Washington combina presión militar, negociación nuclear y un nuevo choque comercial mientras los mercados descuentan más tensión, energía cara y menor crecimiento

Balance de la semana: Trump desata un arancel global del 15% en plena crisis con Irán

La semana que termina este 22 de febrero ha dejado un mensaje inequívoco: la política de Estados Unidos vuelve a tensionar simultáneamente los dos grandes ejes de riesgo global, Oriente Medio y el comercio internacional.

Mientras se multiplican los temores a un ataque contra Irán en plena negociación nuclear, Teherán exhibe músculo militar con maniobras conjuntas con China y Rusia en el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del crudo mundial.

En paralelo, el presidente Donald Trump ha reaccionado al revés sufrido en el Tribunal Supremo —que ha tumbado parte de sus aranceles unilaterales— con una nueva escalada: un arancel universal del 15% a todas las importaciones.

El resultado es un cóctel de inseguridad jurídica, riesgo geopolítico y miedo a un nuevo golpe al comercio global cuando la economía aún no ha consolidado su recuperación.

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EPA/SEPAHNEWS HANDOUT

Tensión máxima en el Estrecho de Ormuz

El foco militar ha vuelto a situarse en el Estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que puede pasar hasta una quinta parte del petróleo y del gas licuado que se mueve por mar. La decisión de Irán de realizar maniobras navales conjuntas con China y Rusia en la zona no es un gesto rutinario: es una señal de que Teherán quiere demostrar que no está aislado y que puede complicar la logística energética mundial si se siente amenazado.

Washington ha filtrado la posibilidad de ataques “quirúrgicos” contra instalaciones militares o de apoyo a milicias aliadas de Irán en la región. El recuerdo de episodios anteriores —desde el cierre parcial del Estrecho en los años ochenta hasta los sabotajes a petroleros más recientes— pesa sobre las salas de negociación y sobre los mercados de materias primas.

Lo más grave es que la diplomacia y la demostración de fuerza avanzan en paralelo, no en secuencia. Estados Unidos insiste en que “todas las opciones están sobre la mesa”, mientras Irán responde con nuevas pruebas de misiles y exhibición de drones. El resultado es un riesgo permanente de error de cálculo: basta un incidente mal gestionado para disparar el precio del crudo varios dólares por barril en cuestión de horas.

Un acuerdo nuclear que avanza entre sospechas

En este contexto, las señales de avance en la negociación nuclear parecen casi contradictorias. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha dejado entrever que podría haber un borrador de acuerdo “en cuestión de días”. Entre las opciones sobre la mesa figura permitir a Irán una “enriquecimiento simbólico” de uranio, muy por debajo del umbral militar, a cambio de una supervisión más estricta y alivio gradual de sanciones.

Sobre el papel, el esquema recuerda a acuerdos anteriores: límites de enriquecimiento, controles de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y un calendario para descongelar parte de los activos iraníes bloqueados, que se estiman en más de 80.000 millones de dólares. Sin embargo, la diferencia clave es el clima político en Washington y Teherán, mucho más enrarecido que en rondas previas.

En Irán, los sectores más duros del régimen recelan de cualquier compromiso que pueda interpretarse como debilidad frente a Estados Unidos. En el lado estadounidense, parte del establishment considera que cualquier concesión será utilizada por Teherán para financiar a sus aliados regionales. El resultado es una negociación en la que ambas partes buscan un acuerdo que puedan vender como victoria interna, aun a costa de dejar problemas estructurales sin resolver.

El nuevo pulso arancelario de Trump tras el revés del Supremo

Mientras se despliega este tablero geopolítico, la otra gran noticia de la semana ha llegado desde el Tribunal Supremo de Estados Unidos. SCOTUS ha tumbado parte de los aranceles que Trump aplicó en los últimos años a determinados países y sectores sin pasar por el Congreso, al entender que excedían las competencias del Ejecutivo en materia de seguridad nacional.

Lejos de recular, Trump ha optado por redoblar la apuesta: anuncio de un arancel universal del 15% a todas las importaciones, independientemente del origen o el producto. El presidente sostiene que este diseño generalista evita las objeciones del Supremo y que la Constitución le ampara si justifica la medida como imprescindible para proteger la industria y el empleo estadounidenses.

El diagnóstico es inequívoco: Estados Unidos, que ya había elevado la presión comercial con aranceles específicos de entre el 10% y el 25% en sectores como el acero, el automóvil o la tecnología, abre ahora un nuevo frente con un gravamen sistemático. Para los socios comerciales, la señal es devastadora: se acaba la excepcionalidad y se institucionaliza una política de “guerra arancelaria permanente”, con el riesgo de respuestas simétricas por parte de otras potencias.

