Medvedev acusa a Trump de ilegalidad en Venezuela mientras América Latina observa con atención

Moscú denuncia la intervención pero admite que Washington ha ejecutado una jugada meticulosa para reforzar su control energético y geopolítico en el “patio trasero”

Medvedev: “No debe haber guerra con Europa” en los próximos cinco años

EPA/PATRICK SEEGER
Medvedev: “No debe haber guerra con Europa” en los próximos cinco años EPA/PATRICK SEEGER

Los ecos de la tensión entre Estados Unidos y Venezuela, amplificados ahora por un contundente pronunciamiento ruso, han devuelto a América Latina al centro del tablero geopolítico. Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, ha calificado de “ilegal” la operación ordenada por Donald Trump en el país caribeño, pero al mismo tiempo ha reconocido la coherencia y precisión estratégica con la que Washington ha defendido sus intereses.
Tras los ataques aéreos del sábado, el cierre temporal del espacio aéreo del Caribe provocó la cancelación de cientos de vuelos y dejó a miles de pasajeros varados, hasta que American Airlines reanudó parcialmente sus operaciones.
Entre acusaciones de violación del derecho internacional y maniobras para recuperar la normalidad, emerge una idea incómoda: el golpe en Caracas no es un gesto aislado, sino un movimiento calculado en una partida que mezcla energía, influencia regional y rivalidad entre potencias.
La pregunta de fondo es si el mundo se encamina hacia una nueva etapa de intervenciones “quirúrgicas”, disfrazadas de defensa de intereses nacionales, con costes muy reales para las poblaciones afectadas.

Moscú denuncia la ilegalidad, pero reconoce la precisión del golpe

En una entrevista concedida a la agencia oficial rusa TASS, Medvedev no se anduvo con rodeos: la ofensiva de Estados Unidos contra el Gobierno de Nicolás Maduro “no se ajusta al marco legal internacional” y vulnera principios básicos de soberanía. El mensaje encaja en la línea habitual del Kremlin cuando se trata de criticar intervenciones occidentales.

Lo significativo, sin embargo, es el matiz. Lejos de presentar la operación como un arrebato improvisado, el ex presidente ruso admitió que la Casa Blanca actuó con “exactitud y coherencia” desde la lógica de sus intereses nacionales. Dicho de otro modo: Moscú la considera ilegal, pero no irracional. “Es una acción calculada para asegurar su dominio en una zona que siempre ha considerado propia”, vino a resumir.

Este hecho revela el verdadero diagnóstico ruso: no se trata solo de defensa de la democracia o lucha contra el crimen organizado, sino de un movimiento que refuerza el control de Washington sobre un espacio que combina recursos estratégicos, rutas energéticas y proximidad territorial. Por eso, la condena pública convive con una lectura privada de respeto —o, al menos, de reconocimiento— a la capacidad operativa estadounidense.

América Latina, de nuevo “patio trasero” de Estados Unidos

Medvedev recupera un concepto que muchos en la región preferirían dar por superado: América Latina como “patio trasero” de Estados Unidos. La expresión no es inocente. Remite a más de dos siglos de intervenciones directas e indirectas, desde la Doctrina Monroe de 1823 hasta los golpes de Estado del siglo XX, pasando por bloqueos económicos y presiones diplomáticas.

Que un alto cargo ruso subraye este punto es, a la vez, un recordatorio y una advertencia. Washington puede presentarse como garante del orden liberal global, pero en su vecindario inmediato no ha dudado en seguir actuando con lógicas de hegemonía clásica: marcar líneas rojas, derribar Gobiernos hostiles, condicionar la explotación de recursos. Venezuela, con una población de más de 28 millones de habitantes y una crisis humanitaria crónica, se convierte en la última víctima de este patrón.

La consecuencia es clara: el resto de la región toma nota. Gobiernos de signo muy distinto observan cómo una combinación de debilidad interna, aislamiento internacional y recurso estratégico clave puede convertir a cualquier país en candidato a “corrección” por parte de Washington. Y ven, al mismo tiempo, cómo Rusia intenta aprovechar el malestar para reforzar su relato de potencia alternativa.

El petróleo, el hilo invisible que cose la crisis

Detrás de los discursos sobre democracia, derechos humanos o lucha contra el narcotráfico, el petróleo venezolano aparece como hilo conductor de la jugada geopolítica. Medvedev lo verbaliza sin rodeos: Venezuela es clave porque “sienta sobre una de las mayores reservas de crudo del mundo” y quien influya sobre Caracas ajusta automáticamente el termostato energético regional.

Para Estados Unidos, recuperar capacidad de decisión sobre esos barriles significa diversificar su propia matriz de suministro, reducir el margen de maniobra de Rusia e Irán en los mercados globales y, de paso, condicionar el precio internacional del crudo. Para Moscú, supone perder un socio político y un posible socio comercial en el hemisferio occidental.

