La inteligencia artificial revoluciona la economía: ¿Adiós al smartphone y al empleo convencional?
Los grandes empresarios tecnológicos ya han puesto fecha a la próxima ruptura. Mark Zuckerberg sitúa en 2035 el declive del teléfono móvil, Elon Musk sostiene que el dinero podría perder relevancia en 2036 y Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, relativiza la importancia de elegir una carrera concreta.
El mensaje parece inequívoco: trabajar, comprar, estudiar y comunicarse serán actividades radicalmente distintas. Sin embargo, tras los titulares futuristas aparece una realidad más compleja. La tecnología avanza de forma exponencial, pero los consumidores solo adoptan aquello que resuelve un problema concreto.
Esther Checa, Global Head of Innovation de t2ó ONE, y Jorge Branger, cofundador de Roompass, confrontan dos visiones complementarias: el entusiasmo por la automatización y la necesidad de preservar el juicio humano.
2036 como año bisagra
Musk ha dibujado una economía de abundancia extrema en la que la inteligencia artificial, los robots y la energía barata producirían más bienes de los que la sociedad puede consumir. En ese escenario, el dinero dejaría de ser el principal mecanismo para distribuir recursos. Se trata, por ahora, de una hipótesis ambiciosa, no de una previsión económica contrastada.
Branger comparte parte de ese optimismo. La combinación de agricultura automatizada, cocinas robotizadas, camiones autónomos y vehículos sin conductor podría reducir drásticamente los costes de alimentación y distribución.
La promesa no consiste únicamente en producir más, sino en eliminar buena parte del coste marginal de producir.
El móvil pierde centralidad
Zuckerberg considera que las gafas inteligentes terminarán ocupando el espacio del smartphone. Voz, gestos y realidad aumentada sustituirían progresivamente a la pantalla táctil, aunque la autonomía, el precio y la privacidad continúan frenando una adopción masiva.
Checa introduce una advertencia decisiva: las anteriores generaciones de asistentes de voz y dispositivos inteligentes tuvieron un recorrido limitado porque apenas solucionaban tareas básicas.
«La tecnología va a una velocidad, pero las personas tenemos otra».
El usuario no abandona un dispositivo porque una empresa anuncie su obsolescencia. Lo hace cuando la alternativa resulta más cómoda, fiable y comprensible.
El consumidor ya no estará solo
La transformación más inmediata no será necesariamente visible. Los agentes de inteligencia artificial comenzarán a reservar, comparar precios, seleccionar productos y ejecutar compras sin que el usuario supervise cada paso.
Checa sostiene que las marcas deberán atender simultáneamente a dos clientes: la persona y su agente digital. El primero valora el diseño, el relato y la experiencia; el segundo necesita datos estructurados, precios verificables, disponibilidad y protocolos que pueda interpretar.
En la entrevista se apunta que alrededor del 30% del tráfico de internet ya procede de bots, frente a un 70% de navegación humana. Algunas empresas aseguran recibir entre un 20% y un 30% de sus visitas desde herramientas de inteligencia artificial.
La web deja de ser el escaparate
Durante dos décadas, la estrategia digital consistió en atraer personas hacia una página corporativa. Ese modelo comienza a resquebrajarse.
Un agente no necesita fotografías espectaculares, menús animados ni páginas interminables. Necesita acceder rápidamente a información legible por máquinas. La consecuencia es clara: la arquitectura tecnológica ganará peso frente al diseño puramente visual.
No todas las webs desaparecerán. Un restaurante puede depender de Instagram o Google Maps, mientras una empresa de software B2B todavía necesita explicar integraciones, seguridad y precios. El diagnóstico dependerá del negocio, pero la dirección resulta evidente: perder tráfico humano ya no significará necesariamente perder ventas.
La batalla está en la atención
Branger rechaza que las nuevas generaciones hayan perdido completamente la capacidad de concentración. Los vídeos breves conviven con retransmisiones de cuatro horas, podcasts de dos horas y piezas de YouTube superiores a 20 minutos.
La atención no ha desaparecido; se ha vuelto selectiva. Cada plataforma ha construido su propio lenguaje y los algoritmos ya no muestran únicamente contenidos de amigos o perfiles conocidos.
Para las empresas, este cambio introduce una paradoja. Nunca fue tan barato crear un producto digital, pero nunca fue tan difícil distribuirlo. Una pyme puede competir desde un teléfono con una multinacional, aunque dispone apenas de unos segundos para demostrar que merece ser escuchada.
Lo humano se convierte en producto premium
La producción automatizada está inundando internet de textos, imágenes y vídeos difíciles de distinguir. Frente a esa abundancia, la autenticidad adquiere valor económico.
Branger anticipa un mercado dividido entre conocimiento industrializado y conocimiento humano certificado. Del mismo modo que un consumidor paga más por un producto artesanal, también podría abonar una prima por hablar con un experto real.
Checa introduce un límite razonable: las personas delegarán la compra de dentífrico o papel higiénico, pero buscarán contacto humano para decidir sobre una hipoteca, una inversión o su formación. Cuanto mayor sea el riesgo, menor será la disposición a entregarlo completamente a una máquina.
Estudiar para conectar puntos
La frase de Huang —«da igual lo que estudies»— no supone que la formación haya dejado de importar. Su argumento es que cualquier disciplina puede conservar valor cuando se combina con inteligencia artificial, creatividad y capacidad de adaptación.
El Foro Económico Mundial calcula que el 39% de las habilidades esenciales cambiará antes de 2030. Crecerán la alfabetización tecnológica, el análisis, la resiliencia, la curiosidad y el aprendizaje permanente.
La ventaja profesional ya no estará en dominar la última herramienta, que puede quedar obsoleta en meses. Estará en aprender rápido, formular buenas preguntas, comunicar con claridad y conectar conocimientos dispersos. La información se abarata; el criterio permanece.