hubble pilla al 3I/ATLAS alineado con el Sol y la Tierra y Avi Loeb avisa: “Esto no es un cometa normal”

El telescopio espacial captura un alineamiento casi perfecto con la Tierra y el Sol y revela una anti-cola de 100.000 kilómetros y tres mini-jets simétricos que reavivan el debate sobre posibles firmas tecnológicas
Imagen de Toni Scarmato,datos de NASA/ESA/STScI
Imagen de Toni Scarmato,datos de NASA/ESA/STScI

La noche del 22 de enero de 2026, el Telescopio Espacial Hubble no miró a una galaxia lejana ni a una nebulosa de manual, sino a un visitante mucho más incómodo: 3I/ATLAS, el tercer objeto interestelar confirmado que atraviesa el Sistema Solar. En una franja de apenas media hora, Hubble tomó seis exposiciones de 170 segundos que congelaron un momento casi irrepetible: el alineamiento del cuerpo con el eje Sol–Tierra, con un ángulo de desajuste de solo 0,012 radianes (algo menos de un grado).
Lo que parecía una mera oportunidad geométrica se ha convertido en un rompecabezas físico: un halo alargado de 100.000 kilómetros en dirección al Sol —diez veces el diámetro terrestre—, una anti-cola apuntando hacia el propio Sol y la Tierra y un sistema de tres mini-chorros separados de forma casi perfecta por 120 grados.
El astrofísico Avi Loeb y sus colaboradores han empezado a publicar los primeros análisis, que se suman ya a una lista de 18 anomalías asociadas a 3I/ATLAS. Entre hipótesis sobre hielo, polvo y fragmentos masivos, aparece una posibilidad que incomoda a muchos en la comunidad científica: que parte de este patrón pudiera ser una firma tecnológica.
Lo que nadie discute es una cosa: este pequeño cuerpo interestelar está obligando a reescribir más de un manual de cometas.

Un alineamiento cósmico casi perfecto

Loeb y Mauro Barbieri habían advertido en un trabajo previo de que 3I/ATLAS iba a atravesar su particular “fase de Luna llena”: un momento en el que, visto desde la Tierra, el objeto se alinearía casi exactamente con el Sol, dentro de un ángulo ridículamente pequeño de 0,012 radianes. Esa configuración convierte al cuerpo en un espejo cósmico, maximizando el flujo de luz reflejada y las posibilidades de detectar estructuras finas en la coma.

Entre las 13:10:30 y las 13:43:33 UTC, Hubble apuntó su cámara WFC3/UVIS (filtro F350LP) hacia 3I/ATLAS y acumuló seis exposiciones profundas. Las imágenes brutas muestran un resplandor casi circular alrededor del núcleo, típico de una coma de polvo y gas iluminada por el Sol. Pero el verdadero contenido estaba escondido bajo esa simetría aparente.

Loeb describe este alineamiento como una oportunidad que, en la práctica, solo se presenta una vez por trayectoria: la combinación concreta de órbita, posición de la Tierra y geometría solar no se repetirá para este objeto. Saberlo de antemano permitió coordinar observaciones y diseñar filtrados específicos. El resultado: un “primer plano” de un visitante interestelar en una configuración geométrica prácticamente imposible de mejorar.

Expected trajectory of 3I/ATLAS, as of January 7, 2025. (Image credit: NASA/JPL Horizons)
Expected trajectory of 3I/ATLAS, as of January 7, 2025. (Image credit: NASA/JPL Horizons)

Un visitante interestelar con halo de 100.000 kilómetros

Tras 1I/ʻOumuamua y 2I/Borisov, 3I/ATLAS se ha ganado un lugar en la corta lista de cuerpos que sabemos que llegan desde fuera del Sistema Solar. Su halo observado por Hubble se extiende unos 100.000 kilómetros hacia el Sol, una longitud que equivale a unas diez veces el diámetro de la Tierra. Es una escala descomunal para una estructura tan fina, formada por partículas expulsadas del objeto.

