Venezuela

Rubio congela las elecciones en Venezuela y fija cuatro exigencias clave

Washington condiciona cualquier transición al fin del narcotráfico, la expulsión de Irán y Hezbolá, la salida de FARC y ELN y un giro en el uso del petróleo
@realDonaldTrump
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La captura de Nicolás Maduro ha abierto una nueva fase en la crisis venezolana, y Estados Unidos se ha apresurado a marcar el terreno. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha detallado por primera vez qué espera Washington de los dirigentes que permanecen en Caracas… y lo que no piensa aceptar. En sus palabras, el objetivo es una “transición democrática”, pero hablar de elecciones ahora sería “prematuro” tras 14 o 15 años de control chavista.

Rubio ha fijado cuatro líneas rojas: no más narcotráfico, no más presencia de Irán y Hezbolá, no más refugio para FARC y ELN y no más uso de la industria petrolera para enriquecer a los adversarios de Estados Unidos. Solo si los líderes venezolanos toman “las decisiones correctas”, dijo en CBS, Washington estará dispuesto a trabajar con ellos.

En paralelo, han trascendido nuevos detalles de los días previos a la operación militar: según The New York Times, Maduro rechazó a finales de diciembre un ultimátum de Donald Trump para abandonar el poder y marcharse a un “exilio dorado” en Turquía. Semanas antes, altos cargos estadounidenses ya habían identificado a Delcy Rodríguez como sucesora temporal, convencidos de que podría “proteger y apoyar” futuras inversiones norteamericanas en la energía venezolana.

El resultado es un tablero inédito: Maduro bajo custodia rumbo a Nueva York, Rodríguez al frente de un poder interino que depende de los militares y un Washington que deja claro que la guerra es “contra las organizaciones de narcotráfico, no contra Venezuela”, pero que no piensa renunciar a fijar el guion de la transición.

Las cuatro exigencias de Rubio al nuevo poder venezolano

En su entrevista en Face the Nation, Rubio condensó la agenda de Washington en una frase: “Primero, asegurar lo que está en el interés nacional de Estados Unidos y también es beneficioso para el pueblo de Venezuela”. A partir de ahí desplegó una lista de condiciones muy precisas:

  • “No más narcotráfico” desde territorio venezolano.

  • “No más presencia de Irán/Hezbolá allí”.

  • Fin del uso de la industria petrolera para enriquecer a los adversarios de EE UU.

  • Expulsión de las guerrillas colombianas FARC y ELN del país.

Estas cuatro exigencias atacan directamente los pilares sobre los que el chavismo ha sostenido su poder externo durante casi dos décadas: redes de economías ilícitas, alianzas con actores regionales y extrarregionales enfrentados a Washington y un uso político del petróleo.

Rubio dejó claro que las “acciones subsecuentes” de Estados Unidos —desde el levantamiento parcial de sanciones hasta la normalización diplomática— dependerán de si se producen “cambios” verificables. Venezuela pasa así a estar sometida a un test binario: cumple o no cumple con las líneas rojas marcadas desde Washington.

Caracas
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Elecciones: transición sí, calendario no

Uno de los puntos más llamativos fue la negativa de Rubio a hablar de plazos electorales. Preguntado sobre cuándo deberían celebrarse comicios, insistió en que es “prematuro” fijar fechas:

“¿Elecciones? Este es un país que ha sido gobernado por este régimen durante 14 o 15 años. Las elecciones debieron haberse celebrado hace mucho tiempo… Todo eso es prematuro en este punto. Hay mucho trabajo por hacer aquí.”

El mensaje es doble. Por un lado, Estados Unidos afirma querer una “transición democrática”. Por otro, evita atarse a un calendario que podría limitar su margen de maniobra sobre el terreno. Antes que urnas, Washington exige reconfigurar el mapa de seguridad interna y externa: desmontar redes de narcotráfico, expulsar a milicias extranjeras y redefinir el rol de la industria petrolera.

Este enfoque abre incógnitas importantes. Organizaciones opositoras y parte de la comunidad internacional esperaban que la caída de Maduro se tradujera rápidamente en elecciones presidenciales y legislativas supervisadas. La posición de Rubio sugiere, en cambio, una transición más larga, en la que la estabilización de la seguridad y la alineación geopolítica pesen tanto o más que la apertura inmediata de las urnas.

“No es una guerra contra Venezuela”: el marco de la lucha antidroga

Rubio también quiso marcar distancia con la idea de una invasión clásica. “Estamos en guerra contra las organizaciones de narcotráfico. No es una guerra contra Venezuela”, subrayó. El discurso intenta situar la operación que capturó a Maduro y la presión posterior en el marco de la lucha global contra el narco y el terrorismo, no en el de un cambio de régimen por motivos ideológicos.

Sin embargo, la línea es fina. Desde Caracas, tanto Delcy Rodríguez como otros dirigentes han denunciado una “agresión militar” y una violación de la soberanía nacional. Para ellos, el argumento antidroga es solo el envoltorio jurídico de una decisión política destinada a cambiar el control del petróleo y reordenar alianzas en el Caribe.

