Intervención estadounidense en Venezuela: ¿Un nuevo Afganistán en el Caribe?
Eduardo Irastorza alerta de un cambio de paradigma: control en la sombra en América Latina mientras la verdadera disputa se desplaza hacia Asia y las armas hipersónicas
La reciente acción militar de Estados Unidos en Venezuela no es solo la captura de un líder incómodo, sino una demostración de fuerza que cambia las reglas del juego geopolítico. El profesor y analista Eduardo Irastorza la define como un “golpe espectacular”, ejecutado con una eficacia que ha dejado desconcertados tanto a aliados como a adversarios.
La operación abre una nueva etapa en la que Washington muestra que está dispuesto a volver a usar poder duro sin el corsé del orden internacional que decía limitarlo.
Sin embargo, el verdadero interrogante no es cómo se ha ganado esta batalla, sino qué vendrá después: quién controlará el territorio, cómo reaccionarán los actores regionales y qué coste tendrá este movimiento en un mundo atravesado por armas hipersónicas, potencias emergentes y conflictos latentes en Asia.
Lo que ha sucedido en Caracas puede ser solo el prólogo de un rediseño más profundo del equilibrio global.
Un golpe espectacular con mensaje global
Irastorza no escatima en calificativos: la intervención en Venezuela ha sido un “golpe espectacular”, tanto en términos operativos como simbólicos. En menos de 72 horas, Estados Unidos ha demostrado capacidad para penetrar, golpear y extraer a un jefe de Estado en ejercicio, neutralizar estructuras clave y marcar la agenda informativa mundial. El mensaje va mucho más allá de Caracas: Washington sigue pudiendo imponer hechos consumados cuando decide mover todas sus piezas.
El contraste con la aparente fatiga intervencionista de los últimos años es llamativo. Tras dos décadas de guerras costosas, muchos daban por sentado que la Casa Blanca se limitaría a sanciones, drones y retórica. La operación venezolana rompe esa narrativa: el poder militar no había desaparecido, simplemente esperaba una oportunidad que considerara políticamente rentable.
Según Irastorza, lo más relevante no es la precisión del golpe, sino el subtexto: “Estados Unidos ha querido recordar que sigue siendo el único actor capaz de proyectar fuerza global en cuestión de horas”. La consecuencia es clara: otros líderes bajo presión —en América Latina, África o Asia Central— toman nota de que el “nunca más” a las intervenciones directas tenía más de deseo que de doctrina.
Del “nunca más” a la vuelta de la fuerza
Durante años, el discurso dominante en Washington giró en torno a la idea de evitar nuevas “aventuras” como Irak o Afganistán. La narrativa del nation building fracasado, las cifras de más de 7.000 soldados estadounidenses muertos y los trillones de dólares gastados se convirtieron en advertencia permanente. Sin embargo, el caso venezolano muestra un giro sutil pero decisivo: no se renuncia a la fuerza, se redefine su formato.
Irastorza subraya que el objetivo de esta operación no es ocupar un país durante décadas, sino alterar quirúrgicamente el equilibrio interno, colocar a actores considerados manejables y condicionar desde fuera la transición. Se trata de un modelo que evita la foto de marines patrullando barrios durante años, pero no renuncia a la capacidad de tumbar gobiernos y redibujar alianzas.
Este hecho revela una verdad incómoda para el orden internacional liberal: las reglas sobre soberanía y no injerencia se respetan mientras no chocan con los intereses vitales de las grandes potencias. Venezuela, con más del 17% de las reservas probadas de petróleo del mundo y conexiones con Irán, Rusia y el crimen organizado, se ha convertido en un laboratorio perfecto para ese nuevo viejo paradigma.
La lección de Irak y Afganistán: control en la sombra
La diferencia clave con Irak y Afganistán, según explica Irastorza, reside en la modalidad de control posterior. Trump —y quienes diseñan ahora la estrategia— no quieren repetir el modelo de 150.000 soldados desplegados durante años, bases permanentes y un goteo constante de bajas. La apuesta es gobernar en la sombra, apoyándose en fuerzas locales, asesores, contratos petroleros y un denso entramado de inteligencia.
En la práctica, esto significa delegar en estructuras internas —militares, tecnocráticas y partidarias— el día a día del poder, mientras Washington marca las líneas rojas: narcotráfico, alineamientos geopolíticos, gestión de los hidrocarburos. Un esquema que reduce el coste directo para Estados Unidos, pero que también limita su capacidad de control fino si la situación se degrada.
El riesgo, advierte Irastorza, es que se reproduzca un patrón conocido: “Se gana la entrada, pero se improvisa la salida”. Sin presencia significativa sobre el terreno, cualquier vacío puede ser ocupado por actores armados, mafias o facciones del propio chavismo reconvertidas en señores de la guerra. El control en la sombra puede ser eficiente… hasta que deja de serlo.
El riesgo de una insurgencia de baja intensidad
El éxito táctico no garantiza la estabilidad estratégica. Venezuela es un país con fronteras porosas con Colombia, Brasil y Guyana, presencia de grupos armados como ELN y disidencias de las FARC, y redes de narcotráfico profundamente implantadas. El escenario que más inquieta a Irastorza no es el de una guerra abierta, sino el de una insurgencia de baja intensidad, difícil de erradicar y devastadora para la reputación estadounidense.
