Revelan que Trump ofreció exilio a Maduro en Turquía antes de su captura
El rechazo del líder chavista al plan de Washington precipitó la intervención y desemboca ahora en un juicio histórico en Nueva York
Semanas antes de que el mundo viera las primeras imágenes de Nicolás Maduro detenido y trasladado a Estados Unidos, la Casa Blanca jugó una última carta silenciosa: un exilio garantizado en Turquía a cambio de su dimisión y la renuncia explícita a cualquier resistencia armada. La oferta, revelada por The New York Times y transmitida a través del entonces secretario de Estado, Marco Rubio, buscaba evitar una operación militar con alto coste político y humano. Maduro la rechazó.
Ese “no” cambió el rumbo de la crisis venezolana. A partir de ahí, Washington aceleró sus planes, las negociaciones discretas se cerraron en falso y el conflicto entró en una fase abiertamente coercitiva que ha alterado el equilibrio regional.
Hoy, con el expresidente venezolano sentado ante un tribunal federal en Nueva York, la apuesta fallida del exilio turco se observa como el último desvío posible en una carretera que llevaba años apuntando al choque frontal.
La imagen de Maduro, con la bandera venezolana de fondo, camino de los juzgados estadounidenses, es ya una metáfora perfecta de esa oportunidad perdida.
El ultimátum silencioso que buscaba evitar la intervención
Según la reconstrucción publicada por The New York Times, la propuesta de exilio a Turquía se formuló varias semanas antes de la operación que terminó con la captura de Maduro. No se trató de una insinuación difusa, sino de un ultimátum estructurado: abandono del poder, salida segura con su círculo más próximo y garantías de no persecución inmediata a cambio de renunciar a cualquier resistencia militar y facilitar una transición pactada.
La oferta se transmitió a través de Marco Rubio, entonces secretario de Estado y uno de los arquitectos de la estrategia de máxima presión sobre Caracas. El objetivo oficial era doble. Por un lado, evitar un derramamiento de sangre que, según estimaciones internas, podía dejar centenares de víctimas en apenas 72 horas de confrontación. Por otro, proteger la infraestructura petrolera y eléctrica, cuya destrucción habría tenido efectos económicos devastadores en toda la región.
“Todavía hay una salida digna”, habría sido el mensaje central del paquete de exilio, dirigido tanto al propio Maduro como a su entorno inmediato. El cálculo en Washington era claro: una retirada negociada podía ahorrar años de conflicto congelado y abrir la puerta a un rediseño controlado del mapa político venezolano. La negativa del líder chavista convirtió ese escenario en historia contrafactual.
El cálculo fallido de Maduro: orgullo, miedo y apuestas erróneas
¿Por qué rechazar una oferta que, sobre el papel, le permitía evitar la cárcel y una humillación pública? Las fuentes consultadas por el diario estadounidense apuntan a una mezcla de orgullo político, percepción de fuerza interna y desconfianza hacia cualquier garantía estadounidense. Maduro habría interpretado que el coste para Washington de una intervención abierta era demasiado alto y que, como en ocasiones anteriores, todo se quedaría en amenazas.
El líder chavista llevaba más de 10 años sobreviviendo a sanciones, intentos de aislamiento diplomático y episodios de máxima tensión, desde el fallido levantamiento de 2019 hasta las sucesivas rondas de presión económica. En ese contexto, aceptar el exilio en Turquía habría sido, a sus ojos, reconocer que el ciclo político bolivariano estaba agotado y que él era quien firmaba el acta de defunción.
También pesó el factor seguridad. “Si me voy, ¿quién garantiza lo que pasa después con mi gente y con mi familia?” es la pregunta que, según varias fuentes, reiteró en esas semanas. La experiencia de otros exilios latinoamericanos —entre amnistías incumplidas, juicios diferidos y cambios de régimen— alimentó la idea de que ningún papel firmado podía blindar su futuro a largo plazo.
El resultado de ese cálculo es hoy evidente: el intento de aguantar el pulso acabó precipitando la opción más dura del menú de Washington.
Diplomacia bajo presión: negociaciones que nunca terminaron de cuajar
Detrás de la narrativa pública de confrontación, los días previos a la intervención estuvieron marcados por conversaciones discretas y canales paralelos. Estados Unidos intentó, según fuentes diplomáticas, fracturar el círculo más cercano de Maduro, ofreciendo salidas individuales —incluidas garantías de no extradición y protección patrimonial parcial— a cambio de facilitar su dimisión.
En paralelo, se buscó el apoyo de actores regionales clave para respaldar el exilio turco como una “solución aceptable”: ni una victoria total del chavismo ni una derrota humillante que pudiera desatar represalias internas y una guerra de facciones. Turquía, que en los últimos años había mantenido relaciones comerciales y políticas con Caracas, aparecía como destino con suficiente distancia geográfica y capital político para ejercer de anfitrión incómodo pero funcional.
Sin embargo, el peso de la desconfianza acumulada se impuso. El chavismo temía que cualquier gesto de apertura fuera leído por Washington como señal de debilidad y acelerara la intervención. Washington, por su parte, sospechaba que las contraofertas venezolanas eran maniobras dilatorias para ganar tiempo, reordenar fuerzas y reforzar posiciones estratégicas. La ventana para la diplomacia se fue cerrando a golpe de suspicacias, hasta que la decisión operativa quedó sobre la mesa.
