Giro en Oriente Próximo: Emiratos Árabes Unidos se retira de Yemen y choca con Arabia Saudí

Abu Dabi anuncia un repliegue “voluntario y coordinado” tras las presiones de Riad y reabre la batalla por la influencia regional

Fotografía del desierto emiratí con ilustración de soldados yemeníes en escena de conflicto<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Emiratos Árabes Unidos se retira de Yemen tras tensiones regionales con Arabia Saudí

Emiratos Árabes Unidos (EAU) ha anunciado la retirada total de sus fuerzas de Yemen en pleno reordenamiento del tablero geopolítico de Oriente Medio. La decisión llega después de que Arabia Saudí lanzara un ultimátum de apenas 24 horas para abandonar el territorio, en medio de tensiones crecientes con el Gobierno yemení reconocido internacionalmente. La versión oficial de Abu Dabi habla de repliegue planificado, seguridad garantizada y coordinación con sus socios; la cronología, sin embargo, apunta a una realidad mucho más áspera: un socio forzado a elegir entre mantener su huella militar o preservar la relación estratégica con Riad. La consecuencia inmediata es clara: Yemen entra en una nueva fase de su guerra interminable y el eje del Golfo se somete a una prueba de estrés diplomático de primer orden.

La retirada emiratí no se produce en un vacío, sino tras casi una década de intervención en Yemen, iniciada formalmente en 2015 bajo el paraguas de la coalición liderada por Arabia Saudí. En ese tiempo, EAU pasó de ser un socio militar clave en operaciones sobre el terreno a adoptar un papel más selectivo, centrado en fuerzas especiales y unidades “antiterroristas” desplegadas en puntos críticos del sur y del litoral.

El anuncio del Ministerio de Defensa emiratí, que habla de “finalización del despliegue de las fuerzas residuales antiterroristas”, pretende mostrar un repliegue ordenado, basado en criterios de seguridad y coordinación regional. “La retirada responde a una evaluación soberana de nuestras prioridades estratégicas y a la voluntad de garantizar la seguridad de nuestras tropas”, sostiene la narrativa oficial.

Sin embargo, el contexto desmiente cualquier idea de rutina. El ultimátum saudí, con un margen de apenas 24 horas para abandonar el territorio yemení, actúa como detonante visible. Lo más significativo no es solo el contenido de la demanda, sino el tono: Riad marca un límite público a las aspiraciones de Abu Dabi en un espacio que considera vital para su seguridad. La consecuencia inmediata es un giro táctico emiratí que, en realidad, esconde un ajuste profundo de su papel regional.

Del despliegue antiterrorista al repliegue forzado

El comunicado emiratí subraya que la retirada se ha hecho “garantizando la seguridad de sus efectivos” y “en consonancia con sus socios”. No menciona, sin embargo, las fricciones acumuladas con el Gobierno yemení reconocido internacionalmente, que lleva meses acusando a Abu Dabi de apoyar a milicias y grupos secesionistas del sur contrarios a la autoridad central.

EAU se había convertido en un actor determinante en zonas como Adén, Shabwah o Socotra, con una presencia militar que, aunque oficialmente limitada, tenía un peso decisivo sobre el terreno. Fuentes regionales estiman que, en los momentos de mayor despliegue, varios miles de efectivos emiratíes y fuerzas locales entrenadas por Abu Dabi operaban bajo su paraguas, configurando un entramado de poder alternativo al control de Saná o de Riad.

La presión saudí, concretada en un ultimátum de tiempo récord, actúa como catalizador de un repliegue que EAU probablemente ya contemplaba en sus cálculos estratégicos. Lo que cambia no es tanto el “si” como el “cuándo” y el “cómo”. El mensaje implícito es nítido: la agenda emiratí en Yemen tiene límites marcados por el aliado saudí, y cruzarlos tiene un coste político que Abu Dabi no está dispuesto a asumir ahora.

Riad impone líneas rojas: el peso del ultimátum

Arabia Saudí ha jugado en este episodio la carta del poder duro envuelto en lenguaje diplomático. Detrás del ultimátum hay más que irritación puntual: Riad percibe desde hace años que el protagonismo emiratí en Yemen podía derivar en una esfera de influencia paralela en el sur del país, con puertos, islas estratégicas y redes de milicias alejadas de su control directo.

El Gobierno yemení afín a Riad ha acusado en repetidas ocasiones a Emiratos de respaldar a grupos secesionistas del sur y a fuerzas que, en la práctica, desafiaban la autoridad central. La desconfianza se ha ido acumulando en informes, declaraciones veladas y movimientos militares sobre el terreno. El ultimátum de 24 horas funciona como un “hasta aquí” inequívoco en un expediente de agravios que venía creciendo.

“Cualquier presencia militar no coordinada con la coalición yemení supone un riesgo para la estabilidad y la seguridad del país”, ha sido el mensaje de fondo, aunque no siempre formulado en público con esa crudeza. La retirada de EAU es, de facto, un reconocimiento de que el coste de tensionar la relación con Arabia Saudí —principal socio energético, financiero y de seguridad— superaba ya los potenciales beneficios de mantener posiciones en Yemen.

Yemen, pieza frágil en un tablero inflamable

Para Yemen, la salida emiratí abre un nuevo capítulo de incertidumbre. Tras más de ocho años de guerra, con cientos de miles de muertos directos e indirectos y cerca del 80 % de la población dependiendo de algún tipo de ayuda humanitaria, el país llega a este punto con instituciones exhaustas, economía colapsada y un tejido social profundamente fragmentado.

La presencia de EAU, aunque polémica, había creado equilibrios locales en el sur y en áreas estratégicas del litoral, especialmente en torno al estrecho de Bab el-Mandeb, por donde transita aproximadamente el 10-12 % del comercio marítimo mundial. Su retirada deja un vacío que otros actores —desde milicias locales hasta potencias regionales y grupos armados no estatales— intentarán llenar.

El riesgo es evidente: sin un relevo claro y sin una arquitectura de seguridad creíble, el sur yemení puede deslizarse hacia una nueva fase de fragmentación, con señores de la guerra, economías de guerra y puertos convertidos en monedas de cambio. Lejos de simplificar el conflicto, el repliegue emiratí puede añadir capas adicionales de complejidad a una guerra que ya figura entre las más intrincadas del siglo XXI.

El abanico de escenarios es amplio y ninguno exento de riesgos. Un primer escenario apunta a una contención tensa, con Arabia Saudí intentando reforzar su control sobre el entramado de fuerzas yemeníes aliadas, mientras Emiratos concentra su influencia en el terreno económico y en socios locales no formalmente vinculados al conflicto.

Un segundo escenario, más inquietante, contemplaría una escalada silenciosa de disputas por poder local, con milicias compitiendo por territorios, puertos y recursos, y terceros actores —incluidos grupos vinculados al terrorismo y al crimen organizado— aprovechando el vacío para ganar espacio. En el peor de los casos, Yemen podría deslizarse hacia una fragmentación de facto más profunda, con el sur operando como un mosaico de feudos semiautónomos.

Sea cual sea el desenlace, la retirada emiratí confirma una idea central: Yemen sigue siendo el espejo deformado donde se reflejan todas las tensiones de Oriente Medio. Cada movimiento, por pequeño que parezca, altera equilibrios regionales, sacude alianzas y obliga a recalcular costes y beneficios en capitales tan distintas como Riad, Abu Dabi, Teherán o Washington. La decisión de hoy es solo el último capítulo de una historia que, lejos de cerrarse, vuelve a escribirse sobre arena movediza.

Comentarios