La milicia iraquí confirma que se unirá a Irán en operaciones contra Israel
Las milicias iraquíes anuncian su entrada en la ofensiva contra Israel mientras Teherán agita el cierre de Ormuz y Bab el-Mandeb.
Brent rozó los 97,70 dólares tras un salto cercano al 5% este lunes, con el mercado cotizando de golpe un Oriente Medio fuera de control. A la escalada entre Irán e Israel se suma ahora la “Resistencia Islámica de Irak”, paraguas de milicias chiíes proiraníes que asegura que se incorporará a las operaciones coordinadas. El movimiento llega horas después de que Teherán volviera a poner sobre la mesa la palanca más sensible: bloquear dos estrechos por los que respira el comercio energético mundial. Lo más grave es que, esta vez, no se trata solo de misiles: se trata de rutas, seguros, fletes y precios.
La milicia iraquí entra en la partida
La llamada Resistencia Islámica de Irak no es un actor único, sino una marca operativa bajo la que comunican y reivindican acciones varias milicias alineadas con Teherán. Washington Institute documenta incluso el uso de canales específicos en Telegram para difundir comunicados y “claims” de ataques bajo ese sello. En los últimos meses, ese paraguas ha sido empleado por facciones como Kataib Hezbollah o Harakat al-Nujaba, que han mostrado capacidad para operar con drones y cohetes y, sobre todo, para tensar la cuerda dentro de Irak sin pedir permiso a Bagdad.
Que ahora anuncien su incorporación “inmediata” a operaciones coordinadas contra Israel no solo amplía el perímetro militar. Eleva el coste de contención para todos: para Israel, por saturación de defensas; para Estados Unidos, por la exposición de bases y personal en Irak; y para los mercados, porque añade un frente “barato” de abrir y caro de apagar. «No es una amenaza simbólica»: es la lógica del desgaste, con múltiples puntos de ignición y una cadena de mando deliberadamente difusa.
La pinza Ormuz–Bab el-Mandeb
En Oriente Medio, la disuasión se mide en kilómetros de costa y en metros de calado. Por eso la amenaza de una pinza sobre el Estrecho de Ormuz y el Bab el-Mandeb actúa como un disparador instantáneo del riesgo. Ormuz canalizó en 2024 y el primer trimestre de 2025 más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de crudo y derivados. La Agencia Internacional de la Energía eleva la cifra en 2025 a casi 15 millones de barriles diarios y cerca del 34% del comercio mundial de crudo.
Bab el-Mandeb, por su parte, conecta el Índico con el mar Rojo y la ruta hacia Suez: la EIA lo ha calificado como “chokepoint” crítico, con 12% del comercio marítimo de petróleo y 8% del LNG (primer semestre de 2023). El mensaje es claro: si una interrupción en Ormuz estrangula la salida del Golfo, una presión en Bab el-Mandeb complica la alternativa natural hacia Europa.
Energía: dependencia, alternativas y cuello de botella real
El diagnóstico es inequívoco: el sistema energético global tiene redundancias, pero son insuficientes cuando el problema no es la producción, sino el tránsito. Arabia Saudí y Emiratos disponen de tuberías para “bypassear” parcialmente Ormuz, pero la propia EIA estima una capacidad conjunta de unos 4,7 millones de barriles diarios para esquivar el estrecho en caso de disrupción. Es decir, útil, pero lejos de cubrir el volumen que normalmente cruza el paso.
Además, el choque no golpea a todos igual. En 1H25, la EIA calcula que el 89% del crudo y condensado que pasó por Ormuz acabó en Asia, con China, India, Japón y Corea del Sur como destinos dominantes. Sin embargo, Europa paga el riesgo aunque no sea el principal comprador: por su dependencia de importaciones, por el efecto cascada sobre fletes y por la competencia por cargamentos “seguros”. Y ahí entra el segundo estrecho: cualquier deterioro en Bab el-Mandeb penaliza Suez y empuja tráfico al Cabo, elevando costes y ampliando plazos.
Mercados en alerta: el petróleo cotiza el mapa
La reacción inmediata ha sido de manual: el petróleo sube antes de que falte un solo barril. Este lunes, el WTI repuntó hasta 94,70 dólares (+4,5%) y el Brent escaló a 97,70 dólares (casi 5%), su mayor salto en semanas, con las bolsas bajo presión. La chispa ha sido el retorno de los ataques directos tras la tregua de abril, con Irán lanzando misiles y con Israel respondiendo sobre objetivos en territorio iraní, reabriendo el riesgo de guerra regional.
Pero el precio no está “descubriendo” oferta y demanda: está comprando probabilidad. Basta con que los armadores eviten rutas, que las aseguradoras suban primas o que los gobiernos recomienden desvíos para que el barril incorpore un peaje. «El precio no está reaccionando al crudo; está reaccionando al mapa». En ese entorno, los 100 dólares dejan de ser un techo psicológico y pasan a ser un nivel operativo.
Inflación importada y vulnerabilidad europea
El contraste con otras regiones resulta demoledor: Estados Unidos tiene producción doméstica y reservas estratégicas; Asia tiene demanda, pero también contratos largos y poder de compra; Europa tiene menos margen. Un Brent cerca de 100 dólares se traduce en presión directa sobre combustibles, transporte y fertilizantes, y termina filtrándose a alimentos y bienes industriales. No hace falta repetir 2022 para notar el patrón: repunte energético, endurecimiento de expectativas de inflación y bancos centrales atrapados entre crecimiento y precios.
A eso se suma la fragilidad logística: cualquier desvío masivo por el Cabo tensiona contenedores y materias primas. Y cuando los plazos se alargan, las empresas incrementan inventario “por si acaso”, un coste financiero que vuelve a los precios. «El mercado no teme el corte total; teme el encarecimiento permanente del riesgo». La consecuencia es clara: incluso si la crisis no cristaliza en cierre, puede consolidar un suelo más alto para energía y transporte durante meses.
El coste invisible: seguros, fletes y la ruta del Cabo
El cuello de botella no solo es militar: es actuarial. La EIA ha mostrado cómo los rodeos elevan tiempos y costes: en rutas largas, ir por Suez puede añadir 17 días frente a Panamá, y por el Cabo 21 días, con consumo de combustible diario significativo. Las navieras ya han reaccionado en episodios recientes: Maersk llegó a anunciar la pausa de sailings Trans-Suez a través de Bab el-Mandeb por el deterioro de seguridad, optando por rodear África.
Ese desvío es un impuesto global. El Financial Times ha descrito cómo el shock de Ormuz disparó beneficios del sector hasta 36.000 millones en un trimestre, con tarifas que llegaron a 386.000 dólares/día antes de moderarse. Si la “pinza” se consolida —aunque sea por episodios—, el coste de mover energía y mercancías sube de forma estructural. Y cuando el flete sube, el petróleo sube; cuando el seguro sube, el flete sube; cuando el riesgo sube, todo lo demás le sigue.