La respuesta de los parqués neoyorquinos al veredicto judicial ha sido de un entusiasmo moderado pero con un indudable calado estratégico. El Dow Jones se anotó un avance del 0,47%, secundado por el signo positivo en el S&P 500 y el Nasdaq 100, en lo que los analistas consideran una tregua técnica de corto alcance. Este hecho revela que los inversores han recibido la sentencia como un balón de oxígeno para las multinacionales con una estructura de suministro altamente globalizada. El diagnóstico es claro: el mercado ya había descontado el escenario más sombrío de proteccionismo ciego, iniciando ahora un reequilibrio de capital hacia aquellos sectores que habían sido sistemáticamente castigados por la incertidumbre arancelaria. La consecuencia es una rotación de carteras que busca aprovechar este alivio procedimental, aunque la sombra de nuevas órdenes ejecutivas sugiere que este optimismo podría tener una fecha de caducidad muy próxima.
La agonía del «excepcionalismo americano»
El diagnóstico de Michael Hartnett es inequívoco: el capital global está ejecutando un pivote estratégico masivo. La hegemonía absoluta de Wall Street, que parecía inexpugnable hace apenas dos años, se está desmoronando ante una combinación tóxica de valoraciones extremas y un enfriamiento de la narrativa tecnológica que ha sostenido al S&P 500. El hecho de que Estados Unidos haya pasado de captar el 92% de los flujos mundiales a un escaso 26% revela un agotamiento del modelo de crecimiento basado en la expansión de múltiplos de las Big Tech.
Este hecho revela que los inversores internacionales han dejado de percibir a EE. UU. como el único puerto seguro en medio de la tormenta. La consecuencia es clara: el dinero está migrando hacia latitudes con valoraciones más racionales y perspectivas de crecimiento menos dependientes del sector del silicio. La brecha de valoración del S&P 500, que cotiza con una prima de riesgo históricamente baja respecto al resto del mundo, ha dejado de ser un incentivo para convertirse en una señal de alarma. El contraste con la situación de 2022 resulta demoledor; entonces, la fe en la resiliencia americana era ciega; hoy, el mercado exige una prudencia que Wall Street no puede satisfacer.
La «Gran Rotación»: el despertar de los mercados olvidados
La huida de las costas estadounidenses ha dado paso a lo que los analistas denominan la «Gran Rotación» de 2026. Este flujo de capital, antes cautivo en el Nasdaq y el Dow Jones, está encontrando refugio en los mercados de Europa, Japón y las economías emergentes. Estos destinos ofrecen hoy lo que Wall Street ha perdido: un margen de seguridad basado en fundamentales sólidos y valoraciones que no descuentan escenarios de ciencia ficción. El diagnóstico es que el capital global busca ahora diversificación ante el riesgo de un aterrizaje forzoso en la economía estadounidense provocado por la inestabilidad institucional.
Japón, con una inflación que se ha moderado al 1,5%, y Europa, a pesar de sus desafíos energéticos, presentan hoy oportunidades de valor que habían sido ignoradas durante el ciclo de tipos bajos. Este hecho revela un retorno a la ortodoxia financiera. Los gestores de fondos ya no buscan el crecimiento a cualquier precio, sino la protección del capital en activos que puedan resistir un entorno de fragmentación comercial. La consecuencia es una redistribución de la riqueza financiera mundial que podría redefinir el equilibrio de poder en los mercados durante la próxima década, restando a Nueva York su capacidad de dictar el ritmo de la economía global.
El bumerán de los aranceles: Trump ante el vacío inversor
La agresividad comercial de la administración Trump, que ha decidido ignorar al Tribunal Supremo para imponer un arancel global del 10%, está actuando como el principal catalizador de esta fuga de capitales. El mercado detesta la incertidumbre jurídica, y el desafío del Ejecutivo a la máxima instancia judicial del país ha encendido todas las luces de alarma sobre la seguridad de las inversiones en suelo estadounidense. El diagnóstico es que los aranceles, lejos de fortalecer la industria nacional, están encareciendo la estructura de costes de las empresas y provocando un éxodo inversor hacia mercados más estables.
Lo más grave es que esta política de «puño de hierro» comercial está teniendo un efecto bumerán. Mientras Trump intenta proteger el mercado interno, el capital huye ante la perspectiva de represalias internacionales que hundirán los beneficios de las multinacionales estadounidenses. «Estamos ante una paradoja económica: el intento de imponer la soberanía americana a través de los aranceles está debilitando el principal pilar de esa soberanía: el dominio del dólar y de sus mercados financieros», señalan fuentes de la banca de inversión. La consecuencia es un debilitamiento del tejido bursátil que sustenta la jubilación y el ahorro de millones de estadounidenses.