Nuevo ataque ruso con misiles hiere a dos civiles en Kiev
Dos personas han resultado heridas esta madrugada en la capital ucraniana después de un nuevo ataque con misiles balísticos rusos. Según los primeros datos de la administración militar de la ciudad, un proyectil dañó una vivienda unifamiliar en el distrito de Darnytskyi y restos de otro cayeron junto a dos bloques residenciales en Dniprovskyi. El jefe de la administración militar, Tymur Tkachenko, informó de las víctimas y de los daños estructurales en un mensaje en Telegram basado en información preliminar, mientras los servicios de emergencia continúan las labores de inspección. El alcalde Vitali Klitschko confirmó que, pese a la violencia del impacto, «no se han declarado incendios en los edificios afectados». El episodio se suma a una cadena de ataques masivos sobre la capital y otras ciudades ucranianas, en los que Rusia ha llegado a lanzar más de 70 misiles y unos 450 drones kamikaze en una sola noche, con un patrón claro: golpear barrios residenciales y, sobre todo, infraestructuras energéticas críticas en los días de frío extremo.
Kiev bajo fuego de nuevo
El ataque de esta madrugada sigue el esquema que se ha convertido en rutina para la población de la capital: sirenas en plena noche, avisos de posible uso de misiles balísticos, refugios abarrotados y, horas después, el recuento de daños. Según la administración militar, un misil impactó en una vivienda privada de una zona residencial de Darnytskyi, en la margen izquierda del río, mientras que en Dniprovskyi los restos de otro artefacto cayeron muy cerca de dos bloques de pisos.
Las autoridades insisten en que el balance de dos heridos es aún provisional y podría cambiar a medida que los equipos de rescate inspeccionen portales y patios interiores. La ausencia de incendios graves, confirmada por Klitschko, no oculta un dato inquietante: los objetivos han sido de nuevo áreas puramente civiles, sin presencia visible de instalaciones militares. Este hecho revela hasta qué punto la línea entre frente y retaguardia ha desaparecido para los habitantes de la capital, que acumulan ya meses de ataques recurrentes sobre viviendas, colegios y comercios.
Al mismo tiempo, el mensaje oficial intenta mantener la calma. La administración repite que la mayoría de los proyectiles fueron interceptados por la defensa aérea, aunque basta un solo misil que se escape para convertir una noche más en una estadística nueva de heridos, ventanas reventadas y familias desplazadas.
Darnytskyi y Dniprovskyi, los distritos que más sufren
No es casualidad que Darnytskyi y Dniprovskyi aparezcan de forma reiterada en los partes de guerra. Ambos distritos concentran grandes áreas residenciales, polígonos industriales y parte de la infraestructura energética de la ciudad. En ataques anteriores, los misiles y drones rusos han dañado bloques de hasta 25 plantas, colegios infantiles y estaciones de servicio, dejando un rastro de cristales rotos y fachadas calcinadas en estas zonas del este de la capital.
Dniprovskyi, atravesado por grandes avenidas y con un importante nudo de transporte hacia el resto del país, ha sufrido en otros bombardeos la caída de restos sobre guarderías y edificios de cinco pisos, obligando a evacuar a cientos de residentes en plena madrugada. Darnytskyi, por su parte, combina barrios dormitorio con instalaciones industriales y energéticas, lo que lo convierte en objetivo preferente cuando Moscú busca interrumpir el suministro de calor y electricidad a la capital.
El contraste con otras zonas más acomodadas del centro resulta demoledor: mientras los distritos céntricos han registrado daños puntuales, la periferia oriental acumula capas de destrucción con cada nuevo impacto. Las aseguradoras locales ya hablan de miles de pólizas de hogar activadas solo en estos dos distritos desde el inicio del invierno, una carga adicional para un sistema financiero que opera en modo de guerra permanente.
El invierno como arma estratégica
La ofensiva de estas semanas se enmarca en una táctica conocida: usar el invierno como arma. Informes recientes describen ataques combinados con 71 misiles y cerca de 450 drones lanzados en una sola noche contra múltiples ciudades, incluidos vectores balísticos difíciles de interceptar y miríadas de drones Shahed de fabricación iraní.
La lógica militar es evidente. Al golpear centrales térmicas, subestaciones y redes de distribución en los días de temperaturas bajo cero, el Kremlin busca provocar cortes de luz prolongados, paralizar la actividad económica y erosionar la moral de la población. Crónicas sobre el terreno describen barrios enteros sumidos en la oscuridad durante horas, hospitales trabajando con generadores y comercios que solo pueden abrir parcialmente por falta de suministro eléctrico estable.
