Trump amenaza a Jamenei y congela el deshielo con Irán

La suspensión indefinida de las negociaciones nucleares y la advertencia directa al líder supremo iraní elevan el riesgo de una nueva escalada en Oriente Medio

Captura de pantalla del vídeo de Negocios TV con imagen de Donald Trump y Alí Jamenei en contexto de tensión diplomática.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Trump amenaza a Jamenei y congela el deshielo con Irán

Las relaciones entre Estados Unidos e Irán han entrado en una fase de máxima tensión tras la última ofensiva verbal de Donald Trump, que ha asegurado que el líder supremo iraní, Alí Jamenei, debería estar “muy preocupado”. La advertencia llega justo después de confirmarse la suspensión indefinida de las negociaciones nucleares entre Washington y Teherán, que pretendían reabrir un canal de diálogo roto desde hace años.
El bloqueo no responde a un detalle técnico, sino a una discrepancia de fondo: Washington exige que en la mesa se sienten también el programa de misiles balísticos y la influencia iraní sobre milicias de la región; Teherán se niega.
El secretario de Estado, Marco Rubio, lo resumió sin matices: ningún acuerdo será viable sin compromisos claros en esos ámbitos.
 

Una advertencia inédita al líder supremo iraní

La frase de Trump —que Jamenei debería estar “muy preocupado”— no es un exabrupto aislado. Supone elevar el nivel del mensaje al máximo escalón del poder iraní: el líder supremo, figura que trasciende a cualquier gobierno de turno y concentra la última palabra en materia de política exterior, defensa y seguridad. Pocas veces un presidente estadounidense había apuntado tan directamente a esa figura, y menos aún vinculando el mensaje a un contexto de ruptura negociadora.

Al dirigirse personalmente a Jamenei, Trump busca tocar la fibra del régimen teocrático, proyectando la idea de que el cerco internacional se estrecha y que los márgenes de maniobra se reducen. La advertencia se produce, además, tras semanas de filtraciones sobre malestar interno en sectores del aparato iraní por el impacto acumulado de las sanciones, que han llegado a recortar los ingresos petroleros oficiales en más de un 40% respecto a los niveles previos a las últimas rondas de castigo.

Este hecho revela una estrategia calculada: más que hablar a la opinión pública, el mensaje va dirigido a las élites políticas, militares y religiosas que sostienen al régimen. El objetivo es sembrar dudas sobre la capacidad de Jamenei para seguir garantizando estabilidad y recursos a sus aliados en un entorno cada vez más hostil.

Negociaciones nucleares en punto muerto

El otro eje del giro es la suspensión indefinida de las negociaciones nucleares. El formato previsto, con mediación regional y observadores de varios países de Oriente Medio, se ha evaporado en cuestión de días. La agenda que se diseñaba en torno a un posible encuentro de alto nivel se ha transformado en un silencio cargado de reproches cruzados.

Para Washington, el bloqueo tiene nombre y apellido: la negativa iraní a aceptar que la mesa incluya el programa de misiles balísticos y el apoyo a grupos armados en Líbano, Siria, Irak o Yemen. Para Teherán, en cambio, aceptar esa ampliación significaría abrir la puerta a una revisión integral de su modelo de proyección de poder, algo que considera inaceptable.

La ruptura llega, además, en un momento en que la comunidad internacional había empezado a especular con un “nuevo JCPOA” —en referencia al acuerdo de 2015— adaptado a la realidad posterior a la retirada estadounidense en 2018. Ese escenario, que algunos diplomáticos situaban en un horizonte de 12 a 18 meses, queda ahora relegado. El diagnóstico es inequívoco: la ventana de oportunidad que se dibujaba tras varios gestos de distensión se ha cerrado, al menos a corto plazo.

Misiles, milicias y la línea roja de Washington

Las palabras de Marco Rubio han cristalizado la posición oficial de Estados Unidos: ya no basta con limitar el enriquecimiento de uranio o el número de centrifugadoras. La Casa Blanca considera que cualquier acuerdo que ignore el arsenal de misiles balísticos de Irán y su papel como patrocinador de milicias en la región sería una “victoria táctica” para Teherán.

Esto coloca a ambas partes en un choque frontal. Para el liderazgo iraní, los misiles y las alianzas con grupos como Hizbulá o determinadas brigadas chiíes son piezas centrales de su doctrina de disuasión. Renunciar a ellas, o siquiera someterlas a inspección internacional, se percibe como un riesgo existencial. Para Washington y buena parte de sus aliados árabes, en cambio, tolerar ese statu quo significa vivir con una amenaza permanente a bases, rutas comerciales y socios regionales, desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico.

La consecuencia es un bloqueo conceptual: cada bando considera que el otro le pide cruzar una línea roja interna. Y cuando las líneas rojas se convierten en política pública, el margen para la transacción se reduce al mínimo.