Basta con que un 5%-10% de las actuales estructuras armadas decida pasar a la clandestinidad y operar como fuerza de desgaste para que el país entre en una fase de violencia crónica: sabotajes a oleoductos, secuestros, ataques a instalaciones energéticas, extorsión a empresas extranjeras. Todo ello generaría la imagen de un “protectorado fallido” en el que Estados Unidos aparece como garante incapaz de dar seguridad.
Lo más grave, señala el analista, es que ese tipo de conflictos tiende a contagiar a los países vecinos, multiplicando el flujo de refugiados, el contrabando y la inseguridad transfronteriza. Lo que hoy se presenta como un éxito quirúrgico podría convertirse, si se combina con mala gestión y resistencias internas, en un Irak de baja intensidad pegado al Caribe.
Armas hipersónicas y el fin de la profundidad estratégica
Mientras Venezuela monopoliza los titulares, el tablero militar global se está transformando por otra vía: las armas hipersónicas. Irastorza recuerda que Corea del Norte ya ha probado sistemas capaces de superar velocidades de Mach 5, reduciendo dramáticamente el tiempo de reacción de cualquier defensa convencional. Donde antes había 20-30 minutos para evaluar y responder, ahora puede haber menos de 10.
Esta revolución tecnológica no es un detalle técnico: erosiona conceptos básicos de la doctrina militar clásica, como la profundidad estratégica y la seguridad en retaguardia. En un mundo donde un misil hipersónico puede alcanzar infraestructuras críticas en cuestión de minutos, la tentación de ataques preventivos y escaladas rápidas crece exponencialmente.
El diagnóstico de Irastorza es inquietante: “Cuanto más rápido se puede golpear, más peligroso se vuelve equivocarse”. La combinación de decisiones políticas arriesgadas —como la intervención en Venezuela— y sistemas de armas cada vez más veloces y difíciles de interceptar aumenta la probabilidad de errores de cálculo con consecuencias irreversibles.
China, el verdadero contrincante en la mente de Washington
En este contexto, Irastorza subraya que Venezuela no es el centro del tablero, sino una casilla importante en un juego mayor. El verdadero contrincante estratégico, insiste, es China, no por un conflicto directo inmediato, sino por su capacidad de disputar influencia económica, tecnológica y militar en casi todos los continentes.
Pekín, de momento, evita una confrontación abierta por Taiwán. La apuesta es otra: una estrategia de integración económica gradual, incremento de la dependencia comercial y financiera de sus vecinos y proyección de poder a través de infraestructuras y tecnología. La lógica es simple: si la región considera que su prosperidad depende más de China que de Estados Unidos, el alineamiento militar vendrá después.
En esa jugada, lo que sucede en Venezuela se lee desde Pekín como un aviso y una oportunidad. Aviso, porque muestra hasta dónde puede llegar Washington cuando siente amenazados sus intereses. Oportunidad, porque un eventual desgaste estadounidense en América Latina puede liberar recursos y espacio de maniobra para China en Asia y África.
Myanmar, el eslabón olvidado del tablero asiático
Entre las múltiples piezas del tablero asiático, Irastorza destaca una que suele pasar desapercibida en el debate público: Myanmar. Su ubicación, conectando el interior de Asia con el océano Índico, la convierte en punto clave para proyectos de infraestructuras y corredores energéticos impulsados por China, que busca acceso al mar sin pasar por los cuellos de botella del estrecho de Malaca.
Para Pekín, Myanmar es un laboratorio de influencia silenciosa: inversiones, puertos, oleoductos, acuerdos con élites militares. Para Washington y sus aliados, se trata de un flanco vulnerable que puede definir la capacidad china de proyectar poder hacia el Índico y, por extensión, hacia Oriente Medio y África. La creciente militarización de la zona, unida al auge de las armas hipersónicas, convierte cualquier crisis local en un potencial detonante regional.
Irastorza advierte que, mientras la atención mediática se concentra en Caracas o Kiev, se están consolidando posiciones estratégicas en lugares como Myanmar que tendrán más peso en el equilibrio de poder de las próximas décadas que muchas cumbres diplomáticas.
Lo que se juega Europa y América Latina en este nuevo escenario
Aunque la operación en Venezuela y la rivalidad con China parecen historias lejanas, Europa y América Latina tienen mucho más que perder —o ganar— de lo que sugiere el primer vistazo. Para la UE, un mayor involucramiento estadounidense en el hemisferio occidental puede significar menos atención y recursos para el flanco europeo, justo cuando la guerra en Ucrania y la dependencia energética siguen abiertas.
Para América Latina, el riesgo es convertirse de nuevo en tablero de juego y no en jugador. Si el modelo aplicado en Venezuela —golpe quirúrgico, control en la sombra, reordenamiento energético— se replica en otros países, la región podría ver resucitar dinámicas de tutela externa y polarización interna que se creían amortiguadas. En el mejor de los casos, una gestión inteligente podría traducir la nueva atención geopolítica en inversiones, infraestructuras y estabilidad; en el peor, en más intervenciones, más deuda de seguridad y menos soberanía real.
En síntesis, la operación en Venezuela es, como dice Irastorza, mucho más que un cambio de régimen. Es una pieza visible de un reajuste silencioso del poder global, en el que se mezclan viejas lógicas de intervención con nuevas tecnologías de destrucción y una carrera estratégica que tiene a Asia como horizonte. Lo que se decida hoy en Caracas, Pyongyang, Pekín o Naypyidaw no solo afectará a los gobiernos de turno, sino al tipo de mundo en el que vivirán las próximas generaciones.