La CIA clausura el World Factbook tras seis décadas abiertas
La decisión ha pasado casi de puntillas, pero su alcance es enorme: la CIA dejará de publicar el histórico World Factbook, el manual de referencia que desde los años sesenta concentraba los datos fundamentales de 258 países y territorios en materia de demografía, economía, defensa o energía. Más de seis décadas después de su nacimiento como documento clasificado, y casi treinta años después de saltar a internet, la agencia de inteligencia pone fin a un recurso gratuito y de dominio público que se había convertido en herramienta básica para periodistas, académicos y empresas de todo el mundo. El anuncio se ha hecho con un simple aviso en la web oficial, sin explicaciones de fondo, justo después de que el director de Inteligencia Nacional, John Ratcliffe, se comprometiera a suprimir aquellos programas que no contribuyan “de forma directa” a las prioridades de espionaje de Estados Unidos. La consecuencia es clara: menos datos abiertos para el resto del planeta y más poder para quienes puedan pagar por información alternativa de alta calidad.
Un símbolo de la “inteligencia básica” estadounidense
El World Factbook nació en 1962 como un manual interno de inteligencia básica, es decir, información estructurada sobre países que sirve de capa de contexto para cualquier análisis posterior. Lo que empezó como un documento clasificado para uso de funcionarios terminó, con el tiempo, convertido en uno de los productos de diplomacia de datos más influyentes de Washington.
La propia CIA definía el Factbook como un compendio de datos “revisados, coordinados y analizados” destinados a responsables políticos, pero que se ponían a disposición del público como trabajo del Gobierno federal. El paso de información de inteligencia –aunque fuera la más básica– al dominio público funcionó durante décadas como un elemento de poder blando: permitía a investigadores, ONG o empresas extranjeras trabajar con una visión del mundo alineada con los parámetros y categorías de Washington.
Este hecho revela hasta qué punto el cierre supone algo más que la desaparición de una web: es la retirada de un estándar silencioso que organizaba, de facto, el conocimiento geopolítico de millones de usuarios que nunca tuvieron relación directa con la comunidad de inteligencia.
De manual clasificado a referencia masiva en internet
La trayectoria del Factbook refleja también la evolución del propio Estado estadounidense en materia de datos. La primera versión desclasificada llegó en 1971, la edición impresa empezó a venderse al público a mediados de los años 70 y en 1994 el contenido saltó a la web. Para 2006 el portal acumulaba unos seis millones de visitas mensuales, una cifra notable para un producto sin publicidad ni promoción comercial.
La base de datos ofrecía fichas de dos o tres páginas por país con indicadores sobre población, PIB, estructura económica, gasto militar, infraestructuras energéticas, comunicaciones o situación medioambiental. En total, cubría más de 250 entidades –desde Estados reconocidos a territorios disputados o áreas especiales–, convirtiéndose en un punto de partida habitual para trabajos académicos, informes sectoriales e incluso manuales escolares en Europa y América Latina.
A partir de 2017 se dejó de imprimir en papel y el esfuerzo se concentró en la versión digital, que incorporó más de 5.000 fotografías libres de derechos y actualizaciones semanales de los datos. El diagnóstico es inequívoco: el Estado federal había asumido que su valor ya no era tanto el libro físico como la infraestructura de datos abierta que ofrecía al mundo. Precisamente por eso el cierre de 2026 resulta tan significativo.
La decisión que llega en plena revisión de prioridades
El anuncio de la CIA se ha limitado a comunicar que el Factbook “queda descontinuado” a partir del 4 de febrero de 2026, sin detallar si habrá repositorios históricos ni qué sucederá con sus recursos gráficos. Sin embargo, el contexto político ayuda a entender la jugada.
El movimiento llega después de que el director de Inteligencia Nacional, Ratcliffe, prometiera recortar aquellos proyectos que, a su juicio, no contribuyen de forma directa a la misión operativa de las agencias. “Los programas que no avancen las prioridades de inteligencia serán eliminados”, vino a decir en sus comparecencias. La traducción presupuestaria es clara: menos recursos para productos “hacia fuera” y más para capacidades estrictamente operativas, desde ciberdefensa hasta vigilancia técnica.
Lo más grave, desde la óptica de la transparencia, es que el cierre se hace sin un debate público sobre el coste de oportunidad. Nadie ha cuantificado cuántas universidades, think tanks o administraciones locales en el extranjero dependían del Factbook para alimentar sus propios análisis de riesgo o planificación internacional.
