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Apagón histórico en Berlín: 25.000 hogares en la penumbra por cuarto día consecutivo

Sabotaje eléctrico deja a 25.000 berlineses a oscuras en pleno invierno

pexels-marcelochagas-2549166 Apagón
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Berlín vive estos días una estampa que creía reservada para países con redes frágiles o en conflicto. Un apagón prolongado, que comenzó el pasado sábado, mantiene todavía a unos 25.000 hogares sin electricidad en pleno invierno. El corte, que llegó a afectar en su punto álgido a unos 45.000 abonados, golpea con especial dureza a los distritos de Nikolassee, Zehlendorf, Wannsee y Lichterfelde, en el suroeste de la capital.
No se trata de un fallo técnico fortuito: un grupo anarquista ha reivindicado el sabotaje, lo que eleva el incidente a la categoría de ataque directo contra la infraestructura crítica de la primera economía europea.
Cuatro días después, con unos 20.000 hogares ya reconectados, la ciudad sigue a medio gas, entre generadores, velas y calefacciones que no arrancan.

Cuatro días de apagón en la capital de Europa

El relato oficial es ya conocido: en la madrugada del sábado, un incidente en una infraestructura clave del suroeste de la ciudad desencadenó una cadena de cortes que dejó sin suministro a decenas de miles de clientes. Desde entonces, los partes diarios se suceden con el mismo esquema: “avances significativos, pero aún hay áreas sin servicio”.

A día de hoy, las autoridades hablan de unos 25.000 hogares aún a oscuras, frente a los 45.000 del primer día. La cifra es relevante no solo por su dimensión, sino por su duración: cuatro días de interrupción parcial en una capital europea no encajan con la imagen de red robusta y sobredimensionada que Alemania ha proyectado durante años.

«No estamos ante una avería puntual, sino ante un episodio que somete a prueba el diseño mismo de nuestro sistema eléctrico», admiten fuentes del sector. El apagón ha obligado a cerrar colegios, retrasar cirugías no urgentes y reorganizar servicios de transporte y seguridad en las zonas afectadas. Lo que iba a ser un fin de semana frío ha acabado convertido en un ensayo no deseado de crisis energética urbana.

Los barrios más golpeados: del confort al frío

El epicentro del apagón se sitúa en Nikolassee, Zehlendorf, Wannsee y Lichterfelde, zonas habitualmente asociadas a rentas medias y altas, viviendas unifamiliares y un alto nivel de calidad de vida. La paradoja es evidente: algunos de los barrios más acomodados de la capital han experimentado de primera mano cómo se vive sin luz, sin calefacción y con conectividad limitada en pleno invierno.

Comercios, cafeterías y pequeños negocios han tenido que tirar de generadores, reducir horarios o directamente cerrar, acumulando pérdidas que en algunos casos se estiman ya en miles de euros por establecimiento. Familias con niños pequeños y personas mayores describen noches con temperaturas interiores por debajo de los 15 grados, alimentación que depende de lo que no se haya echado a perder en neveras apagadas y una vida diaria organizada en torno a enchufes públicos, baterías y linternas.

«Nunca pensamos que aquí pudiera pasar algo así y durante tantos días», explica una vecina de Zehlendorf. El contraste con la imagen de Berlín como capital tecnológica y administrativa de la UE es demoledor: el episodio ha roto la percepción de que determinadas zonas están “blindadas” frente a fallos sistémicos.

Un sabotaje reivindicado que inquieta a Berlín

La dimensión más inquietante del caso no está en los números, sino en el factor humano detrás del apagón. Un grupo que se reivindica anarquista ha asumido la responsabilidad del ataque, en un comunicado en el que mezcla referencias a la “dependencia energética”, críticas al sistema capitalista y llamadas a exponer la supuesta fragilidad de las infraestructuras modernas.

Los detalles técnicos del sabotaje aún no han trascendido, pero los indicios apuntan a un ataque dirigido contra elementos concretos de la red, no a un simple acto vandálico. Es decir, alguien sabía dónde golpear para maximizar el impacto con un daño relativamente acotado.

La Policía y los servicios de inteligencia trabajan sobre la hipótesis de células locales con cierto grado de conocimiento técnico, aunque no se descarta una posible conexión con redes más amplias de activismo radical. «Lo más alarmante no es solo lo que ha ocurrido, sino lo que demuestra: que un grupo reducido, con medios limitados, puede alterar el funcionamiento normal de una metrópoli europea durante días», apunta un experto en seguridad.