El diagnóstico es inequívoco: la operación en Venezuela se inscribe en una guerra silenciosa por el control del flujo energético, en la que los oleoductos, refinerías y terminales portuarias valen tanto como los ministerios. En esta lógica, hablar de “patio trasero” es hablar de gasolineras de emergencia, de reservas estratégicas y de contratos que pueden inclinar balanzas geopolíticas.

De la Doctrina Monroe a la era Trump: un patrón que se repite

Si algo subraya el análisis de Medvedev es la continuidad histórica. Cambian los nombres en la Casa Blanca, pero el guion tiene ecos reconocibles. La Doctrina Monroe se formuló hace casi 200 años con un mensaje claro: América para los americanos (del Norte). Décadas después, esa premisa se tradujo en intervenciones en México, Centroamérica, el Caribe y Cono Sur.

En el siglo XXI, las herramientas se han sofisticado —sanciones financieras, bloqueo tecnológico, guerra de narrativas—, pero el patrón persiste. Venezuela ya había sufrido años de estrangulamiento económico, con un desplome de más del 75% del PIB per cápita en una década y una diáspora de millones de personas. La acción militar actual aparece como el último escalón de una escalera de presión que mezcla instrumentos económicos, diplomáticos y militares.

Medvedev, al comparar la operación con episodios del pasado, lanza un mensaje: nadie debería fingir sorpresa. La intervención era una posibilidad inscrita en el ADN de la relación hemisférica. Lo novedoso es la frialdad con la que se asume que el orden internacional puede ser, de nuevo, interpretado a conveniencia por quienes tienen músculo suficiente para hacerlo.

El Caribe despega: American Airlines como termómetro de la normalidad

En medio de la tormenta geopolítica, la reapertura parcial del espacio aéreo en el Caribe ha ofrecido la primera señal tangible de normalización. Tras el levantamiento de la prohibición impuesta después de los ataques aéreos del sábado, American Airlines ha reanudado sus vuelos en la zona, un movimiento vital para desbloquear la situación de decenas de miles de pasajeros afectados.

La aerolínea ha anunciado que recurrirá a aviones de mayor capacidad y reforzará la programación, concentrando en pocos días lo que habitualmente se reparte en semanas. Fuentes del sector calculan que se han visto afectados más de 400 vuelos y alrededor de 50.000 viajeros, entre turistas, residentes retornados y pasajeros en tránsito hacia América del Sur.

Este hecho revela hasta qué punto la geopolítica se cuela en la vida cotidiana. Un bombardeo en Venezuela puede dejar a una familia española atrapada en Miami, a un empresario latinoamericano bloqueado en Panamá o a un caribeño sin conexión con su país. La decisión de American de pisar el acelerador en su operativa busca resetear la normalidad cuanto antes, pero también responde a una lógica empresarial: cada día de cierre total supone pérdidas millonarias y deterioro reputacional.

avion cc pexels-10032024
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La factura oculta de una crisis que se mide en horas de vuelo

Más allá de las cifras, la paralización aérea ha sido un recordatorio brutal de la vulnerabilidad logística de buena parte del continente. El cierre coordinado del espacio aéreo del Caribe durante apenas 24-36 horas bastó para colapsar la programación de aerolíneas, encarecer billetes, saturar hoteles y generar un microclima de caos en aeropuertos clave.

En términos económicos, el impacto no se limita a los pasajeros. Se han retrasado envíos de mercancías de alto valor añadido, muestras médicas, componentes industriales y productos perecederos. En una región donde el turismo representa en algunos países más del 20% del PIB, cada día de interrupción se traduce en pérdida de ingresos, de empleo y de confianza.

Lo más inquietante es la constatación de que una sola operación militar localizada puede desordenar, en cuestión de horas, un espacio aéreo del que dependen millones de personas y miles de empresas. La normalización que ahora intenta American Airlines no borra el precedente: el mapa de rutas también se ha convertido en un frente de la nueva geopolítica.

Rusia, Estados Unidos y un orden internacional cada vez más frágil

La posición de Medvedev evidencia una paradoja central del momento actual. Rusia denuncia la ilegalidad de la intervención, pero reconoce implícitamente que la eficacia y la lógica de poder de Estados Unidos siguen intactas. Estados Unidos, por su parte, reivindica el derecho a defender sus intereses en su entorno inmediato, aun a costa de estirar —o romper— las costuras del derecho internacional.

Entre ambos polos, la Unión Europea se debate entre la cautela y la irrelevancia, y América Latina intenta evitar que su futuro vuelva a decidirse en mesas donde apenas tiene voz. La normalización del tráfico aéreo en el Caribe es un pequeño respiro, pero no cambia el fondo: la región sigue expuesta a decisiones tomadas a miles de kilómetros, con criterios que no siempre priorizan su estabilidad.

En síntesis, la crítica de Medvedev a Trump dice tanto sobre la vulnerabilidad del orden jurídico global como sobre la persistencia de las viejas lógicas de esfera de influencia. Venezuela es hoy el epicentro visible de esa tensión. El espacio aéreo reabierto y los vuelos de American Airlines son solo la superficie; debajo, late un conflicto de poder que está lejos de haberse cerrado.

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