La fiebre inversora en centros de datos encarece PC y móviles y tensiona la geopolítica de los semiconductores, según el economista Alejandro Fiorito

La Inteligencia Artificial hace explotar el precio de los chips: subida del 300% en componentes de PC y móviles

La inversión masiva en Inteligencia Artificial (IA) está teniendo una consecuencia inmediata y muy tangible lejos de los laboratorios: una subida del 300% en el coste de los chips para móviles y ordenadores personales. Lo que hace apenas unos meses costaba 100 euros supera ya los 400, presionando toda la cadena tecnológica global. El epicentro está en los centros de datos para IA, cuya factura prevista hasta 2026 ha pasado de 200.000 a más de 400.000 millones de euros, según el economista Alejandro Fiorito. Esta carrera por alimentar modelos cada vez más complejos está redirigiendo fabricación, capital y energía hacia los chips más avanzados, dejando sin suministro barato a la electrónica de consumo. 

Imagen ilustrativa de semiconductores y chips de alta tecnología afectados por la demanda creciente de la IA.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
La Inteligencia Artificial hace explotar el precio de los chips: subida del 300% en componentes de PC y móviles

Una fiebre del oro digital en torno a la Inteligencia Artificial

La irrupción de la IA generativa se ha descrito muchas veces como una revolución tecnológica. Pero, en términos económicos, se parece más a una fiebre del oro digital. Las grandes tecnológicas y los llamados hyperscalers compiten por levantar infraestructuras masivas de cómputo, adelantando gasto y capacidad como si no hubiera mañana. El resultado es un shock de demanda súbito y concentrado sobre un mercado de semiconductores que ya venía tensionado.

En este contexto, los chips pasan de ser un insumo relativamente estable a convertirse en un activo escaso y crecientemente caro. La presión no se distribuye de forma homogénea: se concentra en las categorías necesarias para entrenar y ejecutar modelos de IA, pero acaba arrastrando también a los componentes “básicos” que necesitan los fabricantes de PC y móviles.

Lo más grave es que esta fiebre no responde a un ciclo clásico de consumo, sino a una apuesta estratégica: se invierte de forma anticipada en capacidad de cómputo esperando una productividad futura que todavía no se ha materializado en la economía real. Esa asimetría entre gasto hoy y beneficios mañana es la que convierte el fenómeno en un riesgo macroeconómico adicional.

De 200.000 a más de 400.000 millones: el salto en centros de datos

Según el análisis de Fiorito, lo que inicialmente se perfilaba como un esfuerzo inversor ya extraordinario —unos 200.000 millones de euros hasta 2026— se ha doblado hasta superar los 400.000 millones. Ese salto cuantitativo no es un matiz, sino una mutación del escenario. Supone, de facto, una duplicación del apetito de cómputo en apenas un ciclo de planificación.

Esta sobreaceleración obliga a la industria del chip a reasignar capacidades de fabricación a contrarreloj. Las fundiciones y fabricantes no pueden ampliar su capacidad de un día para otro, de modo que la única vía rápida es desplazar producción desde segmentos menos rentables —por ejemplo, memorias convencionales para electrónica de consumo— hacia los productos de mayor margen asociados a la IA.

El efecto dominó que se genera es evidente: la parte “tradicional” del mercado de semiconductores queda parcialmente desabastecida, justo cuando la demanda de dispositivos conectados y potentes sigue creciendo. La consecuencia, de nuevo, es una presión alcista sobre precios que no responde a un aumento equivalente de valor para el usuario final, sino a una reconfiguración abrupta de la oferta.

De la RAM convencional a la memoria HBM: el nuevo cuello de botella

Uno de los vectores más claros de esta transformación es el desplazamiento desde la memoria RAM convencional hacia los chips HBM (memorias de alto ancho de banda). Estos componentes, cruciales para el entrenamiento y ejecución eficientes de modelos de IA, son mucho más complejos, intensivos en capital y costosos de fabricar.

Cuando las líneas de producción se reorientan hacia HBM, el resto del ecosistema queda inmediatamente afectado. Los fabricantes destinan obleas, equipamiento y personal a estos productos de gama alta, dejando menos capacidad para memorias estándar que usan tanto ordenadores como dispositivos móviles. El mercado responde con rapidez: lo que costaba 100 euros ha pasado a superar los 400, una escalada del 300% en cuestión de meses que descoloca cualquier planificación de costes.

Este fenómeno encaja con la descripción de Fiorito de una “presión inflacionaria localizada y ruidosa”. Localizada, porque afecta de manera muy directa al segmento de semiconductores; ruidosa, porque sus efectos se amplifican hacia el resto de la cadena tecnológica: fabricantes de PCs, ensambladores de smartphones y, en último término, consumidores y empresas que verán cómo el equipamiento se encarece antes incluso de incorporar mejoras visibles.