Las grietas de un sistema eléctrico modélico

El apagón cuestiona el relato oficial de sistema eléctrico modélico y resiliente que Alemania ha proyectado durante su transición energética. El diseño de la red, pensado para soportar picos de demanda, integraciones masivas de renovables y la retirada escalonada de nucleares y carbón, se enfrenta ahora a un tipo de riesgo menos considerado: el sabotaje físico deliberado.

En teoría, la estructura está dimensionada para redirigir flujos, aislar zonas dañadas y restablecer el servicio en horas. En la práctica, el ataque ha demostrado que la redundancia no siempre es suficiente cuando la agresión se dirige a nodos críticos. Un solo punto de fallo, bien elegido, puede provocar un efecto dominó difícil de revertir en corto plazo.

Este hecho revela una carencia: mientras se invertían miles de millones en digitalizar la red, desplegar contadores inteligentes y conectar eólica y solar, la protección física y la seguridad perimetral de determinados activos no ha seguido el mismo ritmo. La combinación de ataques cibernéticos y sabotajes sobre el terreno emerge ahora como un riesgo sistémico que obliga a revisar prioridades de inversión.

El invierno, la vulnerabilidad y el riesgo social

Que el apagón se produzca en pleno invierno no es un detalle accesorio. A temperaturas exteriores que pueden descender por la noche por debajo de los 0 °C, la electricidad no es solo confort: es seguridad para los más vulnerables. Hogares sin calefacción adecuada, personas mayores que dependen de aparatos eléctricos, familias con bebés… El apagón ha convertido a miles de residentes en población de riesgo de manera abrupta.

Organismos locales han tenido que habilitar espacios de acogida temporal, reforzar equipos de emergencia y coordinarse con servicios sociales para identificar casos críticos. «No podemos permitir que nadie pase frío por un sabotaje», subrayó un responsable municipal, consciente de que cualquier fallecimiento vinculado al apagón tendría un coste político incalculable.

El episodio recuerda, además, que la crisis energética europea de los últimos años no ha sido solo una cuestión de precios al alza y facturas desorbitadas. Ha puesto sobre la mesa el escenario, hasta hace poco impensable, de cortes físicos de suministro en entornos urbanos avanzados. Berlín acaba de comprobar que ese riesgo ya no es teórico.

Alemania, la UE y el fantasma de la infraestructura crítica

En Bruselas y en otras capitales europeas, el caso de Berlín se observa como una advertencia. La infraestructura crítica —electricidad, gas, agua, telecomunicaciones, transporte— se ha convertido en objetivo potencial de Estados hostiles, grupos terroristas y, como en este caso, activistas radicalizados.

Los servicios de seguridad llevan años alertando del peligro de ataques combinados: interferencias digitales sobre sistemas de control industrial junto a sabotajes físicos en subestaciones, centros de datos o nodos logísticos. El apagón berlinés encaja en esa lógica: demuestra que, con planificación y un conocimiento básico del entramado, es posible infligir daño significativo sin grandes medios.

Para una economía como la alemana, que depende de redes densas y altamente interconectadas, la pregunta es directa: ¿están realmente protegidos los eslabones más sensibles de la cadena? Y, si no lo están, ¿qué coste político y presupuestario está dispuesta a asumir Berlín —y por extensión la UE— para blindarlos?

Qué puede cambiar ahora: seguridad, inversión y blindaje digital

La crisis ha obligado ya al Gobierno alemán y a las autoridades regionales a anunciar revisiones de protocolos y planes de inversión adicionales. Se habla de reforzar la vigilancia en subestaciones, mejorar la segmentación de la red para limitar el alcance de futuros ataques y acelerar la implantación de sistemas de monitorización en tiempo real capaces de detectar anomalías antes de que se transformen en apagones masivos.

En paralelo, la agenda de ciberseguridad gana peso. Cada vez más elementos del sistema eléctrico —desde transformadores hasta relés— están conectados y gestionados a distancia. Eso abre posibilidades de optimización, pero también nuevas ventanas de ataque. El apagón actual, aunque se atribuya a sabotaje físico, servirá de argumento para que los operadores reclamen mayor presupuesto y prioridad política para proteger la capa digital de la red.

A medio plazo, es probable que proyectos de almacenamiento distribuido, microrredes locales y generación descentralizada ganen atractivo: cuanta más capacidad tengan barrios y municipios para operar de forma aislada durante horas o días, menor será el impacto de ataques puntuales. La resiliencia ya no será solo cuestión de grandes infraestructuras, sino también de capacidad de autosuficiencia temporal a pequeña escala.

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