Pekín blinda a Delcy Rodríguez: soberanía en juego y décadas de préstamos petroleros ante Washington

Pekín respalda a Delcy Rodríguez, denuncia la violación de la soberanía y protege décadas de préstamos petroleros frente a la ofensiva de Washington
China - Xi  - E PA / X I N H U A / D I N G H A I T A O​
China - Xi - E PA / X I N H U A / D I N G H A I T A O​

China ha movido ficha sin matices en el tablero venezolano. La presidenta interina Delcy Rodríguez ha anunciado que Pekín ha condenado de forma expresa el “secuestro” de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de Estados Unidos, y ha reiterado su apoyo al Gobierno de Caracas frente a lo que califica como una “grave violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana”.
La declaración llega tras una reunión en Caracas con el embajador chino Lan Hu, en la que Rodríguez agradeció la “postura firme y coherente” de Pekín. No es un gesto aislado: China es, desde hace más de una década, el principal acreedor y socio energético de Venezuela, con préstamos que superan los 60.000 millones de dólares vinculados a envíos de crudo.
Mientras Washington exhibe músculo militar en el Caribe y endurece sanciones, China responde por la vía diplomática: legitima a la nueva jefatura del Estado venezolana y envía un mensaje de resistencia a la presión estadounidense.
El resultado es claro: la crisis ya no se juega solo entre Caracas y Washington, sino en un triángulo estratégico que incluye a Pekín y su seguridad energética a largo plazo.

Un mensaje directo a Washington

El comunicado de Rodríguez no ahorra adjetivos. China, afirma, ha condenado “el secuestro” de Maduro y de la primera dama Cilia Flores, así como las acciones dirigidas contra Venezuela. Más allá de la retórica, el gesto tiene un valor jurídico y político evidente: Pekín cuestiona abiertamente la legitimidad de la operación estadounidense y se coloca del lado de Caracas en el terreno del derecho internacional.

En términos diplomáticos, se trata de una señal a varias bandas. A Washington, de que cualquier escalada en Venezuela tendrá coste en la relación con la segunda economía del mundo. A la propia élite chavista, de que no está sola: uno de sus socios más poderosos respalda su narrativa de “agresión externa” y se niega a reconocer como legítima la captura de Maduro.

La formulación de Rodríguez es significativa: “Valoramos la postura firme y coherente de China al condenar de manera contundente la grave violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana”. Pekín se presenta así no solo como aliado, sino como garante del principio de no injerencia que reivindica ante cada operación militar o sanción unilateral de Estados Unidos.

En un contexto en el que la Casa Blanca ha dejado claro que no descarta una presencia prolongada sobre el terreno, la foto de Lan Hu con la presidenta interina envía un mensaje inequívoco: Venezuela no será un expediente exclusivamente estadounidense.

 

Deuda, petróleo y una relación de alto riesgo

La firmeza china no se entiende sin la densidad financiera y energética de la relación con Caracas. Desde 2007, los distintos gobiernos venezolanos han recibido de entidades chinas más de 50.000–60.000 millones de dólares en préstamos, muchos de ellos respaldados por envíos de petróleo. Buena parte de esos créditos siguen vivos: se estima que unos 10.000–20.000 millones permanecen pendientes de pago, entre refinanciaciones, periodos de gracia y reestructuraciones parciales.

Para Pekín, Venezuela es mucho más que un socio más en América Latina. Es un proveedor estratégico de crudo pesado, con las mayores reservas probadas del mundo —en torno a 303.000 millones de barriles— y un papel creciente en un momento de tensiones en Oriente Medio. En algunos meses recientes, hasta el 70%-80% de las exportaciones venezolanas de petróleo han terminado, directa o indirectamente, en manos de refinerías chinas.

Esa red de préstamos, fondos conjuntos e inversiones en la Faja del Orinoco crea una relación de dependencia mutua. Caracas necesita a China como financiador de último recurso y cliente de su crudo; China necesita a Venezuela para diversificar su mapa energético y recuperar, con intereses, los miles de millones adelantados.

La consecuencia es lógica: Pekín no puede permitirse que el tablero venezolano se redibuje unilateralmente desde Washington sin al menos intentar condicionar el resultado.

El cálculo de Pekín: principios… y pragmatismo

El discurso oficial chino se apoya en dos pilares clásicos: respeto a la soberanía nacional y rechazo a las “intervenciones unilaterales” que no cuenten con mandato de Naciones Unidas. Pero bajo esa capa normativa hay un cálculo mucho más frío. Si Estados Unidos consolida un cambio de régimen bajo su tutela, la posición de China como acreedor y socio preferente podría quedar cuestionada.

En las últimas décadas, Pekín ha tejido su ascendencia en Venezuela con una fórmula aparentemente sencilla: créditos, infraestructuras y tecnología a cambio de petróleo a largo plazo. Esa ecuación le ha dado acceso privilegiado a campos, refinerías y proyectos logísticos. Un gobierno alineado con Washington podría revisar contratos, reorientar exportaciones hacia empresas estadounidenses y renegociar deuda en condiciones más favorables para los acreedores occidentales.