Impacto del arancel universal del 15% en la economía global

La dimensión económica de la medida es considerable. Estados Unidos importa bienes por valor de cerca de 3 billones de dólares anuales. Un arancel universal del 15% equivale, sobre el papel, a un impuesto adicional potencial de 450.000 millones de dólares al año sobre las cadenas globales de suministro. Aunque parte de ese coste se absorberá vía márgenes y desviación de comercio, el impacto inflacionista es difícil de evitar.

Para muchas economías exportadoras, especialmente en Asia y Europa, el golpe puede traducirse en una caída inmediata de pedidos industriales, márgenes más estrechos y presión para trasladar parte de la producción a suelo estadounidense. Sectores como la automoción, la electrónica de consumo, el textil o el equipamiento industrial se enfrentan a una renegociación forzosa de precios y contratos.

El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras la Unión Europea intenta mantener un mercado abierto con ajustes selectivos y China combina apertura formal con control interno, Estados Unidos se mueve hacia un modelo de proteccionismo generalizado. Si el resto del mundo responde con aranceles espejo, el riesgo es una fragmentación del comercio internacional similar, en intensidad, a la de finales de los años treinta.

Energía cara y riesgo de estanflación

La combinación de tensión en Oriente Medio y choque arancelario tiene una consecuencia casi automática: presión al alza sobre los precios. El crudo ha reaccionado con subidas de entre el 5% y el 7% en la semana, impulsado tanto por las maniobras en Ormuz como por el temor a interrupciones en el suministro. Cada 10 dólares adicionales por barril restan varias décimas al crecimiento global y añaden otras tantas a la inflación, según estimaciones de organismos internacionales.

A este shock energético se suma el encarecimiento de bienes importados por el nuevo arancel estadounidense. El riesgo es un escenario de estanflación suave: menor crecimiento, pero precios persistentemente altos, en un momento en que muchos bancos centrales apenas empiezan a recortar tipos. Las economías emergentes, más dependientes de la energía importada y del acceso a dólares, aparecen entre las más vulnerables.

Lo más grave para los gobiernos es que la capacidad de respuesta fiscal y monetaria está limitada tras años de deuda elevada y tipos extraordinariamente bajos. No se trata solo de gestionar un repunte puntual de precios, sino de afrontar un cambio estructural en el marco de globalización que ha contenido la inflación durante tres décadas.

Ucrania, la otra negociación que se juega en la sombra

En segundo plano, pero con enorme relevancia estratégica, se han reanudado las negociaciones trilaterales entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania para un alto el fuego. Las partes hablan de “progresos” y de la voluntad de seguir dialogando, pero los detalles son escasos y las filtraciones contradictorias. Para Kiev, cualquier acuerdo que consolide pérdidas territoriales es difícil de asumir; para Moscú, renunciar a ganancias en el terreno sin garantías de levantamiento de sanciones es igual de costoso.

La guerra de Ucrania ha destruido ya más del 30% de la capacidad industrial del país, según estimaciones de organismos internacionales, y ha obligado a un esfuerzo fiscal y militar sin precedentes en Europa. Un alto el fuego creíble podría liberar parte de esos recursos y aliviar la presión sobre los presupuestos europeos, pero el calendarío político —elecciones en varios países clave— complica concesiones impopulares.

Además, la simultaneidad de frentes —Irán, comercio global, Ucrania— dificulta que Estados Unidos y sus aliados concentren capital político en una sola negociación. La sensación en muchas capitales europeas es que se está gestionando una crisis crónica, no una emergencia puntual, con el riesgo evidente de fatiga social y política ante un conflicto que se prolonga sin una victoria clara.

Reacción de mercados: dólar fuerte, bolsas en vilo

Los mercados financieros han leído el nuevo tablero con una mezcla de cautela y búsqueda de refugio. El dólar se ha apreciado entre un 2% y un 3% frente a las principales divisas en la semana, impulsado por el rol de activo refugio y por la expectativa de que los aranceles trasladen parte del coste a los socios comerciales. La deuda estadounidense a largo plazo ha visto caer sus rendimientos, señal de mayor demanda de seguridad.

Las bolsas, por el contrario, han quedado atrapadas en un rango de elevada volatilidad. Los sectores más expuestos al comercio global —transporte, industria, tecnología hardware— han sufrido correcciones de entre el 5% y el 8%, mientras que las energéticas y algunas materias primas han actuado como escudo. En mercados emergentes, la reacción ha sido aún más severa, con salidas de capital que recuerdan episodios anteriores de endurecimiento financiero global.

Para los inversores institucionales, el mensaje es claro: se consolida un entorno de riesgo geopolítico estructural en el que decisiones de política exterior pueden mover índices y divisas con más fuerza que muchos datos macroeconómicos.

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