Groenlandia, nuevo frente frío entre Dinamarca y Estados Unidos

El interés de Trump por “comprar” la isla acelera el refuerzo militar danés y convierte el Ártico en un tablero prioritario para las grandes potencias

Copenhage, Dinamarca cc pexels-diego-petroncari-437543309-15334742
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Groenlandia, con sus más de 2,1 millones de kilómetros cuadrados y apenas 56.000 habitantes, ha pasado de ser un territorio remoto a convertirse en una de las coordenadas más sensibles de la geopolítica global. Las declaraciones de Donald Trump, que llegó a plantear abiertamente la idea de “comprar” la isla, han actuado como catalizador de una reacción danesa que mezcla orgullo nacional, cálculo estratégico y preocupación por el futuro del Ártico. Copenhague ha respondido con un refuerzo visible de su presencia militar y un mensaje nítido: Groenlandia no está en venta, ni ahora ni nunca.

En paralelo, el deshielo abre nuevas rutas marítimas y multiplica el valor de los recursos minerales y energéticos bajo el casquete polar. Lo que hace apenas dos décadas era un escenario marginal se ha convertido en un eje de competencia entre Estados Unidos, Rusia, China y los aliados europeos. Dinamarca, teóricamente un actor pequeño, está descubriendo que la defensa de esta isla gigantesca condicionará su política exterior y de seguridad en las próximas décadas.

Groenlandia: un territorio inmenso con peso pequeño, pero decisivo

Groenlandia es, en términos físicos, la isla más grande del planeta, con cerca del 80% de su superficie cubierta de hielo. Sin embargo, su peso demográfico y económico ha sido históricamente reducido dentro del Reino de Dinamarca. Esa aparente debilidad es precisamente lo que la vuelve vulnerable a miradas externas: una enorme extensión poco poblada, rica en recursos y situada en un cruce estratégico de rutas oceánicas y aéreas.

Para Copenhague, el vínculo con Groenlandia es mucho más que un legado colonial. Supone controlar un espacio que multiplica por más de 50 veces el territorio metropolitano danés y que otorga a un país de apenas 6 millones de habitantes una proyección ártica que no tendría de otro modo. La autonomía groenlandesa, reforzada en los últimos años, convive con la realidad de que la defensa y la política exterior siguen siendo competencia danesa.

Este equilibrio delicado se ve ahora tensionado por el interés de potencias externas. La isla ya no se define solo por sus comunidades pesqueras o por la base estadounidense de Thule: se ha convertido en una pieza estructural de la arquitectura de seguridad del Atlántico Norte.

El Ártico que se deshiela y reordena el mapa

El telón de fondo es un Ártico que cambia a una velocidad inédita. El aumento de temperaturas, hasta tres veces más rápido que la media global, está reduciendo la capa de hielo estival y abriendo durante varios meses al año rutas antes impracticables. Los cálculos de organismos internacionales estiman que la región podría albergar hasta un 13% del petróleo no descubierto y un 30% del gas del planeta, además de tierras raras, uranio y otros minerales críticos.

En la práctica, esto significa que el mar que rodea Groenlandia deja de ser solo una barrera y se convierte en un corredor de comercio y de proyección militar. Los portacontenedores que en el futuro crucen por pasillos árticos podrían recortar hasta un 30% del tiempo de viaje frente a rutas tradicionales como Suez. Para Estados Unidos, Rusia, China, Canadá y los países nórdicos, no estar presentes en este tablero equivale a ceder terreno geopolítico en un espacio que será cada vez menos “remoto”.

Dinamarca ha entendido que no basta con discursos: el país debe demostrar que puede controlar y proteger las aguas y el territorio que formalmente son suyos. De ahí la creciente inversión en vigilancia, sensores, aeronaves de patrulla y fuerzas desplegadas en la propia Groenlandia.

Trump y la “compra” de Groenlandia: una propuesta que no cayó en saco roto

Cuando Donald Trump deslizó, primero en privado y luego en público, la idea de que Estados Unidos podría comprar Groenlandia, buena parte del mundo reaccionó entre la incredulidad y la burla. Sin embargo, en Dinamarca la lectura fue muy distinta. Lejos de considerar el episodio como una excentricidad pasajera, muchos en el establishment lo interpretaron como una señal de que Washington ve la isla como un activo estratégico insuficientemente defendido.

La propuesta chocó frontalmente con la sensibilidad danesa y groenlandesa. Copenhague respondió con firmeza, subrayando que “Groenlandia no está en venta”, mientras el gobierno autónomo de Nuuk insistía en su derecho a decidir sobre su futuro. Pero la frase dejó un eco incómodo: si el principal aliado y garante de seguridad en la OTAN se plantea la compra de una parte del Reino, ¿qué dice eso del equilibrio interno de poder?

Desde entonces, la presión estadounidense no se expresa en ofertas de compra, pero sí en interés renovado por nuevas instalaciones, inversiones y acuerdos. Para Dinamarca, la lección ha sido clara: o refuerza su propia capacidad de defensa y presencia en la isla, o corre el riesgo de que otros marquen la agenda.