Por eso, el respaldo a Rodríguez tiene una lectura doble. Por un lado, se alinea con la política general china de respaldar a gobiernos que se presentan como víctimas de sanciones y cambios de régimen. Por otro, preserva la opción de que cualquier transición se haga con participación central de Pekín en la mesa de negociación: si se quiere una solución sostenible para la deuda y para el flujo de crudo, China tendrá que estar dentro, no fuera.

El mensaje implícito es claro: “Venezuela no se reorganiza sin hablar con nosotros”.

Venezuela, entre el oxígeno y la tutela

Para la administración interina de Delcy Rodríguez, el apoyo chino es oxígeno político y económico en un momento de máxima fragilidad. Con Maduro fuera del tablero y Estados Unidos endureciendo sanciones y presencia militar, Caracas necesita mostrar que no está aislada y que sigue contando con socios de peso.

En términos financieros, el respaldo de Pekín abre la puerta a nuevas líneas de crédito limitadas, a reprogramar pagos o a flexibilizar condiciones de los fondos conjuntos. Aunque las cifras ya no son las de la década dorada —cuando se anunciaban paquetes de 10.000 o 20.000 millones de dólares tras cada visita presidencial—, incluso unos pocos miles de millones pueden marcar la diferencia en una economía que ha perdido más del 70% de su PIB en la última década.

Pero ese apoyo tiene contrapartidas. Cada refinanciación, cada nuevo acuerdo petrolero o logístico profundiza la dependencia estructural de Venezuela respecto a China: más cargamentos comprometidos a futuro, más peso de empresas chinas en sectores clave, menos margen para reequilibrar la política energética si en algún momento Caracas quisiera acercarse de nuevo a Europa o Estados Unidos.

La paradoja es evidente: el mismo gesto que fortalece hoy a Rodríguez puede atar aún más las manos de cualquier gobierno que quiera, mañana, diversificar alianzas.

El choque con Estados Unidos: dos relatos irreconciliables

Mientras Pekín habla de “grave violación del derecho internacional”, Washington defiende que su operación contra Maduro y Flores se enmarca en la lucha contra un régimen que acusa de corrupción, narcotráfico y colapso democrático. Los dos relatos son incompatibles, y Venezuela se convierte así en campo de batalla simbólico sobre qué significa hoy la legalidad internacional.

Para China, la narrativa venezolana encaja con su propia agenda: cuestionar el uso de sanciones, operaciones especiales y presión financiera como herramientas de la política exterior estadounidense. Cada vez que condena una acción en Caracas, Pekín envía un mensaje que vale también para Taiwán, el mar de China Meridional o cualquier otro escenario donde sospeche de futuras “intervenciones” de Washington.

Para Estados Unidos, el acercamiento chino a Rodríguez es una intromisión en lo que ve como su área histórica de influencia, alimentando el discurso de que potencias rivales utilizan regímenes autoritarios en la región para ganar posiciones estratégicas y acceso a recursos. La respuesta puede llegar en forma de nuevas sanciones secundarias, mayor presión sobre la “flota oscura” que mueve crudo venezolano hacia Asia o incluso maniobras adicionales en el Caribe.

El riesgo es que Venezuela se convierta, de nuevo, en escenario de un pulso entre superpotencias cuya prioridad no es la estabilidad interna del país, sino el equilibrio global de poder.

El impacto en el petróleo y los mercados

El respaldo explícito de China también tiene eco en los mercados energéticos. Venezuela exporta actualmente en torno a 900.000 barriles diarios, una cifra aún muy por debajo de su capacidad histórica, pero relevante en un contexto de equilibrio precario entre oferta y demanda global. En algunos meses, hasta cuatro quintas partes de ese volumen han encontrado destino final en China, directamente o tras triangulaciones.

Si la tensión entre Washington y Pekín en torno a Venezuela se intensifica, los operadores ya contemplan varios escenarios: desde más sanciones sobre buques y aseguradoras hasta golpes selectivos que compliquen la logística de envíos hacia Asia. Cualquier interrupción significativa podría empujar al alza el Brent y el WTI, reavivando presiones inflacionistas justo cuando los bancos centrales intentan declarar victoria sobre la subida de precios.

Para China, asegurar el flujo de crudo venezolano es una manera de diversificar riesgos frente a posibles crisis en Oriente Medio o en rutas clave como el estrecho de Ormuz. Para los mercados, cada declaración de apoyo o de condena se traduce en prima de riesgo añadida sobre un barril que ya cotiza con el ruido geopolítico incorporado.

En este contexto, el gesto de Lan Hu y Rodríguez no es solo un episodio diplomático: es una señal al mercado de que el eje Pekín–Caracas no piensa replegarse fácilmente.

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