Villarroya: EEUU tumba a Maduro para blindar el petrodólar

El historiador advierte de que la operación en Venezuela no es ideológica ni humanitaria, sino un movimiento de poder desnudo para controlar el crudo, preservar el dólar y ensayar nuevas formas de intervención global

Imagen en miniatura del vídeo donde se observa a José Miguel Villarroya durante la entrevista en Negocios TV.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Villarroya: EEUU tumba a Maduro para blindar el petrodólar

La reciente detención de Nicolás Maduro y la intervención abierta de Estados Unidos en Venezuela han devuelto al primer plano un mensaje incómodo: Washington actúa porque nadie tiene capacidad real de detenerlo.
El historiador y analista José Miguel Villarroya sostiene que no estamos ante un arranque moral ni ante la enésima cruzada contra una dictadura, sino ante una operación milimétricamente calculada para asegurar petróleo, influencia y estabilidad financiera.
El episodio revela, además, fracturas internas en el chavismo, con sospechas de complicidad de altos cargos y una transición diseñada para evitar una guerra civil que nadie quiere pagar.


Al mismo tiempo, otros países —de México a Irán, pasando por Cuba, Colombia o incluso Groenlandia— aparecen ya en los mapas estratégicos de Washington, convertidos en piezas de un tablero que va mucho más allá de Caracas.
La pregunta de Villarroya es tan cruda como su diagnóstico: «Estados Unidos hace lo que hace porque nadie se lo impide». Lo inquietante es lo que esa frase implica para el futuro del sistema internacional.

Un poder sin freno en un orden agotado

Para José Miguel Villarroya, la operación en Venezuela es la enésima prueba de que el orden internacional posterior a 1945 está exhausto. Las normas siguen escritas, los foros siguen reuniéndose, pero la capacidad de sancionar a la primera potencia militar y financiera del planeta es prácticamente nula.

«Estados Unidos hace lo que hace porque nadie se lo impide», resume el historiador. La ausencia de respuestas contundentes —ni sanciones, ni aislamiento, ni costes reales— confirma, a su juicio, que la arquitectura multilateral funciona solo mientras no choca con intereses vitales de Washington.

Detener a un jefe de Estado, trasladarlo a otro país y someterlo a un juicio por narco-terrorismo cruzaría todas las líneas rojas del Derecho Internacional clásico, pero el choque entre legalidad y poder se resuelve, una vez más, a favor del segundo. La lectura que realizan muchas capitales es inequívoca: la soberanía es condicional cuando se gestionan recursos estratégicos, rutas críticas o rivalidades sistémicas.

Este hecho revela un cambio de fondo: las reglas ya no son el marco, sino una herramienta más que las grandes potencias interpretan o ignoran según convenga. Venezuela es solo el ejemplo más visible de un patrón que podría repetirse allí donde se crucen crudo, crimen organizado y desafíos al dólar.

Petróleo y petrodólar: el núcleo duro de la operación

Villarroya desmonta la coartada humanitaria con una frialdad casi quirúrgica. Detrás del discurso sobre la «narcodictadura» y la defensa de la democracia, identifica dos objetivos prioritarios:

  • Asegurar el control efectivo del petróleo venezolano, en un país que concentra cerca del 18 % de las reservas probadas mundiales, pero produce menos del 1 % del crudo global por la degradación de PDVSA.

  • Preservar el sistema del petrodólar, amenazado por los intentos de los países BRICS de cerrar operaciones energéticas en yuanes, rublos o monedas locales.

Permitir que un régimen inestable, sancionado y cada vez más dependiente de Rusia, China o Irán gestione ese volumen potencial de crudo fuera del circuito dólar supondría, a medio plazo, un riesgo sistémico para la arquitectura financiera estadounidense.

La operación, por tanto, no se explica solo por Caracas. Es una señal para todo el que esté tentado de salirse del carril del dólar en materias primas estratégicas. En términos de poder duro, el mensaje es inequívoco: quien juegue con el petrodólar juega con la línea roja de la primera potencia mundial.

Traición en Miraflores: una operación imposible sin complicidad interna

Uno de los puntos más delicados del análisis de Villarroya es la hipótesis de traición dentro del propio régimen de Maduro. La facilidad con la que se ejecutó la operación, la ausencia de una defensa militar coordinada y la rapidez del control del territorio clave llevan al historiador a una conclusión: «Sin colaboración interna, esto no sale».

En su lectura, altos cargos del círculo de poder chavista habrían facilitado información, desactivado resistencias o permitido accesos críticos. Entre las figuras señaladas con más insistencia aparece la vicepresidenta Delcy Rodríguez, a la que Villarroya ve como posible pieza central de una transición pactada.

No se trata solo de conspiraciones de palacio. La estructura de poder venezolana acumula años de tensiones internas, rivalidades entre facciones, disputas por rentas ilícitas y miedo a represalias internacionales. En ese contexto, una parte del aparato puede haber hecho un cálculo frío: sacrificar a Maduro para preservar su propia supervivencia política, jurídica y económica en un escenario post-chavista tutelado.

La operación no solo captura a un líder; destapa un régimen menos monolítico de lo que aparentaba y deja claro que, en situaciones límite, la lealtad ideológica pesa menos que la autoconservación.

Washington quiere estabilidad, no democracia ejemplar

Otro de los elementos centrales del análisis de Villarroya es el pragmatismo extremo de la estrategia estadounidense. No se trata tanto de imponer un modelo político como de garantizar un nivel mínimo de estabilidad que haga gobernable el país y explotables sus recursos.

