Chernóbil pierde toda la energía externa tras nuevos ataques rusos
La mañana del 20 de enero de 2026, el lugar del peor accidente nuclear civil del mundo volvió a quedarse a oscuras. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) confirmó que la central de Chernóbil perdió todo el suministro eléctrico externo tras una nueva oleada de misiles y drones rusos contra la infraestructura energética de Ucrania. El ataque dañó subestaciones clave para la seguridad nuclear y afectó también a las líneas que alimentan otras centrales atómicas del país, en un momento en que los termómetros caen por debajo de los cero grados y miles de viviendas en Kiev han vuelto a quedarse sin luz ni calefacción. El OIEA asegura que sigue “activamente” la situación para evaluar su impacto, mientras en Kiev crece la presión para que la comunidad internacional trate estos golpes al corazón del sistema eléctrico como algo más que un episodio más de la guerra.
Un nuevo apagón en el epicentro del desastre nuclear
Según confirmó el OIEA en un mensaje en X, varias subestaciones ucranianas “vitales para la seguridad nuclear” resultaron dañadas por la “amplia actividad militar” registrada esta mañana, y la central de Chernóbil perdió todo su suministro eléctrico externo.
El apagón llega en medio de un ataque combinado con centenares de drones y misiles que ha dejado sin energía y calefacción a miles de edificios en Kiev y otras regiones, en una ofensiva invernal que se repite ya por tercer año consecutivo.
Chernóbil, hoy en fase de desmantelamiento, ya no alberga reactores operativos, pero sigue concentrando toneladas de residuos altamente radiactivos y depende de un suministro eléctrico estable para mantener sistemas de vigilancia, ventilación y seguridad. Cuando esa energía externa se interrumpe, la instalación debe recurrir a fuentes alternativas —generadores diésel u otras líneas redundantes— cuya capacidad y autonomía son limitadas.
Lo más grave es que este no es un episodio aislado. Desde el inicio de la invasión en 2022, la zona de exclusión de Chernóbil ha sido escenario de ocupaciones militares, cortes de energía y, más recientemente, ataques directos sobre las estructuras de contención. Cada nuevo incidente añade presión a un sistema ya debilitado y alimenta la percepción de que la seguridad nuclear se ha convertido en un daño colateral más en la estrategia de desgaste contra Ucrania.
Subestaciones críticas bajo fuego y una red al límite
Los ataques de las últimas horas encajan en un patrón que los analistas vienen describiendo desde hace meses: Rusia ha pasado de concentrar sus golpes en grandes centrales térmicas a un asalto sistemático contra las aproximadamente 3.500 subestaciones eléctricas que vertebran la red ucraniana.
Son infraestructuras más difíciles de defender, más baratas de destruir y cuyo daño se propaga en cascada por todo el sistema.
En diciembre se contabilizaron al menos 27 ataques contra instalaciones energéticas en un solo mes, afectando a subestaciones, centrales térmicas e hidroeléctricas y dejando puntualmente a más de un millón de abonados sin suministro.
Ahora, el golpe del 20 de enero ha ido un paso más allá al impactar también en los nodos que garantizan la alimentación de las centrales nucleares y de Chernóbil en particular.
El resultado es un sistema eléctrico fragmentado, con una capacidad disponible en invierno cercana a los 14 gigavatios frente a una demanda que puede rozar los 17 GW, según estimaciones recientes.
Ese agujero de unos 3 GW —equivalente al pico de consumo de un país como Dinamarca— obliga a imponer cortes rotatorios en hogares y empresas y convierte cada nuevo ataque en un multiplicador del daño económico.
Este hecho revela un cambio cualitativo: la red ya no solo está sometida a tensión; está diseñada, en la práctica, para fallar de forma controlada cada vez que llegan misiles. Cuando la línea que cae alimenta también una central nuclear, el margen de error se estrecha hasta el límite.
Chernóbil: del escudo dañado al corte total de energía
El apagón de hoy no llega a un sitio cualquiera, sino a una instalación cuyo escudo de protección ya fue gravemente dañado por un dron en febrero de 2025. El ataque perforó las capas externa e interna de la llamada New Safe Confinement (NSC), la gigantesca bóveda de acero que desde 2016 cubre el reactor 4 siniestrado en 1986.
Tras meses de trabajos de emergencia, una misión del OIEA concluyó en diciembre de 2025 que la estructura había perdido su función primaria de confinamiento, aunque sus soportes y sistemas de monitorización seguían operativos.
La reparación completa, que se ejecutará en 2026, exigirá más de 100 millones de euros, financiados en gran medida por la Unión Europea, el Reino Unido y Francia, que ya han comprometido al menos 42,5 millones adicionales para restaurar la bóveda.