Inflación tecnológica que erosiona la productividad presente

El núcleo del aviso de Fiorito es incómodo para el relato optimista de la IA. “La apuesta por la productividad futura que promete la IA podría estar minando la productividad presente”, alerta. La frase resume un dilema clásico: la inversión masiva en un nuevo paradigma puede lastrar el funcionamiento del actual.

Por un lado, suben los costes de los insumos tecnológicos: chips, memorias especializadas y componentes asociados. Por otro, también aumenta el coste energético necesario para fabricar y operar esos centros de datos sobredimensionados. Ambos factores se combinan en la misma dirección: las empresas que hoy dependen de tecnología para su actividad cotidiana —desde la industria hasta los servicios— se enfrentan a una factura más alta por el mismo nivel de capacidad.

Este hecho revela una paradoja: mientras se promete una explosión de productividad gracias a la IA en el medio plazo, muchas compañías verán cómo sus márgenes se estrechan en el corto plazo por el encarecimiento de la infraestructura básica. El contraste entre la promesa y la realidad puede traducirse en menor inversión en otros ámbitos, retraso en renovaciones de equipos y una ralentización de los beneficios digitales para el conjunto de la economía.

Geopolítica del chip: restricciones europeas y bloqueo de la oferta china

La dimensión geopolítica agrava el cuadro. Fiorito subraya que las restricciones a la exportación de tecnología avanzada, en particular desde Europa, están limitando la capacidad de países como China para reaccionar con su propia producción de chips en el corto plazo. Es decir, incluso aunque exista interés y capital para ampliar la oferta, los controles de exportación actúan como un freno adicional.

En un mercado tan concentrado y sofisticado como el de los semiconductores avanzados, estos vetos no son neutros. Encarecen y ralentizan la transferencia de equipos y know-how necesarios para levantar nuevas capacidades productivas. El resultado es una oferta mundial más rígida justo cuando la demanda de IA se vuelve explosiva.

El contraste con otros episodios de tensión en materias primas resulta demoledor: en el pasado, el aumento de precios solía incentivar nuevas explotaciones o proveedores alternativos. En el caso de los chips de última generación, las barreras tecnológicas y regulatorias hacen mucho más lento el ajuste. La consecuencia es una fase prolongada de precios altos y cuellos de botella que no se corrigen simplemente con el paso de los meses.

Ganadores: proveedores de infraestructura y componentes de alto margen

En esta fiebre del oro tecnológica hay ganadores claros. Son, como resume Fiorito, quienes venden las herramientas y materiales para construir la nueva era digital: los fabricantes de chips avanzados, de memorias HBM y de infraestructura crítica para centros de datos. Mientras buena parte de la economía se resiente por el encarecimiento de los insumos tecnológicos, estos actores se están embolsando márgenes extraordinarios.

La lógica es simple: la demanda de capacidad de cómputo para IA se ha vuelto casi inelástica a corto plazo. Las grandes tecnológicas consideran la inversión en centros de datos como un movimiento estratégico, no como un gasto discrecional. En ese contexto, aceptan pagar precios mucho más altos por chips y componentes clave con tal de asegurarse suministro.

Este desequilibrio refuerza la posición de negociación de quienes controlan la producción avanzada. Pueden priorizar clientes, condicionar calendarios y fijar precios que, en un mercado más equilibrado, serían difícilmente sostenibles. El riesgo, a largo plazo, es que esta concentración de beneficios alimente aún más la brecha entre un pequeño grupo de ganadores de la IA y el resto del tejido productivo.

Perdedores: industria, consumidores y una cadena tecnológica asfixiada

En el otro lado del tablero están los perdedores de esta dinámica. Los fabricantes de PC y móviles que operan con márgenes estrechos y dependen de una cadena de suministro ajustada se encuentran ahora con componentes básicos que han multiplicado su coste por cuatro. O absorben parte del golpe —reduciendo inversiones y beneficios— o trasladan el encarecimiento al precio final de los dispositivos.

Las empresas que necesitan renovar equipamiento informático para seguir siendo competitivas se topan con presupuestos que se disparan sin que la funcionalidad cambie de forma sustancial. Y los consumidores, al final de la cadena, pueden ver cómo el acceso a tecnología de última generación se encarece, ampliando la brecha entre quienes pueden asumir el nuevo nivel de precios y quienes quedan rezagados.

Lo más preocupante es que esta “inflación tecnológica” no aparece de forma inmediata en los indicadores tradicionales, pero asfixia lentamente la capacidad de actualización del parque tecnológico global. Para economías que basan su competitividad en la digitalización, este tipo de fricción puede convertirse en un lastre silencioso pero muy persistente.

 

 

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