Rusia denuncia una militarización acelerada en Asia-Pacífico

Alarma en Moscú por la permanencia del sistema Typhon en Japón

La tensión en Asia-Pacífico vuelve a subir. El Kremlin ha puesto el foco en un punto muy concreto del mapa: la base estadounidense de Iwakuni, en la prefectura japonesa de Yamaguchi, donde el sistema de misiles Typhon permanece desplegado pese a las promesas de temporalidad. Según Sergei Lavrov, cada día adicional con estos misiles en Japón “afecta directamente a la seguridad de Rusia” y erosiona la ya frágil arquitectura estratégica de la región. Tokio responde que se trata de un dispositivo “estrictamente defensivo”, no dirigido contra ningún país en particular, enmarcado en su alianza con Washington y en su nueva doctrina de disuasión ampliada. Sin embargo, para Moscú, la combinación de un Japón en pleno rearme y un sistema capaz de lanzar misiles Tomahawk y SM-6 a más de 1.000 kilómetros no es un matiz técnico, sino un cambio de escala.

Fotografía del sistema de misiles Typhon con Japón de fondo, ilustrando la tensión bélica en Asia-Pacífico.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alarma en Moscú por la permanencia del sistema Typhon en Japón

Alerta por Typhon en Japón

El aviso de Lavrov no es retórico. El ministro ruso de Exteriores ha subrayado que Estados Unidos “no ha retirado aún” los misiles de alcance medio asociados al sistema Typhon desplegados en Japón, pese a que su llegada en septiembre se presentó como temporal. El mensaje a Tokio es inequívoco: Moscú considera “inaceptable” la presencia duradera de un lanzador capaz de golpear objetivos en el Lejano Oriente ruso desde territorio japonés.

El Typhon fue mostrado por primera vez en Japón durante el ejercicio Resolute Dragon, un gran despliegue conjunto con unos 19.000-20.000 militares estadounidenses y japoneses, centrado en defensa de islas y operaciones multidominio. Oficialmente, el sistema debía abandonar la base de Iwakuni al concluir las maniobras. Pero su permanencia de facto durante meses, mientras se discute si habrá nuevas rotaciones o un esquema de “presencia recurrente”, alimenta la sospecha de Moscú.

El dato que inquieta en la diplomacia rusa es sencillo: un Tomahawk lanzado desde el sur de Japón puede cubrir buena parte de la costa rusa del Pacífico, desde Vladivostok hasta bases navales y aéreas en el mar de Ojotsk. Para Moscú, no se trata de un criterio doctrinal abstracto, sino de un cambio concreto en el tiempo de aviso y en la profundidad de su vulnerabilidad. El diagnóstico que se emite desde el Kremlin es tajante: “la militarización acelerada de Japón está cruzando líneas rojas que hace una década eran impensables”, repiten fuentes oficiales.

 

 

 

Un sistema que amplía el radio de fuego estadounidense

Detrás de la disputa diplomática hay un equipo muy tangible. Typhon —también denominado Mid-Range Capability (MRC)— es un lanzador móvil terrestre que integra cuatro celdas de lanzamiento vertical Mk 41 en el chasis de un camión pesado, capaz de disparar misiles SM-6 y Tomahawk modificados para lanzamiento desde tierra.

El sistema cubre el hueco entre los Precision Strike Missile (PrSM), de menor alcance, y las futuras armas hipersónicas de largo alcance del Ejército estadounidense. En la práctica, eso se traduce en un abanico de entre 500 y 1.500 kilómetros de alcance, según la versión del Tomahawk y el perfil de misión, suficiente para abarcar buena parte del mar de la China Oriental, la península de Corea y el acceso al estrecho de Tsushima.

Un batería completa incluye cuatro lanzadores, un puesto de mando móvil y varios vehículos de apoyo, lo que permite despliegues rápidos por carretera o transporte estratégico en aviones C-17, como ya se ha demostrado en Filipinas y Japón. Para los planificadores de Washington, el valor de Typhon reside en su flexibilidad: puede operar tanto en misiones antibuque como en ataques contra infraestructuras críticas terrestres, aumentando el número de “dilemas” que debe gestionar un adversario potencial.

Este hecho revela por qué el debate trasciende a Tokio y Moscú. La presencia de Typhon en la llamada “primera cadena de islas” no solo afecta al cálculo estratégico ruso, sino también al de China y Corea del Norte. Los mapas de alcance dejan de ser teóricos y se convierten en parámetros operativos.