Del “no” al exilio a la operación sobre el terreno
La negativa de Maduro al exilio en Turquía no quedó en una nota a pie de página de la crisis: activó el reloj de la intervención. A partir de ese momento, los planes militares que llevaban meses en fase de contingencia pasaron a la categoría de ejecución. La secuencia fue rápida: intensificación de la inteligencia sobre el terreno, coordinación con aliados regionales, preparación de corredores aéreos y definición de objetivos prioritarios.
El desenlace es conocido: captura del presidente venezolano, traslado a territorio estadounidense y anuncio oficial de que sería juzgado por un tribunal federal. El coste político para Caracas fue inmediato; el coste humano y material, menor del que algunos temían, pero no trivial. La operación alteró de golpe el equilibrio regional y envió un mensaje claro a otros líderes cuestionados: la opción del exilio negociado puede desaparecer de la mesa si se juega demasiado con los tiempos.
Para Washington, la decisión de avanzar pese al rechazo implicó asumir riesgos jurídicos, diplomáticos y militares significativos. Pero también permitió reforzar la narrativa de que no se trataba solo de un cambio de régimen, sino de llevar ante la justicia a un dirigente acusado de delitos graves en jurisdicción estadounidense. El exilio turco, de haberse concretado, habría dibujado un relato radicalmente distinto.
Nueva York: un juicio con ecos de política exterior
El siguiente capítulo se desarrolla lejos de Caracas: en una sala de un tribunal federal de Nueva York, donde Maduro se enfrenta a cargos que van más allá de la retórica política. La audiencia inicial, fijada para un lunes por la mañana —en horario coincidente con el prime time europeo—, subraya la dimensión mediática del caso: no es solo un procedimiento judicial, sino un espectáculo global sobre los límites del poder y la extraterritorialidad de la justicia estadounidense.
Para la Casa Blanca, el juicio cumple varias funciones. En primer lugar, legitima a posteriori la operación, encuadrándola en la lógica de perseguir delitos y no solo de imponer intereses geopolíticos. En segundo lugar, envía una señal a otros dirigentes de la región: las decisiones tomadas en el palacio presidencial pueden acabar siendo examinadas por jueces a miles de kilómetros. En tercero, ofrece a la oposición venezolana y a parte de la comunidad internacional la imagen, muy simbólica, de un líder que durante años desafió sanciones sentado ahora en el banquillo.
Más allá del veredicto final, el proceso judicial abre una fase nueva: la de los testimonios, las pruebas y las revelaciones que pueden emerger en sala. Cada documento desclasificado, cada declaración bajo juramento, añade capas de información sobre cómo se tejieron las redes de poder, dinero y violencia durante los años más duros del chavismo.
EEUU y América Latina: diálogo, fuerza y el precedente venezolano
El episodio del exilio frustrado en Turquía y la posterior intervención reavivan un debate antiguo en la región: ¿dónde termina la diplomacia y dónde empieza la fuerza en la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina? Durante décadas, Washington ha oscilado entre la negociación, las sanciones, las operaciones encubiertas y las intervenciones abiertas, con resultados desiguales.
En el caso venezolano, la cronología reciente muestra un patrón híbrido: años de presión económica y diplomática, intentos de negociación fallidos y, finalmente, acción directa. El hecho de que se ofreciera una salida relativamente segura antes de recurrir a la fuerza será utilizado por la Casa Blanca como argumento de moderación. Sus críticos, dentro y fuera de la región, verán en el desenlace la enésima prueba de que el músculo militar sigue siendo la herramienta última y preferente cuando la paciencia se agota.
Lo más relevante es que este precedente redefinirá las expectativas de otros gobiernos bajo presión. Para algunos, reforzará la tentación de aceptar exilios a tiempo; para otros, consolidará la idea de que cualquier concesión se interpreta como debilidad. La línea entre prudencia y resistencia, en regímenes que se sienten acorralados, se vuelve cada vez más fina.
¿Y ahora qué? Escenarios para Venezuela tras el “caso Maduro”
Con Maduro fuera de juego y en manos de la justicia estadounidense, se abre una pregunta compleja: ¿qué tipo de Venezuela emerge de este episodio? A corto plazo, se perfila un escenario en el que figuras como Delcy Rodríguez y otros cuadros del chavismo intentan articular una transición controlada, negociando espacios con Washington y con una oposición fragmentada.
La legitimidad interna de cualquier nuevo liderazgo estará condicionada por la percepción de la calle: ¿es un relevo real o un simple recambio tutelado?. Si la transición no se traduce en mejoras tangibles —inflación contenida, más de un 20% de recuperación en salarios reales, restablecimiento mínimo de servicios básicos—, el riesgo de nuevas oleadas de protesta seguirá latente.
En paralelo, el juicio en Nueva York se convertirá en una banda sonora constante del proceso político venezolano. Cada sesión recordará que la crisis no se ha cerrado, solo ha cambiado de escenario. La historia de aquel avión que nunca despegó hacia Turquía quedará como símbolo de un punto de inflexión: el día en que todavía era posible un final sin esposas… y no se escogió.