Esa elongación hacia el interior del Sistema Solar contrasta con la imagen clásica de una cola que huye del Sol. Aquí, parte del material parece organizarse en una estructura “anti-cola” que, en lugar de ser barrida por el viento solar, penetra cientos de miles de kilómetros en sentido contrario sin desviarse de forma apreciable.

Esta resistencia a ser doblada por el viento y la radiación abre preguntas incómodas: o bien las partículas expulsadas son mucho más masivas o compactas que en un cometa estándar, o bien la arquitectura del chorro está generando un efecto colectivo —una suerte de “haz dirigido”— que se comporta de forma distinta a una pluma de polvo convencional. En ambos casos, 3I/ATLAS se sitúa en los márgenes de lo que la física cometaria actual sabe explicar con comodidad.

Un filtro que desnuda cuatro chorros ocultos

Para ir más allá de la simple foto bonita, el equipo recurrió al filtro Larson–Sekanina de gradiente rotacional, una técnica que suprime el brillo circularmente simétrico de la coma y deja al descubierto variaciones direccionales: chorros, plumas, estructuras en hélice.

Tras aplicar este tratamiento, las imágenes muestran con claridad un sistema de cuatro jets:

  • una anti-cola dominante, orientada casi hacia el eje Sol–Tierra,

  • y tres mini-chorros que rodean el núcleo con un patrón sorprendentemente ordenado.

La anti-cola, que en un alineamiento exacto con la Tierra se habría perdido dentro del halo simétrico, aparece aquí ligeramente desplazada, justo lo suficiente para distinguirse como un haz estrecho que se proyecta en dirección al Sol y al observador terrestre. Es una geometría poco frecuente y físicamente exigente, porque obliga a explicar cómo ese flujo mantiene su coherencia a escalas de cientos de miles de kilómetros sin ser arrancado por el viento solar.

El filtrado convierte lo que parecía una nebulosa borrosa en un sistema de chorros estructurado, más parecido a la tobera de un motor complejo que a la imagen difusa de un cometa clásico.

Tres mini-jets simétricos: azar o diseño natural extremo

Quizá lo más llamativo de la imagen procesada no sea la anti-cola, sino los tres mini-jets que la acompañan. Situados alrededor del núcleo, aparecen separados casi exactamente por 120 grados, formando una estructura de simetría ternaria. Uno de ellos, en la posición de PA = 120 grados, se ve mucho más débil, algo que Loeb atribuye a una orientación desfavorable respecto a la Tierra: el chorro estaría parcialmente oculto por la propia geometría tridimensional del sistema.

Simetrías tan precisas no son imposibles en sistemas naturales —la propia cristalografía está llena de ejemplos—, pero sí obligan a preguntarse por el mecanismo físico concreto que las genera en un objeto pequeño, rotante y sometido a calentamiento desigual por el Sol. ¿Se trata de fracturas preferentes en el núcleo, de zonas de emisión asociadas a composiciones distintas, o de una coincidencia efímera en una dinámica mucho más caótica?

Loeb no oculta que esta estructura “triple” y casi perfecta figura entre los argumentos que le hacen considerar, al menos como hipótesis de trabajo, la posibilidad de una firma tecnológica, es decir, de un diseño no puramente natural. No es una afirmación, sino una invitación a no descartar explicaciones complejas solo por incomodidad. El contraste con el conservadurismo dominante en la interpretación de ʻOumuamua es evidente.

False-color image of 3I/ATLAS (top panel), taken on December 27, 2025 by a 0.2-meter telescope in Belgium. The field of view is 14.4 by 23.3 arcminutes, corresponding to 1.1 by 1.8 million kilometers.  (Image credit: Alfons Diepvens)
False-color image of 3I/ATLAS (top panel), taken on December 27, 2025 by a 0.2-meter telescope in Belgium. The field of view is 14.4 by 23.3 arcminutes, corresponding to 1.1 by 1.8 million kilometers. (Image credit: Alfons Diepvens)

La danza de 7,2 horas: un haz que bambolea

En un trabajo reciente con Toni Scarmato, Loeb modeliza el comportamiento temporal del sistema de chorros y concluye que éstos bambolean con un periodo de 7,2 horas, oscilando ±20 grados alrededor del eje de rotación. Esa “precesión” del haz explicaría por qué la anti-cola raramente llega a alinearse mejor que unos 20 grados con el eje Sol–Tierra: simplemente, el sistema está girando como un faro cósmico cuyo haz nunca acaba de apuntar exactamente al observador.