Es decir, sobre una estructura de 2.150 millones de euros coste total del plan de contención de Chernóbil, financiado por 45 donantes y el propio BERD, se ha superpuesto ahora un riesgo nuevo: el de quedarse sin energía para hacer funcionar los sistemas que la mantienen vigilada.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras en Europa occidental se discute cómo extender la vida útil de las centrales nucleares, en Ucrania se encadenan un escudo dañado, un corte de energía y un frente de guerra literalmente encima de los residuos radiactivos. La consecuencia es clara: cualquier cálculo de riesgo nuclear en el continente que ignore Chernóbil y su entorno de guerra es, sencillamente, incompleto.
Zaporizhzhia, el otro frente nuclear que no deja de fallar
El apagón de Chernóbil llega apenas unas semanas después de que el OIEA confirmara la duodécima pérdida total de energía externa en la central de Zaporizhzhia, la mayor de Europa, ocupada por Rusia desde 2022.
Esa planta, que operaba seis reactores antes de la invasión, se mantiene hoy en una especie de hibernación inestable, conectada a la red a través de líneas vulnerables que caen una y otra vez bajo el fuego cruzado.
En diciembre, una nueva oleada de ataques dejó a Zaporizhzhia sin energía de la red y obligó a activar los generadores de emergencia, un escenario que se ha repetido ya tantas veces que el propio OIEA lo describe como una “fragilidad estructural” de la seguridad nuclear en Ucrania.
En paralelo, se han tenido que negociar treguas locales de un solo día para reparar líneas críticas, un reconocimiento de facto de que la seguridad de la planta depende de acuerdos puntuales en un frente activo.
El diagnóstico es inequívoco: con Chernóbil sin suministro externo y Zaporizhzhia sometida a apagones recurrentes, casi todo el parque nuclear ucraniano opera bajo condiciones que ningún manual de ingeniería consideraría aceptables en tiempo de paz. Y, sin embargo, esas mismas centrales siguen aportando cerca del 50 % de la electricidad que mantiene viva la economía del país.
Qué ocurre cuando una central se queda sin suministro externo
En cualquier central nuclear, activa o desmantelada, la pérdida de energía externa no implica un accidente inmediato, pero sí abre una carrera contrarreloj. Los reactores detenidos y las piscinas de combustible gastado necesitan sistemas de refrigeración y monitorización continuos, que dependen de una alimentación fiable.
Cuando se corta la conexión a la red, entran en juego generadores diésel y baterías. Su autonomía suele medirse en días, no en semanas, y exige una logística compleja: combustible, personal, carreteras practicables. En un país sometido a bombardeos regulares, esa cadena es todo menos segura.
Ya en marzo de 2022, Chernóbil sufrió un primer corte de energía prolongado durante la ocupación rusa de la zona, lo que llevó a las autoridades ucranianas a advertir de un posible aumento del riesgo en las piscinas de combustible, aunque finalmente no se detectaron fugas radiactivas.
Hoy, el contexto es peor: el escudo está dañado, la red es mucho más frágil y los ataques contra subestaciones se han sofisticado.
En este escenario, el mensaje de los expertos es recurrente: cada pérdida de energía externa incrementa la probabilidad de un incidente, aunque no aparezcan de inmediato lecturas anómalas de radiación. Los sistemas aguantan, hasta que un día pueden dejar de hacerlo. Y ese “día” no tiene por qué coincidir con el calendario de la diplomacia.
Un riesgo sistémico para la economía ucraniana
Más allá del riesgo radiológico, hay un dato que explica la dimensión económica del problema: en 2023, Ucrania generó 103 teravatios hora de electricidad, de los que 52 TWh procedieron de sus centrales nucleares, prácticamente la mitad del total.
Golpear las líneas que alimentan esas plantas no solo amenaza su seguridad; también compromete la principal columna vertebral del sistema eléctrico.
Los ataques de este invierno han hundido la capacidad disponible y abierto un hueco estructural de unos 3 GW entre la generación y la demanda invernal, lo que fuerza apagones industriales y parones en minas, acerías y fábricas que aún sobrevivían a tres inviernos de guerra.
Cada corte de energía en una gran planta industrial se traduce en millones de euros en producción perdida, equipos dañados y empleos en riesgo.
Según estimaciones recientes, reconstruir por completo la infraestructura energética ucraniana exigirá al menos 67.000 millones de dólares, una cifra que solo podrá cubrirse con una mezcla de inversión privada y ayudas internacionales masivas.
En este contexto, un incidente nuclear —aunque no llegara al nivel de 1986— añadiría una capa adicional de costes: evacuaciones, descontaminación, cierre prolongado de infraestructuras clave y un golpe de confianza difícil de cuantificar en términos de inversión.
