Gustavo de Arístegui advierte: Sheinbaum debe centrarse en México antes que en Venezuela o EEUU

El diplomático español advierte contra un ataque prematuro a Teherán, reivindica la claridad de Trump y alerta del aislamiento de México bajo el nuevo populismo

Retrato del diplomático español Gustavo de Arístegui durante su análisis geopolítico para Negocios TV<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Retrato del diplomático español Gustavo de Arístegui durante su análisis geopolítico para Negocios TV

En un contexto marcado por guerras abiertas, tensiones latentes y una proliferación de discursos simplistas, la voz de Gustavo de Arístegui irrumpe como un análisis incómodo, pero difícil de ignorar. Diplomático de carrera, exembajador y profundo conocedor de Oriente Próximo y América Latina, su diagnóstico rompe con muchas de las consignas dominantes en el debate internacional.

Arístegui rechaza de plano una ofensiva militar contra Irán en este momento, alerta de que el terrorismo yihadista sigue siendo una amenaza central y no un eco del pasado y se atreve a reivindicar la política exterior de Donald Trump frente a la deriva actual de Washington.

En paralelo, lanza una advertencia severa hacia México y hacia el papel de Claudia Sheinbaum, a quien sitúa dentro del nuevo populismo latinoamericano, con un riesgo evidente de aislamiento regional si se persevera en ciertas posiciones.

El resultado es un mapa geopolítico donde las naciones emergentes, lejos de poder refugiarse en la ambigüedad, se ven obligadas a decidir dónde quieren estar y qué precio están dispuestas a pagar por ello.

Una voz incómoda en medio del ruido

La intervención de Gustavo de Arístegui llega en un momento en que el debate internacional se fragmenta entre consignas, redes sociales y análisis superficiales. Frente a ello, el diplomático propone algo poco frecuente: introducir matices en un contexto dominado por posiciones maximalistas. Ni la demonización automática de ciertos regímenes, ni la indulgencia disfrazada de neutralidad, son, a su juicio, respuestas adecuadas.

Arístegui parte de una premisa clara: el orden internacional atraviesa una fase de transición estructural, donde las potencias tradicionales han perdido capacidad de arbitraje, las emergentes aún no la han consolidado y los actores no estatales siguen ganando terreno. En ese marco, las decisiones precipitadas —sobre todo las de carácter militar— tienden a producir efectos contrarios a los buscados.

“Es en estos momentos de fragilidad cuando más tentador resulta simplificar los problemas complejos en soluciones militares rápidas”, viene a advertir. Pero el diplomático recuerda que, en Oriente Próximo o en América Latina, cada error estratégico se paga durante décadas, y no sólo con indicadores económicos o balances de poder, sino con vidas y legitimidades internas erosionadas.

Irán, Israel y el riesgo de una chispa irreversible

Uno de los ejes centrales de su análisis es el pulso entre Irán e Israel, epicentro de una tensión regional que se prolonga desde hace años y que ha entrado en una fase especialmente delicada. Arístegui no ahorra críticas al régimen de los ayatolás, al que señala por su agenda desestabilizadora, su apoyo a milicias en terceros países y su política interior represiva. Sin embargo, el salto lógico hacia una ofensiva militar, advierte, no sólo no resolvería el problema, sino que podría agrandarlo de manera exponencial.

En su opinión, un ataque contra Irán en el momento actual podría desencadenar una respuesta en cadena en escenarios como Siria, Líbano, Irak y el golfo Pérsico, con riesgo de implicar de forma indirecta a actores globales. Israel, que se ve a sí mismo como rodeado y permanentemente amenazado, podría verse empujado a una escalada que debilitaría todavía más su posición diplomática en el resto de la región.

El diplomático insiste en una idea clave: no se pueden confundir capacidades potenciales con amenazas inminentes. Convertir esa confusión en doctrina militar, señala, es una receta para la catástrofe.

Por qué un ataque ahora fortalecería a Teherán

Arístegui formula un argumento que choca frontalmente con ciertos sectores que reclaman acción inmediata: un ataque militar contra Irán hoy sería, paradójicamente, un regalo político para el régimen. En un momento en que Teherán arrastra desgaste interno, sanciones, tensiones sociales y pérdida de influencia en algunos frentes, una agresión externa podría relegitimar a las élites en el poder.

La lógica es conocida en la historia reciente: cuando un régimen cuestionado consigue presentarse ante su población como víctima de una agresión extranjera, las fisuras internas tienden a cerrarse y el discurso nacionalista gana peso. Según Arístegui, eso es precisamente lo que ocurre ahora en Siria y Líbano, donde el peso de Irán se mantiene, pero sin la fortaleza incontestable de otros momentos.

De ahí su línea roja: sólo un avance nuclear “concreto y no especulativo” podría justificar la consideración de acciones armadas. Hasta que ese umbral no se cruce con evidencias verificables, la presión debe articularse por vías diplomáticas, económicas y de disuasión. Lo contrario sería convertir una amenaza gestionable en un conflicto abierto de consecuencias imprevisibles.

Trump, Biden y la seguridad que no sale en la foto

El otro elemento polémico de su intervención llega cuando aborda la política exterior de Estados Unidos. Lejos de sumarse al relato dominante en buena parte de Europa, Arístegui sostiene que la presidencia de Donald Trump ofreció una política exterior más estable y predecible que la de la actual administración demócrata.

