España y Sicilia

Musk propone convertir el sur de Europa en la “batería solar” del continente

El empresario asegura que una pequeña fracción de suelo en España y Sicilia bastaría para cubrir la demanda eléctrica europea y reabre el debate sobre el uso masivo de renovables

La frase es simple, pero el alcance, enorme: según Elon Musk, bastaría con utilizar una pequeña parte del territorio en zonas poco habitadas de España y Sicilia para generar toda la electricidad que consume Europa. En un momento de transición energética acelerada, la afirmación no es un simple titular más, sino un reto directo a gobiernos, reguladores y empresas energéticas. España, con más de 2.500 horas de sol al año en amplias zonas del sur, y Sicilia, con registros similares, se colocan en el centro del tablero. Pero entre el potencial teórico y una red continental plenamente alimentada por fotovoltaica se abre un abismo de inversión, regulación, conflictos territoriales y tecnología pendiente. Los expertos lo resumen con una frase: el proyecto es físicamente posible, pero políticamente y socialmente monumental.

La frase de Musk que reabre el gran debate energético

Musk no ha descubierto el sol mediterráneo, pero ha hecho lo que mejor sabe: convertir un cálculo técnico en una provocación estratégica. Al afirmar que basta una fracción de suelo en España y Sicilia para alimentar a toda Europa, coloca el foco donde la Comisión Europea lleva años señalando: el sur del continente es el gran yacimiento solar infraexplotado.

La comparación con Estados Unidos no es casual. El empresario suele recordar que, sobre el papel, una superficie solar del tamaño de un pequeño estado bastaría para cubrir gran parte de la demanda eléctrica norteamericana. Trasladado a Europa, los modelos de ingeniería apuntan a órdenes de magnitud similares: con unos 7.000–10.000 km² de instalaciones fotovoltaicas de alta eficiencia —menos del 2% del territorio español y alrededor del 0,2% de la superficie de la UE— se podría cubrir la demanda eléctrica anual del bloque.

“El sur de Europa podría ser la central eléctrica renovable del continente si se combina la radiación solar disponible con tecnología y redes modernas”, vienen defendiendo desde hace años varios grupos de investigación. La diferencia es que, cuando lo verbaliza Musk, el mensaje salta del campo técnico a la agenda política y mediática.

España y Sicilia: el triángulo solar que mira a Bruselas

España y Sicilia forman, en términos energéticos, un triángulo solar de alta intensidad: radiación abundante, grandes extensiones poco pobladas y proximidad a los grandes centros de consumo europeos. En provincias del sur peninsular, la producción fotovoltaica puede superar los 1.800–2.000 kWh por kilovatio instalado al año, muy por encima de lo que se obtiene en Alemania o Países Bajos.

Esa diferencia no es menor. Significa que un mismo panel en Andalucía puede generar hasta un 40% más de electricidad que en el centro de Europa. Si se concentra la nueva capacidad en las zonas de mayor irradiación y baja densidad de población, el coste nivelado de la energía se desploma y la competitividad de la solar frente a los combustibles fósiles se dispara. De ahí que Musk mencione de forma explícita “zonas poco habitadas”: menos conflictos, más eficiencia y potencialmente menos oposición local.

La isla de Sicilia encaja en un patrón similar: mucho sol, baja densidad en amplias zonas interiores y conexión estratégica hacia Italia y el corazón industrial europeo. Para los analistas, el mensaje subyacente es claro: la geografía ya no es una excusa, el cuello de botella está en las decisiones de inversión y en el diseño de las redes.

Cuánta tierra haría falta realmente

El cálculo grueso que manejan los ingenieros energéticos es menos grandilocuente, pero confirma que la afirmación de Musk no es una fantasía. Europa consume en torno a 2.800–3.000 TWh de electricidad al año. En zonas de alta irradiación como el sur de España, un campo fotovoltaico moderno puede generar del orden de 350–400 kWh por metro cuadrado y año.

Traducido a superficie, eso implica que abastecer toda la demanda eléctrica europea requeriría alrededor de 7.000–8.000 km² de paneles solares. Es una extensión considerable —equivalente, por ejemplo, a la suma de las provincias de Almería y Guipúzcoa—, pero sigue siendo una fracción mínima del territorio. Incluso si se duplica la cifra para incluir zonas de seguridad, infraestructuras auxiliares y márgenes de diseño, la huella seguiría por debajo del 4% de la superficie de España.

Los expertos matizan, no obstante, que el problema no es solo de área. “Cuadran los números físicos, pero la foto real incluye almacenamiento masivo, redes de alta capacidad, respaldo renovable y gestión de la demanda”, advierten los consultores. La clave no es tanto si cabe, sino si Europa está dispuesta a redibujar su mapa energético en torno a unos pocos nodos solares gigantes.

