Iturralde: Maduro, Irán y Europa: la teoría del pacto secreto que sacude el tablero
La lectura de Alberto Iturralde apunta a un acuerdo previo entre Washington y Caracas, un continente europeo condicionado por la corrupción y un Oriente Medio al borde del error de cálculo
La captura de Nicolás Maduro ha sido presentada al mundo como una operación relámpago de Estados Unidos contra un régimen acorralado. Sin embargo, el analista Alberto Iturralde sostiene una versión radicalmente distinta: lejos de ser un golpe inesperado, habría sido un movimiento pactado entre el propio Maduro y la administración norteamericana, diseñado para facilitar un cambio de ciclo en Venezuela sin volar por los aires el tablero regional.
Desde esa premisa, el foco se desplaza del relato heroico al intercambio de favores geopolíticos, con el petróleo venezolano, la contención de China, la presión sobre Europa y la calma calculada de Rusia en Ucrania formando parte de una misma ecuación.
En su análisis, el pueblo venezolano queda reducido a daño colateral de un acuerdo de élites, mientras Washington refuerza su posición en América Latina y mide hasta dónde puede llegar con Irán sin perder el factor sorpresa. Lo que plantea Iturralde no es una verdad judicial ni un hecho probado, sino una hipótesis de trabajo incómoda que obliga a revisar la narrativa oficial y a preguntarse qué se negocia realmente cuando no se disparan los fusiles.
El punto de partida de Iturralde es la ausencia casi total de reacción militar venezolana ante una operación que, de haberse producido en otros momentos, habría sido presentada como casus belli. Según su lectura, no estamos ante una caída súbita de un régimen asediado, sino ante una salida acordada que habría permitido a Maduro minimizar su desgaste ante los suyos y a Washington evitar un escenario de guerra abierta en el Caribe.
La captura simultánea de Cilia Flores, la falta de contraataques, la ausencia de bombardeos sobre posiciones estadounidenses o de una movilización generalizada de las fuerzas armadas son, para el analista, indicios de un guion escrito con antelación. «Si un líder que ha construido su poder sobre la idea de resistencia al imperialismo no ordena disparar ni una sola bala, es que la obra tenía otro final pactado», viene a resumir.
La tesis no puede confirmarse con documentos ni reconocimientos oficiales, pero encaja con una lógica que Iturralde considera recurrente en la historia reciente: cambios de régimen encapsulados, ejecutados con el mínimo ruido posible para garantizar la continuidad de los flujos estratégicos —energía, bases militares, influencia diplomática— y limitar el riesgo de reacción en cadena.
La coreografía de Caracas y la imagen de Maduro ante los suyos
Bajo esa óptica, los detalles de la operación dejan de ser anecdóticos. La presencia de Maduro junto a su esposa en el punto de captura, la ausencia de una huida teatral, la rapidez con la que se difundieron imágenes del exmandatario bajo custodia, todo ello se interpreta como parte de una coreografía cuidadosamente medida.
Según Iturralde, el expresidente habría buscado evitar el papel de villano absoluto ante su base social. Un enfrentamiento hasta el final, con un bombardeo sobre el palacio presidencial o decenas de muertos en las calles, habría sellado su legado como responsable directo de una masacre inútil. Un arresto ordenado, sin resistencia visible, permite en cambio construir el relato de la “traición” o del “engaño”, abriendo la puerta a futuras reinterpretaciones de su figura.
La supuesta pasividad de los mandos militares se leería, en este marco, como prueba de que la cadena de mando fue informada de que la negociación estaba cerrada. Mantener los cuarteles en calma habría sido condición indispensable para garantizar que el traspaso de control sobre el aparato estatal —y, sobre todo, sobre PDVSA y sus derivados— se produjera sin incendiar el país.
El verdadero botín: petróleo y China fuera de juego
En este escenario, el pueblo venezolano aparece, en palabras de Iturralde, como “la víctima real de un pacto entre Washington y Caracas”. Las consecuencias inmediatas —incertidumbre política, posibles ajustes económicos, reordenamiento de élites— recaen sobre una población que ya arrastra años de hiperinflación, caída acumulada del PIB y deterioro de servicios básicos.
El objetivo, según esta lectura, no sería sólo “restaurar la democracia”, sino reordenar el control del recurso petrolero. Las mayores reservas probadas de crudo del planeta se convierten en la pieza central de una jugada que, siempre según el analista, tendría dos metas claras:
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Reforzar la seguridad energética de Estados Unidos, reabriendo el grifo del crudo pesado para sus refinerías complejas.