La afirmación parece chocante en un primer vistazo, especialmente si se recuerda la retórica agresiva y las formas abruptas del expresidente. Pero el diplomático distingue entre el estilo comunicativo y la coherencia en las líneas maestras de acción: delimitación clara de enemigos y aliados, presión económica intensa sobre adversarios estratégicos y mensajes nítidos hacia socios clave.

Frente a eso, considera que la actual administración ha enviado señales contradictorias, especialmente en Oriente Próximo, lo que ha generado un margen de ambigüedad aprovechado por actores oportunistas. En su lectura, la claridad, incluso si es incómoda, es preferible al desconcierto que alimenta percepciones de debilidad.

El terrorismo yihadista, la amenaza que no desaparece

Donde el tono de Arístegui se vuelve especialmente severo es al analizar la Estrategia Nacional de Seguridad estadounidense reciente. Critica con dureza la tendencia a minimizar el terrorismo yihadista, tratándolo como un fenómeno secundario o circunscrito a regiones concretas, cuando los indicios, a su juicio, apuntan justo a lo contrario.

Para el diplomático, el hecho de que no se produzcan atentados masivos en Occidente con la frecuencia de hace una década no significa que la amenaza haya desaparecido. “Confundir ausencia de atentados con ausencia de amenaza es un error de manual”, viene a señalar. Redes durmientes, financiación difusa, propaganda digital y desestabilización en zonas frágiles siguen conformando un ecosistema de riesgo global.

La consecuencia de relegar el terrorismo yihadista a un segundo plano en los documentos estratégicos es doble: se desvía la atención de recursos operativos y de inteligencia hacia otras prioridades, y se envía a los grupos radicales el mensaje de que el foco internacional se ha desplazado. En un contexto de conflictos abiertos en varias regiones musulmanas, esa miopía puede acabar resultando extremadamente costosa.

México, Sheinbaum y la nueva deriva del populismo

Más al oeste, el análisis de Arístegui se detiene en México y en la llegada al poder de Claudia Sheinbaum, a quien sitúa sin ambages en la órbita del nuevo populismo latinoamericano. Su crítica no se centra sólo en la retórica, sino en la forma de posicionarse ante regímenes autoritarios de la región, con especial énfasis en Venezuela.

La resistencia de Sheinbaum a alinearse con las presiones internacionales sobre Caracas es interpretada por el diplomático como una continuidad doctrinal del lopezobradorismo: prioridad absoluta del principio de no intervención, incluso cuando eso implique evitar pronunciamientos claros ante violaciones de derechos humanos o deriva autoritaria. El resultado, advierte, puede ser un progresivo aislamiento de México en ciertos foros regionales e internacionales.

En su visión, el problema no es sólo de imagen. Si México se percibe como un actor dispuesto a proteger, por convicción ideológica o cálculo político, a gobiernos autoritarios, su capacidad de influencia moral y diplomática se verá seriamente erosionada. Y eso tiene efectos directos sobre su margen de maniobra para defender sus propios intereses en comercio, seguridad o migración.

El principio de no intervención bajo sospecha

Arístegui no niega el valor histórico del principio de no intervención en América Latina, concebido como escudo frente a intervenciones externas. Pero sostiene que convertirlo en dogma inmutable en pleno siglo XXI puede ser tan peligroso como ignorarlo. Cuando se utiliza para justificar silencios selectivos ante abusos evidentes, su función protectora se invierte.

“No se trata de intervenir en todas partes, sino de no amparar bajo la neutralidad lo que a todas luces son violaciones sistemáticas del orden democrático”, podría resumirse su posición. De ahí su llamada a que México “limpie su casa” antes de pretender proyectar influencia en escenarios más complejos: fortalecer instituciones, garantizar el Estado de derecho y clarificar sus alianzas.

En el fondo, la crítica del diplomático no es sólo a un país, sino a una tendencia más amplia entre algunas naciones emergentes: la tentación de refugiarse en discursos doctrinales para no asumir decisiones incómodas, aun cuando el coste de esa ambigüedad sea el aislamiento efectivo.

Naciones emergentes ante un orden internacional en disputa

El hilo que une todos los análisis de Arístegui —de Irán a Israel, de Washington a Ciudad de México— es una idea de fondo: las naciones emergentes ya no pueden limitarse a reaccionar, necesitan una estrategia propia en un orden internacional en disputa. Eso implica definir con claridad qué riesgos están dispuestas a asumir, qué principios están dispuestas a defender y qué alianzas quieren consolidar.

La advertencia es doble. Por un lado, los errores de cálculo —ya sea en forma de ataques prematuros, minusvaloración del terrorismo o alineamientos automáticos con regímenes cuestionados— tienen hoy un impacto multiplicado por la interdependencia global. Por otro, la ausencia de decisiones claras también es una decisión: dejar que otros definan el tablero y asumir las consecuencias a posteriori.

En un momento en que la política exterior se juega tanto en los despachos como ante la opinión pública, el discurso de Arístegui incomoda porque obliga a elegir. Y porque recuerda que, en la geopolítica real, la neutralidad absoluta rara vez existe y la improvisación casi siempre se paga.

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