El diagnóstico es inequívoco: cada misil que alcanza su objetivo energético multiplica el coste de mantener el país en funcionamiento. Según el Gobierno ucraniano, los últimos ataques han obligado a reducir la producción de las centrales nucleares y a depender más de las importaciones de electricidad de la Unión Europea, mientras se aplican restricciones de consumo para hogares y empresas en las principales ciudades.
Daños invisibles en la economía ucraniana
Más allá de las imágenes de fachadas destruidas, el impacto económico de estos bombardeos es profundo y acumulativo. Las interrupciones constantes en el suministro eléctrico obligan a muchas empresas a operar con generadores diésel, encareciendo sus costes hasta un 30 %, según estimaciones de consultoras locales. Talleres, restaurantes y pequeñas fábricas de las afueras de la capital han tenido que reducir turnos o cerrar temporalmente cada vez que se extienden los cortes.
Para el Estado, el golpe se traduce en menos recaudación fiscal y más gasto en reparaciones de emergencia, subsidios a la energía y apoyo a los hogares desplazados. Las autoridades reconocen que la combinación de guerra, destrucción de infraestructuras y pérdida de población ha recortado significativamente el potencial de crecimiento a medio plazo. Informes internacionales advierten de que los daños en el sector energético y de vivienda se encuentran entre los factores que más pesan sobre la recuperación futura del país.
Sin embargo, lo más grave es que muchos de estos efectos no aparecen en las estadísticas inmediatas. La decisión de una pyme de no invertir, el cierre silencioso de un comercio de barrio o la emigración definitiva de una familia tras sufrir su tercer bombardeo en un año son daños difíciles de cuantificar, pero que condicionan ya la estructura económica que quedará una vez acabe la guerra.
Una factura de reconstrucción que no deja de crecer
El último análisis conjunto del Gobierno ucraniano, el Banco Mundial, la Comisión Europea y la Naciones Unidas sitúa el coste de la reconstrucción y recuperación del país en 524.000 millones de dólares a diez años vista, aproximadamente 2,8 veces el PIB nominal estimado para 2024. Dentro de esa cifra, el sector energético y minero concentra unos 68.000 millones, mientras que la vivienda suma 84.000 millones y el transporte 78.000 millones, reflejando el peso específico de los ataques contra infraestructuras civiles.
Según la misma evaluación, el daño físico directo asciende ya a 176.000 millones de dólares y alrededor del 13 % del parque de vivienda del país ha sufrido algún tipo de afectación, lo que impacta a 2,5 millones de hogares. Cada misil que revienta una fachada en Darnytskyi o abre un boquete en una escuela de barrio no es solo un drama humano inmediato; es también una línea más en una hoja de cálculo que se hace cada mes más difícil de financiar.
Este hecho revela otra dimensión del conflicto: el tiempo juega a favor del agresor cuando la destrucción acumulada se convierte en una carrera entre la capacidad de la comunidad internacional para financiar la reconstrucción y la velocidad a la que llegan nuevos misiles.
Kiev refuerza su escudo antimisiles
Ante la evidencia de que la campaña contra su infraestructura energética se intensifica, las autoridades ucranianas han anunciado planes para reforzar la defensa aérea en torno a la capital, especialmente en torno a centrales térmicas, subestaciones y nodos de distribución. El Gobierno trabaja con sus socios occidentales para desplegar más sistemas de defensa de largo y medio alcance alrededor de la ciudad, en un intento de elevar aún más las tasas de interceptación frente a misiles balísticos y drones.
Según fuentes oficiales, la prioridad inmediata es proteger aquellas plantas que suministran calefacción urbana a cientos de miles de residentes. En un ataque reciente, cinco misiles balísticos alcanzaron instalaciones clave de generación de calor, obligando a limitar drásticamente su operación. «Cada central que dejamos sin protección es un barrio entero que puede quedarse sin luz y sin calefacción durante días», resumen responsables del sector energético.
No obstante, incluso con más baterías antiaéreas, la defensa perfecta es imposible. Rusia adapta su estrategia, combina misiles de diferentes trayectorias y sobrecarga los sistemas con oleadas de drones baratos. El resultado es un equilibrio frágil en el que un pequeño porcentaje de impactos basta para mantener a la ciudad en permanente estado de vulnerabilidad.
