Camuñas alerta de una «sumisión» a Marruecos que amenaza Ceuta y Melilla
La relación entre España y Marruecos ha dejado de ser un asunto estrictamente diplomático. Ceuta, Melilla, la inmigración, el Sáhara Occidental y la seguridad del flanco sur europeo forman ya una misma ecuación estratégica. Y cualquier error puede tener consecuencias difíciles de revertir.
Antonio Camuñas sostiene que el Ejecutivo español ha adoptado una posición de creciente vulnerabilidad frente a Rabat. No habla únicamente de concesiones políticas, sino de una pérdida gradual de autonomía que podría condicionar la defensa territorial española.
El diagnóstico resulta especialmente inquietante en un momento en el que varios países europeos vuelven a levantar controles internos y cuestionan la eficacia del espacio Schengen. España protege dos de las fronteras terrestres más sensibles de Europa, pero carece, según el experto, de una estrategia suficientemente visible.
Una relación profundamente asimétrica
Marruecos combina cooperación económica, control migratorio y presión diplomática con una notable eficacia. España, por el contrario, parece reaccionar ante cada crisis sin establecer una doctrina duradera.
El cambio de posición del Gobierno sobre el Sáhara Occidental en 2022 evidenció esta asimetría. La decisión permitió recomponer las relaciones con Rabat, pero dejó preguntas sin responder sobre las contrapartidas obtenidas y la capacidad española para defender sus propios intereses.
Para Camuñas, la consecuencia es una política exterior condicionada por el temor a una nueva crisis migratoria o comercial. Marruecos conoce esa dependencia y la utiliza como instrumento de negociación.
«Cuando un país entrega a otro la capacidad de modular sus fronteras, su estabilidad diplomática y parte de su seguridad, deja de negociar en condiciones de igualdad».
Ceuta y Melilla, bajo presión permanente
Ceuta y Melilla son mucho más que dos ciudades autónomas. Constituyen los únicos territorios españoles situados en el norte de África y representan una frontera política, económica y militar especialmente expuesta.
La crisis de Ceuta de mayo de 2021, cuando más de 8.000 personas entraron irregularmente en apenas dos días, mostró hasta qué punto la presión migratoria puede convertirse en una herramienta geopolítica.
Lo más grave no fue únicamente la dimensión humanitaria. Aquel episodio reveló que una alteración puntual de la cooperación marroquí podía obligar a España a movilizar al Ejército, tensionar los servicios públicos y solicitar apoyo europeo.
La soberanía no se pierde siempre mediante una ocupación. También puede erosionarse mediante una sucesión de hechos consumados.
Schengen muestra sus grietas
La reintroducción de controles internos por parte de varios socios europeos refleja una pérdida de confianza en la capacidad común para gestionar las fronteras exteriores. El espacio Schengen depende de que cada Estado proteja eficazmente los accesos que están bajo su responsabilidad.
España gestiona dos fronteras terrestres europeas en África, además de una extensa fachada marítima sometida a rutas migratorias procedentes del Atlántico, el Mediterráneo y el Sahel.
Si la política española hacia Marruecos transmite debilidad, la repercusión supera el ámbito bilateral. Alemania, Francia, Italia o Países Bajos pueden endurecer sus controles si consideran que la frontera sur no está suficientemente protegida.
El contraste resulta demoledor: mientras Europa reclama mayor seguridad, España mantiene una relación fronteriza basada en equilibrios extremadamente frágiles.
La influencia de Estados Unidos
Washington considera el norte de África y el Sahel espacios esenciales para contener el terrorismo, proteger las rutas energéticas y limitar la influencia de Rusia y China.
El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara durante la Administración Trump alteró el equilibrio regional. Desde entonces, Rabat ha reforzado su posición como socio preferente de Estados Unidos, mientras Argelia mantiene una relación cada vez más compleja con Occidente.
España se encuentra entre ambas potencias magrebíes. Necesita el gas argelino, la cooperación migratoria marroquí y el respaldo estadounidense. Esa triple dependencia reduce su margen de maniobra y obliga a desarrollar una estrategia nacional que hasta ahora no parece suficientemente definida.
La sombra de una cosoberanía
Camuñas también advierte del riesgo de normalizar fórmulas ambiguas de gestión compartida. El precedente de Gibraltar demuestra que una negociación prolongada puede acabar convirtiendo cuestiones de soberanía en debates administrativos sobre circulación, fiscalidad o controles fronterizos.
El temor es que Ceuta y Melilla entren algún día en una dinámica similar. No mediante una cesión inmediata, sino a través de acuerdos graduales que concedan a Marruecos una influencia creciente sobre puertos, aduanas, movilidad o actividad económica.
La crisis del islote de Perejil en 2002 demostró que las disputas territoriales pueden intensificarse con rapidez. Dos décadas después, la presión ya no necesita adoptar exclusivamente una forma militar.
Un Ejército sin doctrina política
Las Fuerzas Armadas pueden proteger el territorio, pero no sustituir una estrategia diplomática. Sin objetivos políticos claros, cualquier despliegue militar queda limitado a la gestión de emergencias.
España necesita definir qué amenazas contempla, qué papel atribuye a la OTAN y qué respuesta ofrecería ante una escalada híbrida en Ceuta o Melilla. El problema no es la capacidad profesional del Ejército, sino la ausencia de una doctrina pública, coherente y respaldada por acuerdos de Estado.
El diagnóstico de Camuñas es inequívoco: España no puede confiar su seguridad a la buena voluntad de Rabat ni a una intervención tardía de sus aliados. La estabilidad exige cooperación, pero también líneas rojas. Sin ellas, cada concesión puede convertirse en el punto de partida de la siguiente.