Ejercicios cerca de las fronteras rusas

La controversia se agrava por el contexto de maniobras militares casi continuas. Resolute Dragon, el gran ejercicio en el que se estrenó Typhon en Japón, se desarrolló en septiembre en múltiples escenarios, algunos de ellos a pocas centenas de kilómetros de áreas sensibles para Rusia y China.

Desde Moscú, la lectura es clara: un sistema concebido para misiles prohibidos por el ya difunto Tratado INF vuelve a operar muy cerca de sus fronteras, ahora sin restricciones legales. Lo que en Tokio se presenta como adiestramiento y disuasión, en el Kremlin se percibe como ensayo de capacidades de primer golpe contra nodos de mando y defensa aérea rusos.

Además, el despliegue coincide con otras maniobras estadounidenses y de la OTAN en el Ártico y en Europa del Este, lo que alimenta una narrativa de “pinza estratégica” en los discursos oficiales de Moscú. La consecuencia es clara: la confianza residual entre las partes se reduce a mínimos, y cada movimiento táctico se interpreta como un mensaje político deliberado.

En Japón, el malestar no es exclusivo de Rusia o China. Plataformas ciudadanas y grupos pacifistas han advertido de que un despliegue temporal puede transformarse en presencia encubiertamente permanente, alertando del riesgo de convertir determinadas prefecturas en objetivos prioritarios en caso de conflicto. El contraste con la tradicional imagen de Japón como potencia estrictamente pacifista resulta, para muchos, demoledor.

Japón acelera su giro militar

Mientras Moscú lanza sus advertencias, Japón avanza en una transformación de fondo. Desde la actualización de su Estrategia de Seguridad Nacional en 2022, Tokio ha puesto por escrito que China es su principal desafío estratégico y que necesita capacidades de “contraataque” de largo alcance.

El giro se refleja en cifras: el Gobierno se ha comprometido a elevar el gasto en defensa hasta el 2 % del PIB en 2027, alineándose con el estándar de la OTAN, y ha solicitado un presupuesto récord de 8,8 billones de yenes (casi 60.000 millones de dólares) para 2026. Parte de esos fondos se destinarán a la aceleración de los misiles de diseño nacional Type-12, con alcance de unos 1.000 kilómetros, y a la compra de centenares de Tomahawk estadounidenses.

Tokio insiste en que se trata de un refuerzo defensivo frente a misiles norcoreanos y a la creciente presencia naval china cerca de las islas Nansei, pero la acumulación de vectores de largo alcance —propios y aliados— redibuja el mapa estratégico. En menos de cinco años, Japón habrá pasado de un modelo de “escudo” a otro que combina escudo y “espada” de manera explícita, algo que Moscú y Pekín utilizan como argumento para justificar sus propias modernizaciones.

En este contexto, la presencia de Typhon opera como catalizador. No es solo un sistema más, sino el símbolo de un Japón que acepta en su territorio capacidades ofensivas estadounidenses que, hasta hace poco, habrían generado un rechazo político y social mucho mayor.

Moscú ve otra línea roja cruzada

Para Rusia, la ecuación tiene además una dimensión histórica. El despliegue de Typhon en Japón llega apenas unos años después de la retirada de Estados Unidos del Tratado INF en 2019, que durante décadas prohibió misiles terrestres de alcance entre 500 y 5.500 kilómetros. Desde entonces, el Kremlin viene advirtiendo de que cualquier emplazamiento de este tipo de sistemas cerca de sus fronteras será respondido “con medidas técnico-militares”.

Lavrov ha reiterado ahora ese mensaje en clave asiática. Moscú ya asumía que, a partir de 2026, Typhon será desplegado de forma episódica en Alemania, con misiles capaces de alcanzar objetivos en el interior de Rusia europea. La llegada del sistema al teatro del Pacífico, en paralelo al frente ucraniano, se percibe como un intento estadounidense de abrir un segundo eje de presión estratégica.

Lo más grave, a ojos de los analistas rusos, es la combinación entre nuevos sistemas y doctrina. Moscú ha ido endureciendo su retórica nuclear y su concepto de “amenaza existencial”, dejando abierta la puerta a respuestas desproporcionadas si percibe que se erosiona su capacidad de segundo golpe. En ese marco, cada batería de Typhon se interpreta menos como un activo táctico y más como un eslabón en la cadena de escalada potencial.

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