En la práctica, el énfasis en el narcotráfico permite a Estados Unidos conectarse con otros frentes que considera prioritarios: el combate a las rutas de cocaína en Colombia y Centroamérica, la presión sobre cárteles mexicanos y la persecución de redes financieras que operan desde Europa o el Golfo Pérsico. Venezuela se convierte, así, en pieza clave de un conflicto transnacional que va mucho más allá de sus fronteras.

El ultimátum a Maduro y la opción de un “exilio dorado”

Mientras Washington marca el terreno de la nueva fase, salen a la luz detalles sobre las últimas semanas del régimen. Según fuentes citadas por The New York Times, a finales de diciembre Trump lanzó un ultimátum directo a Maduro: abandonar el poder y aceptar un “exilio dorado” en Turquía, con garantías de seguridad, a cambio de evitar una operación militar.

Maduro habría rechazado la oferta, convencido de que podía resistir la presión y desconfiando de cualquier promesa de la Casa Blanca. Esa negativa habría acelerado la decisión de activar la operación relámpago que terminó con su captura en Caracas y su traslado a una base militar en Nueva York, donde afronta cargos por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y tenencia de “armas destructivas”.

El episodio revela hasta qué punto la opción militar no fue el primer escenario, sino la última carta tras un ciclo de presiones diplomáticas y amenazas crecientes. También explica el tono de algunos mensajes posteriores de Trump, que subraya que el proceso va dirigido contra “criminales” y no contra el pueblo venezolano, intentando blindarse frente a críticas de intervencionismo clásico.

Delcy Rodríguez, interlocutora incómoda pero útil para Washington

Otro dato relevante es el papel asignado a Delcy Rodríguez. El Supremo venezolano la ha designado presidenta interina para garantizar la “continuidad administrativa”, pero, según el mismo reportaje, su nombre figuraba desde semanas antes en los planes de Washington como sucesora temporal “aceptable”.

Intermediarios habrían convencido a la Casa Blanca de que Rodríguez, pese a su trayectoria como figura de línea dura, estaba dispuesta a “proteger y apoyar” futuras inversiones estadounidenses en la energía venezolana y a mantener un canal profesional de comunicación que Maduro había ido dinamitando con el tiempo.

El resultado es una paradoja: la misma dirigente que en público condena la operación como “agresión militar grave” es vista en Washington como la pieza con la que se puede negociar la reorientación del país, siempre que acepte las condiciones marcadas por Rubio. Su margen dependerá, en gran medida, de la posición del ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y de la cúpula militar que sigue controlando el territorio.

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Petróleo, aliados externos y futuro de la transición

En el fondo de todas estas exigencias late un recurso: el petróleo. Rubio lo dejó claro al reclamar que la industria no puede seguir utilizándose para “enriquecer a nuestros adversarios”. Durante años, Caracas ha firmado acuerdos estratégicos con Rusia, China e Irán, entregando cargamentos a precios preferenciales o como pago de deudas, mientras su producción caía desde más de 2,5 millones de barriles diarios a poco más de 800.000.

La estrategia actual de Washington pasa por reconducir ese flujo: que los barcos cargados de crudo venezolano vuelvan a orientarse hacia refinerías estadounidenses y europeas, bajo contratos que excluyan a actores sancionados. Para lograrlo, la Casa Blanca necesita interlocutores en Caracas capaces de garantizar seguridad jurídica e infraestructuras mínimas, algo que exige inversiones multimillonarias.

El grado de cooperación que ofrezca el poder interino —y la rapidez con la que acepte la lista de Rubio— será determinante para saber si la transición toma la forma de protectorado energético de facto, de reacomodo controlado del chavismo o de apertura gradual hacia un gobierno más plural en el que la oposición encabezada por María Corina Machado tenga un papel real.

Obediencia, resistencia o negociación a varias bandas

Las declaraciones de Rubio cierran algunas puertas, pero abren otras. Al descartar por ahora un calendario electoral y condicionar todo a cambios en seguridad y geopolítica, Estados Unidos maximiza su poder de veto, pero también asume el riesgo de que el proceso se cronifique.

Tres escenarios se vislumbran en el corto plazo:

  • Obediencia pragmática: Rodríguez y la élite militar aceptan gran parte de las condiciones, expulsan a actores externos incómodos y negocian una salida personal para figuras clave del chavismo a cambio de inmunidades y presencia en el nuevo esquema de poder.

  • Resistencia parcial: el chavismo intenta jugar a dos bandas, manteniendo lazos con Irán, Rusia o China mientras hace concesiones cosméticas a Washington. En este caso, las sanciones y la presión podrían recrudecerse.

  • Transición pactada más amplia: bajo presión interna y externa, se abre paso un acuerdo que incluya a la oposición y a actores internacionales como la UE o países latinoamericanos, con un calendario electoral condicionado pero realista en un horizonte de 12-24 meses.

Por ahora, Rubio ha dejado claro que la prioridad de Washington no es la fecha de los comicios, sino quién controla las armas, las rutas del narcotráfico y los oleoductos. Venezuela entra en una etapa en la que la política se medirá en toneladas de crudo, toneladas de cocaína interceptadas y nombres en listas de sanciones, más que en campañas y mítines. Las urnas, si llegan, lo harán después.

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