Un golpe silencioso a la transparencia de datos
Durante años, el World Factbook fue uno de los ejemplos más citados de datos gubernamentales en dominio público, junto con las estadísticas del censo o los registros meteorológicos. Como obra oficial del Gobierno estadounidense, el contenido estaba libre de derechos de autor, lo que permitió que empresas tecnológicas, plataformas educativas y medios construyeran productos derivados sin pagar licencias ni negociar condiciones.
Con el cierre, esa arquitectura se resquebraja. Los portales que replicaban automáticamente los datos tendrán que congelar sus series o recurrir a fuentes alternativas, cada una con su propia metodología. El resultado probable es un ecosistema más fragmentado y menos comparable, justo en un momento en que la geopolítica –de Ucrania a Oriente Medio– exige más contexto, no menos.
El contraste con la retórica de “gobierno abierto” de la última década resulta demoledor. Mientras otras administraciones avanzan en portales de datos abiertos, Estados Unidos apaga una de sus referencias más icónicas sin ofrecer un sustituto funcional. No se trata solo de perder un PDF cómodo, sino de renunciar a una pieza central de la infraestructura de conocimiento global.
Dependencia creciente de fuentes privadas y de pago
El vacío que deja el Factbook no tardará en llenarse, pero no de forma neutral. El espacio más obvio lo ocuparán las empresas de inteligencia comercial y rating, así como los grandes agregadores de datos económicos y políticos. Para una gran corporación o un banco internacional, pagar una suscripción adicional será un coste asumible. Para una universidad pequeña, una ONG o una administración local latinoamericana, quizá no.
Hasta ahora, muchos análisis arrancaban con una combinación básica: Factbook para contexto geopolítico, bases del Banco Mundial, estadísticas del FMI y datos sectoriales de las Naciones Unidas. Al desaparecer una de las patas públicas de ese entramado, crece la asimetría entre quienes pueden financiar fuentes de pago y quienes dependen casi en exclusiva de lo que siga siendo gratuito.
La consecuencia es clara: la economía de la información se vuelve aún más desigual. El conocimiento de base sobre estados frágiles, infraestructuras críticas o capacidades militares pasa a depender en mayor medida de actores privados, sujetos a incentivos comerciales y, en muchos casos, sin la obligación de mantener sus datos en dominio público.
Universidades, empresas y medios, obligados a reorganizar sus bases
El cierre tiene también un impacto muy práctico. Millones de documentos académicos, informes corporativos y análisis mediáticos citan el World Factbook como fuente estándar. En muchas bibliotecas universitarias, las fichas de países y los cursos de relaciones internacionales incorporan enlaces directos a la web de la CIA.
A partir de ahora, esas referencias quedarán congeladas en el tiempo. Si la agencia no mantiene un archivo fácilmente accesible, los investigadores se verán obligados a recurrir a copias de terceros, con el riesgo de errores de actualización o manipulación. En términos de gobernanza de datos, supone un retroceso: las series ya no podrán trazarse con la misma claridad desde un origen oficial hasta el documento final.
Para las redacciones, el golpe no es menor. El Factbook era, literalmente, la primera parada para verificar cifras básicas sobre un país: población, gasto militar como porcentaje del PIB, reservas de hidrocarburos o nivel de electrificación. Aun cuando después se contrastaran con otras fuentes, permitía una primera fotografía rápida y homogénea. Esa homogeneidad desaparece, y con ella aumenta el riesgo de cifras contradictorias en el debate público.
El contraste con Europa y otros organismos internacionales
El movimiento de Washington contrasta con la estrategia de otras instituciones, especialmente en Europa. La Unión Europea ha impulsado en los últimos años directivas de datos abiertos que obligan a los Estados miembros a liberar cada vez más información en formatos reutilizables, especialmente en ámbitos como transporte, energía o medio ambiente.
Organismos como el Banco Mundial o la OCDE han reforzado también sus portales de datos gratuitos, conscientes de que su relevancia internacional pasa por ser, precisamente, fuentes de referencia abiertas y comparables. Frente a esa tendencia, la clausura del Factbook sugiere una reorientación estratégica de Estados Unidos hacia una lógica más cerrada en determinados ámbitos de información sensible.
El contraste resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que el Factbook ya estaba filtrado políticamente: en cuestiones territoriales controvertidas –del Sáhara Occidental a Taiwán–, las descripciones seguían la posición oficial de Washington. Pese a ello, su utilidad técnica como base de datos era incuestionable. Ahora, ni siquiera esa versión –interesada pero estable– seguirá disponible.
