EEUU captura a Maduro: 80 muertos y control del petróleo

Washington asume las riendas de la transición tras una operación relámpago que deja un país en shock, un Ejército tensionado y a Delcy Rodríguez como presidenta encargada

Imagen del vídeo con Nicolás Maduro antes de su captura, tomada de la operación en Caracas<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Captura de Maduro sacude la geopolítica: EE.UU. toma control y la reacción global no se hace esperar

Un golpe inesperado y de amplias repercusiones sacudió este domingo a Venezuela.
El presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron apresados en una operación liderada por Estados Unidos y trasladados directamente a Nueva York.
Lo que hasta horas antes se movía en el terreno del rumor se convirtió, de repente, en un hecho consumado que altera tanto la política interna venezolana como el equilibrio regional.
Washington proclama que “Estados Unidos está ahora a cargo de Venezuela” y lanza un plan de reconversión petrolera apoyado en multinacionales norteamericanas, mientras en Caracas se cuentan al menos 80 víctimas mortales y la Fuerza Armada Bolivariana intenta recomponer el tablero de poder.
La pregunta ya no es qué ha pasado, sino qué puede pasar ahora en un país de más de 30 millones de habitantes atravesado por la crisis y la fractura política.

Una operación relámpago con destino a Nueva York

La captura de Maduro y Cilia Flores se ejecutó con una velocidad que pilló a contrapié incluso a parte de la oposición venezolana. En cuestión de horas, el mandatario fue sacado de Caracas, trasladado bajo custodia estadounidense y presentado ante la Justicia federal en Nueva York, donde afronta cargos por narcoterrorismo y colaboración con organizaciones criminales. La decisión de mantenerlo sin derecho a fianza subraya el mensaje de fondo: Washington quiere dejar claro que esta vez no se trata de un pulso diplomático, sino de un procedimiento penal de máxima gravedad.

La operación rompe una línea roja que muchos creían infranqueable: la detención física de un presidente en ejercicio por parte de Estados Unidos. A partir de ahora, la discusión jurídica sobre la extraterritorialidad y la inmunidad de jefes de Estado se entrelaza con la narrativa política sobre la “liberación” de Venezuela o, por el contrario, sobre un “secuestro” a escala internacional. Lo más relevante, sin embargo, es que la captura no viene sola: se acompaña de un plan económico y energético que apunta a reordenar el país de arriba abajo.

Trump se proclama al mando y pone el foco en el petróleo

Nada más confirmarse la operación, Donald Trump se apresuró a capitalizar el movimiento desde el plano político. “Estados Unidos está ahora a cargo de Venezuela”, proclamó, en una frase que condensa tanto la ambición como el riesgo de la jugada. El expresidente presentó un esquema de reconversión petrolera basado en la entrada masiva de compañías energéticas norteamericanas, con el objetivo declarado de “recuperar un país muerto”.

El matiz es clave: Trump insistió en que no usará fondos públicos estadounidenses para esa reconstrucción, deslizando que el coste correrá a cargo de capital privado y de futuros flujos de exportación de crudo. La consecuencia es doble. Por un lado, se dibuja un horizonte en el que Venezuela vuelve al mercado energético occidental bajo condiciones estrictas. Por otro, se alimenta el temor, dentro y fuera del país, a una “recolonización económica” de la principal reserva de petróleo del planeta.

Este hecho revela la verdadera dimensión de la operación: no solo se derriba a un líder incómodo, sino que se abre la puerta a rediseñar quién gestiona y se beneficia del petróleo venezolano durante los próximos años.

@DRodriguez_en en X
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Delcy Rodríguez, presidenta encargada entre el respaldo militar y la sospecha

Mientras las declaraciones de Washington resonaban en los mercados, en Caracas se activó el modo supervivencia. La Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) se apresuró a declarar su apoyo a Delcy Rodríguez como presidenta encargada, en un intento de mantener una cierta continuidad institucional. El gesto va acompañado de un mensaje político calculado: la FANB insiste en que Maduro sigue siendo el presidente legítimo y califica la captura como un “cobarde secuestro”.

En la práctica, Delcy Rodríguez se encuentra atrapada entre dos fuegos. Hacia dentro, debe convencer a un entramado de militares, burócratas y cuadros del PSUV de que no es simplemente la administradora de un vacío, sino la garante de la supervivencia del sistema. Hacia fuera, necesita demostrar a Washington y a las capitales regionales que puede gestionar una transición sin desbordes, en un país donde la pobreza supera el 50% de la población y la infraestructura básica está en ruinas.

La figura de Delcy —sancionada hasta hace poco por Estados Unidos, ahora tratada como interlocutora necesaria— sintetiza la paradoja del momento: la transición venezolana se está jugando sobre los restos del chavismo, no sobre una hoja en blanco.

Un país en shock: 80 muertos, acusaciones de “ejecución a sangre fría”

El precio interno de la operación se ha medido en vidas humanas casi de inmediato. Cifras preliminares apuntan a alrededor de 80 víctimas mortales, entre civiles y fuerzas de seguridad, como consecuencia de enfrentamientos, bombardeos selectivos y choques armados alrededor de centros de mando y enclaves estratégicos. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, denunció la intervención como una ejecución “a sangre fría”, elevando el tono y reforzando la narrativa de agresión externa.