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Desplazar progresivamente la influencia de China en un país donde Pekín había ganado posiciones a través de créditos, proyectos de infraestructuras y acuerdos de suministro.
La idea de un “Maduro pactado” funcionaría así como puente entre dos etapas: la del experimento bolivariano con aliados alternativos y la de un nuevo tutelaje, en el que Washington y grandes traders internacionales pasarían a decidir quién compra, a qué precio y bajo qué condiciones, manteniendo la fachada de soberanía nacional.
Europa, corrupción y el margen de maniobra de Trump
En paralelo al eje Caracas-Washington, Iturralde introduce un elemento menos evidente pero, a su juicio, decisivo: la vulnerabilidad política de Europa. El analista sostiene que la Casa Blanca no se encuentra con un bloque europeo fuerte y capaz de poner límites, sino con una constelación de gobiernos condicionados por escándalos de corrupción, financiación opaca o conflictos de interés.
En su relato, la filtración selectiva de casos, la presión mediática y el uso de información comprometedora se convierten en instrumentos de disciplina geopolítica. «El verdadero problema de Europa no es sólo energético o militar; es que muchos de sus dirigentes saben que Washington tiene la llave de historias que pueden hundir carreras en cuestión de días», sostiene.
Este supuesto “control blando” facilitaría movimientos que, de otro modo, habrían generado una oposición frontal: desde la presión sobre políticas industriales y de defensa hasta operaciones mucho más simbólicas, como el proyecto sobre Groenlandia. Aunque la idea de una toma forzosa de la isla ha generado resistencias dentro del propio aparato militar estadounidense, el interés por el Ártico, sus rutas y sus recursos encaja en el mismo patrón de reparto del planeta en zonas de influencia, con una Europa más espectadora que protagonista.
Rusia, Ucrania y la apuesta por la paciencia
La tercera pata de la teoría de Iturralde es la posición de Vladímir Putin ante este reordenamiento acelerado. Lejos de la imagen de impulsividad que a menudo se le atribuye, el Kremlin estaría optando, según esta lectura, por una calma estratégica frente a las provocaciones, especialmente en el ámbito naval y fronterizo.
La clave, de nuevo, estaría en el cálculo político: el desenlace del conflicto en Ucrania dependería en gran medida de la continuidad de Trump en la Casa Blanca y de la capacidad de Moscú para llegar vivo, en términos políticos y militares, a esa fecha. Una reacción excesiva ahora —un derribo de buques, un ataque directo sobre posiciones occidentales— podría romper el frágil equilibrio y ofrecer a sus adversarios el pretexto perfecto para una escalada coordinada.
En esa lógica, Putin preferiría esperar a una salida negociada, posiblemente con concesiones territoriales y garantías económicas, antes que abrir un frente de consecuencias imprevisibles. Iturralde describe una especie de “pacto tácito de prudencia”: ni Washington ni Moscú podrían permitirse un choque directo a gran escala sin asumir daños desproporcionados para sus intereses de largo plazo.
El resultado, para Ucrania, es un escenario de guerra enquistada y frontera congelada, donde cada movimiento táctico se evalúa más en función de su impacto en la mesa de negociación futura que por sus beneficios militares inmediatos.
Irán, Delta Force y el peligro de perder el factor sorpresa
El último eje del análisis de Iturralde se desplaza a Oriente Medio. Allí, el foco se sitúa en la Delta Force, símbolo de las operaciones especiales estadounidenses. Si en Venezuela la sorpresa habría sido total —siempre según la tesis del pacto—, en Irán el terreno sería muy distinto: sin factor sorpresa, cualquier incursión directa podría convertirse en una trampa mortal para las tropas de élite norteamericanas.
El riesgo, plantea el analista, no es sólo táctico, sino también político. Un fracaso visible en Irán —bajas elevadas, rehenes, operaciones abortadas— erosionaría la imagen de invulnerabilidad que la Casa Blanca ha tratado de proyectar tras la captura de Maduro. A la vez, ofrecería a Teherán y a sus aliados un triunfo propagandístico capaz de recomponer el eje antiestadounidense en la región.
Iturralde subraya que Irán no es un Estado aislado y débil, sino un país con capacidad de respuesta asimétrica, redes de milicias aliadas y un historial probado de guerra híbrida. Trasladar al escenario iraní el mismo guion que habría funcionado en Caracas podría ser, en su opinión, un error de cálculo de consecuencias graves, tanto para la estabilidad regional como para los mercados energéticos.