Por eso, explica, figuras opositoras como María Corina Machado quedan, de facto, fuera del tablero negociador. No por falta de apoyo popular, sino porque un giro drástico hacia una oposición radical podría desencadenar una guerra civil, reactivar a las milicias, abrir la puerta a una intervención directa que Washington no quiere gestionar.

La casilla que busca Estados Unidos en Miraflores es distinta:

  • Un gobierno capaz de garantizar orden interno con el menor número posible de tropas estadounidenses sobre el terreno.

  • Un marco jurídico que permita a las grandes petroleras operar, recuperar deudas y acometer inversiones millonarias.

  • Y una actitud “responsable” en política exterior: nada de aventuras monetarias contra el dólar ni alianzas militares profundas con Moscú o Pekín.

En ese contexto, la preferencia por perfiles de transición ligados al viejo aparato, como Delcy Rodríguez, obedece a un cálculo muy concreto: los que conocen la maquinaria del poder están en mejores condiciones de garantizar que el Estado no se descomponga mientras se reordenan los contratos y las alianzas.

Un mapa de presiones que va de México a Irán

Venezuela, subraya Villarroya, no es un caso aislado. Forma parte de un mapa más amplio en el que México, Cuba, Colombia, Irán e incluso Groenlandia aparecen como escenarios prioritarios de presión y posible intervención.

En México, el control territorial de los cárteles y el impacto del fentanilo han sido elevados a la categoría de amenaza directa a la seguridad nacional estadounidense, abriendo la puerta a designar a organizaciones criminales como grupos terroristas y a presionar por operaciones conjuntas cada vez más intrusivas.

En Colombia, la mezcla de posconflicto, reacomodo de grupos armados y tráfico de drogas convierte al país en socio vigilado, donde cualquier desviación de la línea marcada por Washington puede tener consecuencias en términos de ayuda militar y financiera.

En Cuba, la combinación de crisis económica extrema y pérdida de apoyo energético venezolano alimenta en la Casa Blanca la idea de una implosión interna “barata”, sin necesidad de intervención directa.

En Irán, el pulso por el programa nuclear y la influencia regional sigue vivo, mientras el Ártico —con Groenlandia como pieza simbólica— emerge como nuevo frente de recursos y rutas comerciales. Allí, la frase de Villarroya es contundente: «La pregunta no es si Estados Unidos podría ocupar Groenlandia, sino quién estaría en condiciones reales de impedírselo».

El hilo común es claro: Washington está reordenando su periferia estratégica, asegurando posiciones y probando los límites de la respuesta internacional. Venezuela es, en esta lógica, un laboratorio de intervención para la década que viene.

September 9, 2024, Brussels, Bxl, Belgium: Ursula von der LEYEN, President of the European Commission, attends a press conference for the presentation of Mario Draghi's report on Europe's competitiveness in Brussels on 09/09/2024. The report is expected to include key recommendations for Europe's economic future, focusing on investment and competition against the U.S. and China  by Wiktor Dabkowski,Image: 906017582, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto
September 9, 2024, Brussels, Bxl, Belgium: Ursula von der LEYEN, President of the European Commission, attends a press conference for the presentation of Mario Draghi's report on Europe's competitiveness in Brussels on 09/09/2024. The report is expected to include key recommendations for Europe's economic future, focusing on investment and competition against the U.S. and China by Wiktor Dabkowski,Image: 906017582, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto

Europa y la irrelevancia de los espectadores

En este tablero, Europa aparece como gran ausente. Más allá de comunicados y gestos diplomáticos, Villarroya señala que la UE carece hoy de herramientas efectivas para condicionar la política estadounidense en su “patio trasero”.

La combinación de dependencia de la seguridad atlántica, división interna y fragilidad económica ha reducido la capacidad del continente para ejercer un papel de árbitro o contrapeso, incluso en escenarios donde tiene intereses directos: inversiones energéticas, deuda soberana, empresas expuestas a cambios regulatorios o a procesos judiciales derivados del caso venezolano.

El resultado es un fenómeno preocupante: las decisiones que reconfiguran el mapa de América Latina se toman entre Washington y, en menor medida, Moscú y Pekín, mientras Bruselas y las capitales europeas se limitan a reaccionar sobre hechos consumados.

El diagnóstico de Villarroya es duro, pero difícil de esquivar: «Europa se ha acostumbrado a denunciar los excesos del poder estadounidense, pero ya no tiene capacidad real para corregirlos».

Lo que Venezuela revela del sistema internacional

La crisis venezolana, en la lectura de José Miguel Villarroya, es un espejo incómodo del sistema internacional contemporáneo. Muestra un poder hegemónico que actúa sin frenos externos, unas élites locales dispuestas a negociar su supervivencia, unas potencias rivales que eligen cuidadosamente cuándo plantar cara y unas instituciones internacionales que han perdido capacidad prescriptiva.

En ese contexto, la captura de Maduro y lo que venga después —el juicio, las condenas, la transición tutelada— no son el final de un ciclo, sino el prólogo de una etapa en la que los “casos Venezuela” podrían multiplicarse allí donde confluyan recursos críticos, regímenes débiles y márgenes de impunidad para las grandes potencias.

La pregunta, como siempre, no es solo qué hará Estados Unidos, sino quién —y cómo— será capaz de fijarle límites reales. Porque, mientras esa respuesta no exista, la frase de Villarroya seguirá vigente: “EEUU hace lo que hace porque nadie se lo impide”. Y esa constatación pesa mucho más allá de Caracas.

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