El ambiente en las principales ciudades es de miedo, rabia y desconcierto. Para una parte de la población, agotada tras años de hiperinflación, apagones y escasez, la caída de Maduro se percibe como una oportunidad de reseteo, aunque el protagonismo estadounidense genere recelos. Para otra, especialmente en los sectores populares que mantuvieron lealtad al chavismo, lo ocurrido es un acto de humillación nacional que puede alimentar un resentimiento duradero.

La consecuencia es clara: Venezuela entra en una fase de altísima volatilidad política y social, donde el riesgo de choques internos —entre facciones militares, entre colectivos armados, entre barrios partidarios y contrarios al chavismo— se suma a la tensión con el exterior.

América Latina se rebela ante la “tutela” de Washington

La reacción regional no se ha hecho esperar. Brasil, Chile, Colombia y otros gobiernos latinoamericanos han emitido comunicados de condena, rechazando la intervención unilateral y alertando del peligro de sentar un precedente en el que el cambio de régimen se decide fuera de las fronteras nacionales. Más allá de las diferencias ideológicas, el mensaje coincide en un punto: el miedo a que el control externo sobre los recursos venezolanos se convierta en norma.

En muchas cancillerías pesa la memoria de décadas de golpes, intervenciones y operaciones encubiertas en el continente. Que Trump hable abiertamente de “estar a cargo” del país y de reordenar la industria petrolera con empresas estadounidenses refuerza la percepción de que el capítulo venezolano combina, una vez más, argumentos de derechos humanos con intereses estratégicos de máxima intensidad.

Al mismo tiempo, algunos gobiernos moderan sus críticas en privado, conscientes de que una Venezuela ingobernable —con flujos masivos de refugiados, bandas armadas y contrabando— sería un problema inmediato para sus propias fronteras. La región se mueve así en un delicado equilibrio entre rechazo político y pragmatismo de seguridad.

Moscú, Bruselas y la nueva fractura geopolítica

En la esfera global, la operación ha añadido una capa más de tensión a un tablero ya saturado. Moscú ha calificado la acción de “ilegal”, pero la ha descrito también como coherente con la lógica de protección de intereses de Estados Unidos, una formulación ambigua que combina crítica formal con realismo geopolítico. Rusia pierde a un aliado importante en el hemisferio, pero intenta capitalizar el episodio como prueba de la “doble vara” occidental.

La Unión Europea observa con cautela, dividida entre gobiernos que ven la caída de Maduro como una oportunidad para impulsar una transición democrática y otros que temen un nuevo foco de inestabilidad y critican la forma en que se ha producido. El papel del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, que desoye la línea marcada por Bruselas y se escora hacia posiciones más cercanas a Moscú, añade ruido a una política exterior europea ya fragmentada.

El diagnóstico es inequívoco: Venezuela se convierte de nuevo en campo de batalla simbólico entre grandes potencias, donde se dirimen modelos de orden internacional, más allá incluso del destino inmediato del país.

@realDonaldTrump
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Mercados en alerta: defensa en Asia, oro al alza y petróleo en montaña rusa

La dimensión económica del golpe se ha trasladado al instante a los mercados. Las bolsas asiáticas han reaccionado con subidas, especialmente en el sector defensa, donde varios valores han registrado avances de entre el 3% y el 6%, reflejando la expectativa de mayores presupuestos militares y contratos de equipamiento en un mundo más inestable. El movimiento encaja con el patrón de los últimos años: cada sacudida geopolítica se traduce en más negocio para la industria armamentística.

El petróleo ha vivido una sesión de montaña rusa, con oscilaciones bruscas ante la incertidumbre sobre el ritmo y el volumen de exportaciones venezolanas en los próximos meses. La OPEP+ ha decidido, por ahora, mantener su oferta sin cambios hasta abril, intentando transmitir una imagen de control y evitar un shock de precios que podría poner en jaque la frágil recuperación global.

En paralelo, los metales preciosos han vuelto a actuar como termómetro del miedo. El oro y la plata han registrado repuntes significativos, con subidas intradía de entre el 2% y el 4%, reforzando su papel de refugio ante la perspectiva de un escenario de riesgo prolongado en el mayor país petrolero de la región. Ni siquiera la tímida reactivación de la aviación caribeña, con American Airlines aumentando plazas y rutas, consigue disipar la sensación de que se ha abierto un ciclo de volatilidad estructural.

A partir de este punto, el futuro venezolano se despliega en varios escenarios. En el más optimista, Delcy Rodríguez consolida su posición con apoyo de la FANB, acepta parte de las condiciones de Washington, se inicia una apertura gradual de la economía y se convoca un proceso político controlado pero menos represivo. En ese mundo, la violencia se mantiene contenida y los flujos de petróleo ayudan a estabilizar mínimamente el país.

En un segundo escenario, más inestable, la captura de Maduro provoca fracturas internas en el chavismo, luchas de facciones en el Ejército y una oleada de protestas en barrios populares, con el riesgo de que surjan liderazgos paralelos y zonas fuera de control estatal. En ese contexto, el intento de Washington de “estar a cargo” se toparía con una realidad mucho más caótica y difícil de gobernar desde fuera.

El tercer escenario, el más preocupante, implicaría una regionalización del conflicto: aumento del contrabando, reactivación de grupos armados en las fronteras, tensiones con Colombia y Brasil y utilización del territorio venezolano como espacio de disputa indirecta entre grandes potencias. En cualquiera de los casos, una cosa parece segura: la operación que sacó a Maduro de Caracas no ha cerrado la crisis venezolana, solo ha inaugurado un capítulo más complejo y peligroso.

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