La estrategia de ‘máxima presión’ renovada

La ruptura negociadora y la escalada verbal apuntan a una reactivación de la estrategia de “máxima presión”. Washington apuesta por una combinación de sanciones económicas, aislamiento diplomático y amenazas de uso de la fuerza para obligar a Irán a renegociar desde una posición de mayor debilidad.

En la práctica, esto puede traducirse en nuevos paquetes de sanciones, ampliación de las listas de personas y entidades designadas, y una aplicación aún más estricta de las restricciones a las exportaciones iraníes de petróleo y gas. Cada punto adicional de caída en el volumen exportado —se habla de recortes adicionales del 10%-15%— supone menos divisas para financiar subsidios internos, proyectos de infraestructuras y, sobre todo, redes de influencia en el exterior.

Teherán, por su parte, responde con una estrategia de resistencia y desgaste: aguantar la presión, buscar alternativas comerciales con actores como Rusia o China, intensificar la economía sumergida y jugar la carta del nacionalismo para encuadrar las sanciones como una agresión externa. El riesgo para ambas partes es evidente: que el juego de resistencia mutua desemboque en un choque involuntario difícil de controlar.

El músculo militar en el Golfo como mensaje

Al discurso se suma el movimiento de piezas en el tablero militar. El despliegue de unidades navales y aéreas estadounidenses en zonas estratégicas del Golfo Pérsico y del mar Arábigo es algo más que rutina. La presencia reforzada de destructores, portaaviones y aeronaves de vigilancia actúa como recordatorio físico de la asimetría de capacidades entre ambos países.

En las últimas semanas, el tránsito de buques norteamericanos cerca de aguas iraníes —y los incidentes con drones o embarcaciones rápidas— se ha utilizado como termómetro de la tensión. Cada aproximación, cada maniobra de acoso a petroleros, cada interceptación de drones multiplica el riesgo de error de cálculo. Un disparo mal interpretado, una colisión accidental o un ataque atribuido al adversario pueden desencadenar una crisis mayor en cuestión de horas.

La estrategia de Washington consiste en mantener una presión constante sin cruzar el umbral de la guerra abierta, mientras la de Teherán busca poner a prueba esos límites sin provocar una respuesta devastadora. Es un equilibrio inestable que se juega, literalmente, a pocos kilómetros de infraestructuras críticas por las que circulan cada día millones de barriles de crudo.

Economía iraní asfixiada y margen interno cada vez menor

Detrás de la retórica y de los movimientos de barcos hay una realidad económica contundente. Irán arrastra años de recesión intermitente, inflación estructural por encima del 30% y una moneda devaluada. Las sanciones han reducido drásticamente su capacidad de atraer inversión, renovar infraestructuras o integrar su sistema financiero en los circuitos globales.

Para una población de más de 80 millones de habitantes, el coste se mide en pérdida de poder adquisitivo, falta de empleo cualificado y deterioro de servicios básicos. Las protestas que periódicamente sacuden el país —con especial virulencia desde 2019— son el síntoma más visible de un malestar que ya no se limita a sectores aislados, sino que atraviesa clases y generaciones.

En este contexto, aceptar las condiciones de Washington podría interpretarse internamente como una rendición humillante, pero mantener la confrontación prolonga un escenario de asfixia económica con potencial desestabilizador. El dilema para Jamenei y su círculo es evidente: ceder puede erosionar su autoridad; resistir puede erosionar la base misma sobre la que se asienta el régimen.

Lo que se juega Europa y el mercado del petróleo

La escalada entre Estados Unidos e Irán no es un juego cerrado. Europa, gran importadora de energía y actor clave en el acuerdo nuclear de 2015, observa con preocupación cómo el espacio para el diálogo se reduce. Cada paso atrás en las negociaciones complica la posibilidad de reabrir el mercado iraní a empresas europeas y de contar con un proveedor adicional que contribuya a diversificar el mapa energético tras la crisis con Rusia.

En el mercado del petróleo, el efecto es inmediato. La mera posibilidad de interrupciones en los flujos que pasan por el Estrecho de Ormuz —por donde transita alrededor del 20% del crudo comercializado por vía marítima— basta para impulsar al alza los precios. Para economías que aún digieren la inflación energética de los últimos años, un barril disparado por encima de los 80-90 dólares sería un golpe adicional.

Al mismo tiempo, los bancos centrales deben calibrar sus decisiones de tipos en un entorno donde la política monetaria ya no es el único factor que mueve la inflación. La geopolítica energética vuelve a ser un elemento central, y lo que ocurra en el diálogo —o su ausencia— entre Washington y Teherán será crucial para definir el coste de la energía en los próximos trimestres.

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