Si en el momento de máxima alineación el chorro hubiera estado perfectamente dirigido hacia la Tierra, se habría disuelto visualmente en el resplandor simétrico de la coma y habría pasado desapercibido. La ligera desalineación captada por Hubble es, paradójicamente, lo que ha permitido identificarlo con claridad.

Esta dinámica temporal añade una capa más al rompecabezas. El patrón observado no es una instantánea congelada, sino la proyección de un sistema que rota, oscila y respira en escalas de horas. Cualquier modelo físico —sea puramente cometario o más exótico— tendrá que explicar no solo la forma de la anti-cola y de los mini-jets, sino también su variación periódica.

Las 18 anomalías de 3I/ATLAS y las hipótesis en juego

Loeb ha recopilado ya 18 anomalías asociadas a 3I/ATLAS, desde su brillo inusual hasta la forma en que interactúa con el viento solar. La naturaleza exacta de la anti-cola sigue siendo una incógnita. Entre las hipótesis que maneja el propio investigador destacan tres:

  • una anti-cola formada por fragmentos de hielo relativamente grandes, capaces de resistir mejor la presión del viento,

  • un chorro de granos de polvo de gran tamaño, con más inercia que el fino polvo típico,

  • o incluso un flujo de objetos masivos —pequeños “proyectiles” o fragmentos compactos— que se comportarían casi como metralla controlada.

Cada opción tiene consecuencias distintas para la masa real del objeto, su densidad, su historia térmica e incluso su origen. A diferencia de Borisov, que se comportó de forma muy similar a un cometa interestelar “de libro”, 3I/ATLAS acumula comportamientos que encajan mal con las curvas estándar.

El componente más polémico del debate es la posibilidad de una firma tecnológica. Loeb no afirma que la haya, pero sí recuerda que una simetría tan marcada en los mini-jets y una anti-cola capaz de atravesar el viento solar como si fuera un haz coherente son compatibles con la hipótesis de una estructura artificial —un sistema de expulsión controlado, por ejemplo— tanto como con algunos modelos puramente naturales. La ciencia, insiste, debería cuantificar ambas opciones en lugar de descartar una por prejuicio.

Más datos, sondas y un debate incómodo

Por ahora, lo único tangible son las imágenes de Hubble y unos cuantos modelos preliminares. No se han hecho públicos datos adicionales —espectros, mediciones de polvo in situ, detecciones de radio— que permitan estrechar el cerco. Loeb confía en que nuevas observaciones desde tierra y desde otros instrumentos espaciales aporten piezas clave en las próximas semanas.

La gran pregunta que sobrevuela el debate es otra: ¿qué habría cambiado si el mundo hubiese contado con una sonda de interceptación rápida capaz de acercarse a 3I/ATLAS, como algunos grupos proponían tras el paso de ʻOumuamua? El objeto vuelve a demostrar que el Sistema Solar está expuesto de forma regular a visitantes interestelares y que, sin capacidad de respuesta in situ, la ciencia seguirá intentando descifrar rompecabezas cósmicos a partir de trazas de luz pixeladas.

En paralelo, el caso vuelve a colocar sobre la mesa la incomodidad de una parte de la comunidad científica ante cualquier hipótesis que roce la inteligencia extraterrestre. Mientras Loeb concedía una nueva entrevista televisiva para explicar estos resultados, el resto del campo seguía oscilando entre el escepticismo y el silencio prudente.

“Hay aún mucho por aprender de 3I/ATLAS; lo mejor probablemente está por venir”, resume el astrofísico. Para bien o para mal, este pequeño visitante que exhibe una anti-cola imposible y tres jets casi perfectos ha logrado algo excepcional: obligar a mirar con otros ojos no solo a la imagen de Hubble, sino al propio modo en que la ciencia decide qué preguntas se atreve a hacerse.

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