Redes, almacenamiento y el cuello de botella invisible

Si la superficie no es el principal obstáculo, lo es la infraestructura invisible: redes de transporte, interconexiones y sistemas de almacenamiento. Cubrir una parte de España y Sicilia con paneles es solo el primer paso; el siguiente es llevar esa energía hasta Berlín, Varsovia o Ámsterdam con pérdidas mínimas y estabilidad garantizada.

Hoy, las interconexiones eléctricas entre la Península Ibérica y el resto de Europa apenas alcanzan en torno al 3% de la capacidad de consumo, lejos del objetivo del 15% que la propia UE se ha marcado para 2030. Para que el sur se convierta en “batería solar” real, sería imprescindible multiplicar por varias veces esa capacidad mediante corredores de alta tensión en corriente continua (HVDC) y reforzar los enlaces internos en España, Italia y Francia.

A ello se suma el reto del almacenamiento. Grandes volúmenes de energía solar exigen sistemas capaces de desplazar producción desde las horas centrales del día hasta la noche y los picos de demanda invernal. Eso implica desde baterías de nueva generación hasta bombeos hidráulicos, hidrógeno verde u otras tecnologías aún en desarrollo. “El coste de la infraestructura asociada puede ser tan o más relevante que el de los propios paneles”, coinciden los analistas. El sueño de Musk, en la práctica, requiere una revolución silenciosa en cables y subestaciones.

Paisaje, pueblos y oposición local: el otro coste del megaproyecto

El entusiasmo tecnológico choca, sobre el terreno, con comunidades rurales, paisaje y usos tradicionales del suelo. Grandes plantas solares ya han generado rechazo en comarcas de Extremadura, Castilla-La Mancha o Aragón, donde agricultores, ayuntamientos y colectivos ecologistas denuncian la pérdida de suelo agrario, el impacto visual y la concentración de beneficios en grandes compañías.

La propuesta implícita de dedicar miles de kilómetros cuadrados a paneles multiplica estas tensiones. “No se puede convertir el campo en un mar de cristal sin contar con quienes viven allí”, advierten organizaciones locales. El riesgo es que la “batería solar de Europa” termine percibiéndose como un macroproyecto impuesto desde despachos lejanos, dejando en la periferia a los municipios que soportan directamente el impacto.

Los expertos en transición justa insisten en que cualquier despliegue masivo debe ir acompañado de participación local, retornos económicos claros para los territorios y planificación paisajística. De lo contrario, el mismo modelo que pretende acelerar la descarbonización puede alimentar una nueva brecha entre zonas urbanas consumidoras y regiones rurales productoras.

Una oportunidad económica para España… si se mueve a tiempo

Pese a las dudas, la mayoría de analistas coinciden en que la visión de Musk pone sobre la mesa una oportunidad económica singular para España. Convertirse en uno de los principales exportadores netos de electricidad renovable hacia el corazón de Europa implicaría atraer decenas de miles de millones de euros en inversión, crear miles de empleos cualificados y reforzar la autonomía energética del país.

España ya ha demostrado su capacidad para desplegar renovables a gran escala: en los últimos años, la potencia instalada en eólica y solar se ha disparado, hasta el punto de que en algunos meses más del 50% de la generación eléctrica ha llegado a ser de origen renovable. El salto cualitativo ahora sería pasar de un sistema orientado sobre todo al consumo interno a uno diseñado para exportar sistemáticamente excedentes a Francia, Alemania o Italia.

Para ello, los expertos señalan tres condiciones: seguridad regulatoria a largo plazo, planificación de redes basada en escenarios de alta exportación y un marco que combine grandes proyectos con autoconsumo y comunidades energéticas. “Si España no ocupa ese espacio, otros lo harán, ya sea en el norte de África o en el este de Europa”, advierten.

¿Visión de futuro o espejismo mediático?

La declaración de Musk funciona como catalizador, pero no sustituye el debate de fondo. Para unos, se trata de una visión de futuro que encaja con los objetivos climáticos de la UE y con la lógica económica de abaratar la energía en un continente altamente dependiente de las importaciones. Para otros, es un espejismo mediático que simplifica en exceso un entramado de intereses, limitaciones técnicas y realidades locales.

La experiencia de proyectos como Desertec —el fallido intento de alimentar Europa desde el sol del norte de África— sirve de advertencia: tener el recurso no basta, hace falta estabilidad política, confianza mutua y estructuras de financiación robustas. La diferencia ahora es que la propuesta se centra dentro de las fronteras europeas y en dos territorios con plena integración comunitaria.

La provocación de Musk, en cualquier caso, obliga a una pregunta incómoda para las capitales europeas: si con menos del 2% de la superficie de España y Sicilia es técnicamente posible producir toda la electricidad necesaria, ¿qué falta para que el proyecto deje de ser un tuit y empiece a ser un plan? La respuesta, como casi siempre en energía, no está solo en los paneles, sino en la política.

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