“Resistencia Ártica”: músculo militar, mensaje diplomático

En este contexto se enmarca el ejercicio “Resistencia Ártica”, que ha llevado al despliegue de alrededor de 100 efectivos daneses en Nuuk y una cifra similar en Kangerlussuaq, en el interior de Groenlandia. Sobre el papel, se trata de maniobras para mejorar la operatividad de las fuerzas danesas en condiciones extremas: temperaturas por debajo de -20 ºC, vientos violentos, visibilidad reducida y un entorno logísticamente complicado.

Sin embargo, el significado político va mucho más allá. El jefe del Comando Ártico, Søren Andersen, ha sido explícito al vincular la intensificación de la presencia militar con la creciente presión externa y, en particular, con las declaraciones de Trump. Es, en palabras de defensa, una “señal de soberanía”: Dinamarca demuestra que tiene capacidad y voluntad de desplegar tropas, equipos y tecnología avanzada en el territorio que otros miran con apetito.

Lejos de una exhibición vacía, el ejercicio pone a prueba cadenas de mando, despliegue rápido, coordinación con la Guardia Costera y con aliados de la OTAN, y la integración de sensores y sistemas de comunicación específicos para el entorno ártico. Al mismo tiempo, lanza un mensaje al interior: Groenlandia no es un decorado lejano, sino una prioridad real para las fuerzas armadas danesas.

Recursos bajo el hielo: el otro frente de la disputa

Más allá de la dimensión militar, el atractivo de Groenlandia se explica por su potencial económico a medio y largo plazo. Bajo el hielo y el permafrost se esconden yacimientos de tierras raras, uranio, zinc, hierro y posiblemente hidrocarburos, recursos fundamentales para la transición energética y para industrias de alta tecnología. En un mundo que compite por asegurar cadenas de suministro críticas, un territorio con tantos recursos sin explotar es oro geopolítico.

Empresas y fondos de inversión, especialmente de Estados Unidos, China y Europa, han tanteado en la última década proyectos de explotación minera y energética en diferentes puntos de la isla. Cada uno de esos movimientos abre un debate complejo entre desarrollo económico, preservación ambiental y soberanía política. Para Dinamarca, permitir inversiones masivas sin un marco claro de control implicaría, de facto, ceder influencia; bloquearlas por completo supondría renunciar a oportunidades que podrían transformar la economía groenlandesa.

La presión climática añade otra capa de complejidad. Explorar hidrocarburos en una región que simboliza el impacto del calentamiento global es un ejercicio de equilibrio difícil de justificar ante la opinión pública europea. De ahí que Copenhague trate de orientar el relato hacia la minería de minerales críticos y la investigación científica, más fáciles de compatibilizar con su imagen de país verde.

Dinamarca entre Washington, Moscú y Pekín

Lo que ocurre en Groenlandia no puede entenderse sin el triángulo Estados Unidos–Rusia–China. Washington ve la isla como un elemento clave para la defensa del continente norteamericano, por su posición frente al estrecho de Davis y al mar de Labrador, y por la posibilidad de proyectar radares y sistemas de vigilancia sobre el Polo. Moscú, por su parte, ha acelerado la modernización de sus bases en el Ártico ruso, desplegando rompehielos militares y sistemas de defensa aérea.

China, aunque geográficamente alejada, se define ya como “potencia casi ártica” y ha invertido en infraestructuras y proyectos de investigación en la región, con la vista puesta en la “Ruta de la Seda Polar”. En ese contexto, Dinamarca se ve obligada a equilibrar lealtades: reforzar la cooperación con Estados Unidos en el marco de la OTAN, sin quedar reducida a simple comparsa; contener las tentaciones rusas sin alimentar una escalada; y filtrar con lupa la entrada de capital chino en proyectos estratégicos.

El resultado es una política de pragmatismo vigilante: abrirse a la cooperación donde aporta valor, pero dejar claro que las decisiones de fondo sobre el territorio y su defensa se toman en Copenhague y Nuuk, no en Washington, Moscú o Pekín.

Lo que está en juego en el nuevo tablero ártico

El despliegue en Groenlandia y la retórica danesa no son un episodio aislado, sino el preludio de una década en la que el Ártico pasará de ser frontera a convertirse en corredor central. La forma en que Dinamarca gestione este momento definirá su lugar en la arquitectura de seguridad europea y atlántica.

Si acierta, podrá consolidar un modelo en el que autonomía groenlandesa, defensa conjunta y explotación responsable de recursos se refuercen mutuamente. Si falla, corre el riesgo de ver cómo las decisiones se toman lejos de sus instituciones, y cómo la isla se convierte en un tablero más de la rivalidad ajena.

Por ahora, el mensaje es firme: Groenlandia es parte íntegra del Reino de Dinamarca y no está en venta. Pero la verdadera batalla no se librará en declaraciones, sino en presupuestos de defensa, acuerdos mineros, tratados internacionales y maniobras como “Resistencia Ártica”. El hielo se derrite, las rutas se abren y el tiempo para definir reglas de juego se acorta.

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